“
|

Nos creemos los reyes del mambo hasta que la quiebra económica, los
desastres naturales o algún suceso trágico nos recuerdan que no somos más que
juguetes rotos en las manos de una criatura ciega que se abre camino a manotazo
limpio.
Vivimos como si fuésemos a existir eternamente. Compramos casas con las que
nos endeudamos de por vida, coleccionamos cachivaches inútiles, amontamos
tesoros y levantamos pequeños o grandes imperios como si fuésemos a sobrevivir
a la decrepitud del tiempo, el óxido de la vejez o la llegada de la muerte.
Jesús nos advierte que debemos estar preparados porque nadie sabe cuándo
será el día y la hora de nuestra marcha. Pero ello no nos impide caer en las
trampas del materialismo. Rendimos culto
al cuerpo, nos afanamos por llevar una vida sana, comer delicatesen con los que
se apadrinarían niños durante un año, sudamos la gota gorda en la cintas de
correr o nos embadurnamos de aceites y potingues que apuntalan la juventud o alargan
la belleza. Vivimos al día y nos movemos a toda prisa pretendiendo dejar atrás
el dolor y la enfermedad y esquivar a la muerte.
Pero el camino está empedrado de emboscadas que nos recuerdan que somos
peregrinos transitando sobre una tierra hostil. Cuando menos lo esperamos, los
ríos se desbordan, las cosechas se malogran, irrumpen los aguaceros que pudren
los campos, ahogan animales e inundan las casas. Viajamos cómodos en un asiento
de primera mientras tecleamos mensajes en el móvil o navegamos en el portátil,
hasta que un pequeño error de cálculo, un despiste, una maniobra a destiempo,
logran que un tren descarrile, un coche acabe en la cuneta o un montón de
ataúdes de apilen en la morgue.
De nada nos habrá valido la seguridad de la cuenta corriente, lo sanos que
habremos vivido o los miles de kilómetros recorridos para mantener la salud.
Creemos estar a salvo detrás de un billetera abultada, un trabajo de ejecutivo
y un futuro prometedor, hasta que un mal
paso dado o una mala jugada del destino nos deja indefensos y desnudos ante la
tragedia inesperada que nos ha convertido en un número más en una estadística
aterradora que se llevó por delante un accidente de autobús, una catástrofe
aérea, un bosque quemado por unos desaprensivos o un tren que de pronto salta
por los aires.
En los hangares de la vida hay muchas maletas dando vueltas sobre la cinta
mecánica esperando a dueños que nunca pasarán a recogerlas. “Vanidad de
vanidad, todo es vanidad”.