martes, 1 de febrero de 2011

Las Manías de la Vieja

Un domingo, después de la misa del mediodía, el padre Andrés se dirigió a la sacristía para despojarse de las vestimentas litúrgicas.

-¿Puedo hablar con usted un momentito, padre?

-Llámame Andrés, Luisa. Ya se lo he dicho muchas veces –dijo el sacerdote, molesto. En verdad aquella mujer menuda y sesentona, de cintura de bailarina y manos de niño, conseguía ponerle nervioso. Lo más irritante de ella era su sonrisa, su eterna sonrisa. Sonreía siempre, lo mismo lloviera que nevara, le sacaran una muela sin anestesia o recibiera un abrazo. Por muy descortés que fuera con ella, no lograba quebrarle la sonrisa ni apagarle esa chispa de felicidad que despedía su mirada.

-Ya sabe, don Andrés, que burro viejo no aprende inglés, y ya soy muy antigua para esas familiaridades con un ungido del Señor.

-Haber, ¿qué quieres? Llego tarde y me esperan para almorzar.

El cura temió que volviera a insistirle con lo de dejarla rezar el rosario desde el ambón antes de comenzar la misa diaria, práctica que él prohibió desde que se hizo cargo de la parroquia.

-No, padre. El Señor nos manda obedecer y si esto es lo que usted ha decidido, ya lo rezo yo en silencio, que la Virgen Santísima tiene un oído muy fino y sé que me oye por muy bajo que ore. Aunque, sí quería hablarle de ella.

-Abrevia, Luisa, que llego tarde.

-Es que cuando estaba don Julián, que Dios lo tenga en la gloria, antes de dar la bendición, le rezábamos el avemaría y le cantábamos una canción de despedida.

El canto a la Virgen lo habían sustituido por “Si en verdad Dios te ama”, una canción festiva y ruidosa que va acompañada de un coreografía de aplausos, pataleos, palmas y chasquidos de dedos. El tema entusiasmaba a los niños y arrancaba un aplauso al final de la ceremonia.

-Y vienes a quejarte porque ya no le cantamos la canción.

-Ni le rezamos el avemaría.

Otra manía de vieja. No tenía tiempo de pararse a discutir, así que cortó por lo sano:

-Si le cantamos a María la gente se marcha después de la bendición, pero si hacemos el “Si en verdad”, la gente se queda hasta el final.

Luisa le miró sin dejar de sonreír, pero algo confundida:

-Entonces, don Andrés, ¿me está diciendo que para que la gente se quede un minuto más en la misa debemos echar a la Virgen de la iglesia?

jueves, 20 de enero de 2011

Entró en una Iglesia a buscar un Amigo (4)

Caer del Caballo (5)

Douglas Hyde

Fue un gran periodista inglés, educado como metodista por sus padres, pero que en su juventud perdió la fe y se hizo comunista durante 20 años, ocho de los cuales fue director jefe del periódico Dayly Worker, el periódico del partido comunista inglés.

Yo creía que todos los sacerdotes, monjas y monjes eran inmorales, que los jesuitas eran siniestros y criminales. Y seguía conservando mis prejuicios comunistas.

En el partido sosteníamos que la población católica representaba la parte más atrasada, inculta y políticamente moribunda del pueblo y que los católicos estaban hundidos en la superstición y gobernados, sin esperanza de liberación, por los curas[1].

Un día al salir de la oficina, entré a una iglesia católica. Permanecí una hora sentado en la oscuridad, iluminada sólo por la vacilante llama de las velas del altar. A la mañana siguiente, volví teniendo cuidado de entrar, cuando no me viera nadie... Cuanto más veía aquella iglesia, más me gustaba. Pero seguía sin poder rezar. Era ridículo y degradante arrodillarse, un signo de sumisión, de rendimiento, de humildad. Era como hablar con alguien que no estaba presente, que ni siquiera existía. Pero yo seguí yendo día tras día, noche tras noche.

Una mañana sucedió algo. Estaba sentado en la penumbra de Santa Etheldreda en el último banco como de costumbre, cuando entró una joven de unos dieciocho años, pobremente vestida y no muy agraciada. A mí me parecía que sería una criada irlandesa. Pero, al pasar por mi lado, vi la expresión de su rostro: estaba preocupada.

Como yo, tenía evidentemente alguna grave preocupación. Con paso decidido avanzó por el centro de la iglesia hacia el altar, después giró hacia la izquierda, encaminándose a un reclinatorio en el que se arrodilló delante de Nuestra Señora, después de haber encendido una vela y echado unas monedas en la alcancía.

A la luz de la llama de la vela, pude ver cómo sus manos pasaban unas cuentas y cómo inclinaba la cabeza de vez en cuando. Aquella era una práctica católica que yo desconocía. Aquel era el mundo de la fe. Aquel era el mundo que yo buscaba ¿Era una superstición? ¿Era el mundo propio de los salvajes? Al pasar a mi lado, cuando salía, miré el rostro de la joven. Fuera cual fuera su preocupación había desaparecido. Sencillamente desaparecido. Y yo hacía meses y años que llevaba a cuestas el peso de la mía.

Cuando estuve seguro de que nadie me veía, me encaminé casi como un perro por el centro de la iglesia como ella había hecho. Al llegar al altar, giré a la izquierda, eché unas monedas en la alcancía, encendí una vela, me arrodillé en el reclinatorio e intenté rezar a Nuestra Señora. Pero era lo mismo que me ahorcaran por una oveja que por un cordero. Si iba a ser supersticioso e iba a rezar a alguien que no estaba allí, bien podría dar un paso más en mi superstición y rezar a una imagen. Pero ¿cómo se rezaba a Nuestra Señora? Yo no lo sabía. ¿Se rezaba a Ella o por medio de Ella como si fuese una intermediaria? ¿Se contemplaba la imagen para ver la realidad que había tras ella o había que dirigir las palabras solamente a la imagen? Tampoco lo sabía. Intenté recordar alguna oración dedicada a Ella de la literatura medieval o algo de los poemas de Chesterton o Belloc. Pero fue inútil... Fuera de la iglesia traté de recordar las palabras que había pronunciado y casi me eché a reír. Eran la letra de una música de baile del año veinte de un disco de gramófono que había comprado en mi adolescencia: Oh dulce y encantadora señora, sed buena. Oh Señora, sed buena conmigo.

A las ocho y media de la noche del 17 de enero de 1948 telefonee al colegio de los jesuitas de nuestro barrio para bautizar a nuestros dos hijos... y nuestra instrucción comenzó bajo la dirección del Padre Joseph Corr, un santo y culto anciano jesuita del norte de Irlanda, que comenzó su tarea sin hacernos más preguntas. Tardó semanas en saber quién era yo.



viernes, 14 de enero de 2011

Lluvia de Rosas

Por desgracia es un hecho que en este mundo hay muchísimas personas que nunca oran, nadie se lo ha enseñado o lo han olvidado. Los santos tienen esa misión en la tierra y después en el cielo. En la tierra nos hablan del amor de Dios y nos describen, como bien hace santa Teresa de Jesús, su experiencia mística y cómo llegó ella a encontrarse con Dios a través de la oración. Y después de la muerte, desde el cielo, nos ayudan a encontrarnos con Dios. Ellos se meten en nuestra vida para que nos demos cuenta de que Dios guía nuestros pasos y, cuando lo consiguen, desaparecen con una humildad muy característica. Son como un megáfono con el que pedimos auxilio. Nuestra débil voz, que no llegaría a oídos de los más cercanos, aumenta al usar el megáfono, de tal modo que esa voz pueda ser oída a distancia. Y lo más curioso es que ese megáfono nos acerca tanto al auxilio que necesitamos, que ya luego no necesitamos altavoz y hablamos directamente con quien nos puede auxiliar. Así son los santos. Así es, sobre todo, esa santita que los norteamericanos llaman Little Flower, santa Teresa del Niño Jesús, hoy doctora de la Iglesia, que prometió que desde el cielo enviaría una lluvia de rosas. Desde América nos llega una historia que nos demuestra cómo la santa cumple su promesa.

Nuestro protagonista es un hombre de negocios que desde pequeño fue impermeable a las prácticas de devoción que su buena madre le inculcaba. Luego, ya mayor, casó como una mujer del gran mundo que no practicaba religión alguna y su corazón se enfrió más que nunca. Sin embargo –cosas de la vida–, querían educar bien a sus hijas y las llevaron a una escuela católica regentada por religiosas, simplemente porque a ella iban otras niñas de familias amigas y decían que eran buenas pedagogas. He aquí su relato:

"Yo me dediqué en cuerpo y alma a los negocios y, como prosperaba, no me acordé más de Dios. Un día se me presentó un negocio para el cual necesitaba una cantidad de dinero que ni tenía a mano, ni me era fácil conseguirlo en el plazo de cuatro días. Estaba yo con esto muy preocupado y traté del asunto con mi mujer, por ver si ella me podía conseguir el dinero de alguna manera. La mayor de mis hijas, de nueve años, oyendo esto y viéndome tan preocupado, me dijo: –Papá, ¿por qué no rezas a la Litte Flower para que te ayude? Yo, que no sabía qué clase de flor era aquella, pensé que se trataba de una superstición que las monjas habían enseñado a mi hija y, un tanto incomodado, le dije que yo no rezaba a ninguna flor. Mi pobre hija, mirándome entre asombrada y triste, se marchó, dejándome más desazonado que antes.

Tres días después no había yo conseguido el dinero, y al día siguiente debía yo cerrar el negocio. Aquella noche pasé por el cuarto de mi hija, la de nueve años. Iba a acostarse y la vi con su institutriz, que, postrada de rodillas, rezaba ante una estampa. Hice ruido y me llamó: –Papá, Marta y yo le hemos hecho un triduo a Little Flower (y señalaba la estampa) para que mañana se arregle lo de tu negocio. Ella (volvió a señalar la estampa) ha prometido que enviaría desde el cielo una lluvia de rosas...

Pasé una noche muy molesto, tanto más cuanto que mi mujer volvió de un baile casi al amanecer.

Al llegar a mi despacho, llamé a mi secretaria para dictarle una carta diciendo al interesado que me era imposible arreglar aquel negocio. Mientras le mecanógrafa escribía la carta, anunciaron una visita. Era un antiguo amigo mío a quien hacía años que no veía. Entró y, después de unos momentos de conversación, saludos, recuerdos..., me dijo: –Vengo a pagarte una antigua deuda; he tardado cinco años en cumplir mi obligación, pero hasta ayer no tuve oportunidad de conseguir el dinero. Y mientras decía esto, sacaba de su cartera el talonario de cheques y extendía uno sobre mi mesa. Luego, excusándose por la tardanza, se marchó diciendo que no quería robarme más tiempo. Al mirar el cheque, me quedé como quien ve visiones: estaba extendido precisamente por la cantidad requerida para el negocio...

Al regresar a casa aquella tarde, pasé por delante de la casa de una florista y, al ver en el escaparate un magnífico ramo de rosas, me detuve a comprarlo. Pensaba en la lluvia de rosas de que me había hablado mi hijita la noche anterior. Al entrar en casa, se las di con el convencimiento de que su Little Flower me había enviado el dinero. Acompañé a mi hija hasta su habitación y colocamos el ramo ante su estampa con una ternura inusitada.

A los pocos días me hijita me trajo una estampa de santa Teresita y me pidió mi cartera para ponérmela allí, a lo cual yo accedí gustoso. Tres días más tarde iba yo a tomar el Metro y, sin saber por qué, se me cayó la cartera; me agaché para recogerla, siendo este tiempo suficiente para que se pusiera en movimiento el tren y cerrara las puertas, obligándome a esperar el siguiente. De pronto se oyó un gran ruido y se apagaron las luces... El tren que yo había perdido acababa de descarrilar, cosa rarísima en el Metro, y varios fueron los heridos y muertos. Salí a la calle sudando frío. ¡De la que me había escapado! Por primera vez en varios años entré en una iglesia próxima, y mi sorpresa fue grande al ver una imagen de santa Teresita ante la cual ardían muchas luces. Me arrodillé y, sin saber lo que hacía, me encontré orando fervorosamente, dando gracias a Dios por haberme librado tan providencialmente de morir o de quedar lisiado, favor que yo atribuía a la mediación de santa Teresita, cuya estampa había puesto mi hijita en la cartera,

Poco tiempo después fui a casa de Kenedy, en Brakley St., y compré una imagen pequeña de la santa, que regalé a mi hija. También me vendieron allí la Historia de un alma, que empecé a leer para distraerme y la terminé interesadísimo. Lo que causó gran impresión fue el caso de Pranzini. Fui a comprar un gran Crucifijo, que desde entonces tengo sobre mi cama, y cuyas llagar beso devotamente todas las noches. En fin, cambié de vida y mi esposa también, y ahora me he convertido en propagandista de la devoción a la Little Flower, a la cual quiero muchísimo, pues ella me enseñó a orar y me hizo volver a Dios."

Hasta aquí el testimonio de esta alma buena que se dedica al apostolado de santa Teresita.

¡De cuántas manos se vale Dios para intervenir en nuestras vidas! Cómo va Él tejiendo todas las telas para que al final nos vistamos de su divina voluntad: la enseñanza de unas religiosas a la niña de nueve años, la devoción de la hija y la perseverancia en la oración de la institutriz, un deudor que llega a tiempo a devolver lo que debía, una cartera por los suelos, una imagen en la iglesia, un ramo de rosas, la Historia de un alma que la santa escribió por obediencia... Todo esto lo trama el Señor para que un hombre bueno se entregue de corazón a su causa. Y con él su esposa. Ya no llevan vida disipada y de espaldas a Dios. Ahora, a través de santa Teresita, han encontrado a Jesús. ¡Ojalá que el Señor nos haga útiles siervos para que se pueda comunicar con los hombres que todavía no le aman o se han olvidado un poco de Él! Como santa Teresita, como Little Flower.

por el P. Javier Andrés Ferrer, mCR

Revista Avemaria

jueves, 13 de enero de 2011

¡No te preocupes, Cariño!

La primera vez que Markie Works vio en televisión a la oronda monja franciscana, se dispuso a cambiar de canal. “¡Olvídame!”, dijo para sus adentros, desde Chicago, aquella noche de abril de 2001. Pero, mientras esquivaba varias botellas de cerveza vacías en busca del mando, algo en la monja le llamó la atención.

Por aquellas fechas, Markie consumía drogas de forma habitual y solía acabar la noche tomando unas cuantas copas antes de acostarse. Teniendo en cuenta por lo que la mujer había pasado, no se le podía echar la culpa de nada. Cuando contaba tan sólo 18 meses, la madre de Markie recibió de uno de sus tíos un tiro mortal en la cabeza. Los abusos y toda una sucesión de decisiones erróneas la condujeron hasta el efímero consuelo que dispensan unas cuentas líneas de polvo blanco y el fondo de un vaso de güisqui.

Era tal su deterioro físico y emocional que, a principios de semana, Markie rogó a Dios que, o bien se la llevara, o bien la rescatara de aquella vida. Fue en ese momento cuando la monja se cruzó en su camino.

La Madre Angélica, a punto de acabar su programa en directo, estaba contestando a una abatida espectadora, víctima toda su vida del rechazo y el maltrato materno. Tras escucharla comprensivamente, la monja, enfundada en su hábito recién sacado del tinte, se inclinó hacia adelante y, dirigiéndose a la cámara con sincero interés, dijo con su habitual desparpajo:

-No te preocupes, cariño. A partir de ahora, yo soy tu madre.

Markie se echó a llorar. Algo en el gesto de la madre, algo que rebosaba honradez y autenticidad, tocó su corazón herido. Era como si la madre Angélica estuviera hablando cara a cara con ella. Todo el dolor acumulado desde la pérdida de su madre, sus errores, la lamentable situación en la que se hallaba, estallaron en un liberador torrente de lágrimas. En aquel momento Angélica se convirtió en la madre espiritual de Markie. Aunque sus problemas no se esfumaron, Markie fue plenamente consciente de que “ya no tenía que seguir llevando la cruz sola”.

A raíz de aquello comenzó a ver todas las semanas La Madre Angélica en directo y, poco a poco, la desesperación que había arrasado su vida la fue abandonando. Hoy Markie ha dejado las drogas y el alcohol, tiene una familia y está profundamente agradecida a la madre Angélica por su guía espiritual y sus enseñanzas que le ayudaron a superar los malos tiempos. Ya no está sola.

Esta historia real, extraída del libro Experiencias y consejos de la Madre Angélica, escrita por Raymond Arroyo, ilustra maravillosamente el tema del que quería hablarles en este post.

Las manos pueden acariciar y pueden matar, la lengua podemos utilizarla para bendecir o para esparcir un veneno homicida. Ya nos lo dijo Jesús, que hasta de la última palabra ociosa debemos dar cuenta. Y un antiguo refrán castellano nos recuerda que el que mucho habla mucho se equivoca. Muchas veces es preferible estar callado a dar un mal consejo. Pero no siempre hacemos daño con la palabra; los gestos, los malos gestos, muchas veces despiden una fuerza de odio que nos sobrecoge. Alguien nos cruza una mirada de rabia y enseguida percibimos el filo de una espada nos está seccionando la yugular. Un mal ejemplo, una mueca desairada, una mirada envenenada, un sarcasmo entonado con el afán de herir, puede suponer la gasolina para que un suicida recorra el metro que le falta para llegar al puente y arrojarse al vacío. Todos podríamos recordar aquella frase de un tío, un primo o de un amigo de la infancia que nos marcó dolorosamente, y cómo esa huella quedó viva y fresca en nuestra alma; cómo nos hizo desconfiados, introvertidos, amargados, cómo levantó un muro de mil metros entre nosotros y el resto del mundo que impide atravesar la distancia del que, al otro lado, nos espera con los brazos abiertos para abrazarnos.

La Madre Angélica nos muestra que, por el contrario, una sola frase puede salvar una vida. En el evangelio el centurión que pidió a Jesús por su criado nos descubre esta dimensión salvadora: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Casi nunca somos conscientes del poder de la lengua, para bendecir o para condenar. Una frase puede provocar que un enigma se esclarezca, un problema encuentre solución o que un toxicómano halla un nuevo motivo para intentar dejar el vicio que lo esclaviza.

Este mundo moderno nos enseña a ser embusteros, calumniadores, blasfemos. La tele está llena de programas de criticones profesionales que despellejan en la plaza pública a cuento personaje famoso tiene algo que contar. Ya nadie contiene su lengua para soltar un taco tras otro. Todo el mundo maldice a todo el mundo; hemos convertido en héroes a los que lo único que les mantiene vivos es su hambre y sed de venganza. Ya nadie perdona ni nadie disculpa. La radio nos despierta antes de que cante al gallo poniendo verde a los gobernantes y a la oposición. Hay gente que ha hecho una fortuna a base de airear los trapos sucios de todo el mundo.

Yo quisiera ir por la vida sonriendo a todo el mundo, disculpando a todos, llenando de bendiciones a todos. Hacerme el distraído cuando alguien quiere que participe en la crítica a otro, cambiar de conversación cuando se está intentado esparcir un rumor ponzoñoso. Espero lograrlo alguna vez, por lo menos durante un día entero.

miércoles, 12 de enero de 2011

Entró en la Iglesia a buscar a un Amigo (3)

Caer del Caballo (4)

Paul Claudel: Bajo la mano de Dios.

Nació en 1868. Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas, después empezó la carrera diplomática, representando a su país brillantemente por todo el mundo.

Hijo de un funcionario y de una campesina, fue el más pequeño de una familia compuesta por dos hermanas más. El ambiente en que se desarrolla su vida le marcará con fuerza en su infancia y adolescencia. Siempre recordará sus primeros años con cierta amargura: un ambiente familiar muy frío le lleva a replegarse sobre sí mismo y, como consecuencia, a iniciarse en la creación poética. Paul Claudel se hace en la soledad; ésta le marcará para toda su vida.


También incidirá con fuerza en su espíritu el ambiente de Francia en su época: profundamente impregnado por la exaltación del materialismo y por la fe en la ciencia. Las lecturas de Renan, Zola... y especialmente su paso por el liceo Louis-le-Grand y la visión de la muerte de su abuelo, crean en él un estado de angustia en el que la única certeza es la de la nada en el más allá. Allí se hunde en el pesimismo y la rebeldía.

En medio de ese aire enrarecido y de esa ausencia de horizontes, el joven Claudel se ahoga, y su inquietud hace que no se resigne a morir interiormente. Busca aire desesperadamente: le llegan bocanadas en la música de Beethoven, y de Wagner, en la poesía de Esquilo, Shakespeare, Baudelaire; y, de repente, la luz de Arthur Rimbaud: "Siempre recordaré esa mañana de junio de 1886 en que compré el cuaderno de La Vogue que contenía el principio de Las iluminaciones. Fue realmente una iluminación para mí. Finalmente salía de ese mundo horrible de Taine, de Renan y de los demás Moloch del siglo XIX, de esa cárcel, de esa espantosa mecánica totalmente gobernada por leyes perfectamente inflexibles y, para colmo de horrores, conocibles y enseñables. (Los autómatas me han producido siempre una especie de horror histérico).

En la Navidad de 1886 se produjo el acontecimiento de su vida:

"Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886, fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.

Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos Tos libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: "¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!". Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción.



¡Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror ya que mis convicciones filosóficas permanecían intactas! Dios las había dejado desdeñosamente allí donde estaban y yo no veía que pudiera cambiarlas en nada. La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El edificio de mis opiniones y de mis conocimientos permanecía en pie y yo no le encontraba ningún defecto. Lo que había sucedido simplemente es que había salido de él. Un ser nuevo y formidable, con terribles exigencias para el joven y el artista que era yo, se había revelado, y me sentía incapaz de ponerme de acuerdo con nada de lo que me rodeaba. La única comparación que soy capaz de encontrar, para expresar ese estado de desorden completo en que me encontraba, es la de un hombre al que de un tirón le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla en otro cuerpo extraño, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis opiniones y mis gustos era lo más repugnante, resultaba ser, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que de buen o mal grado tenía que acomodarme. ¡Ah! ¡Al menos no sería sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible!



Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendría que renunciar -así lo pensaba- si volvía a la verdad, me retraían de todo.

Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa por las calles lluviosas que me parecían ahora tan extrañas, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado en cierta ocasión a mi hermana Camille. Por primera vez escuché el acento de esa voz tan dulce y a la vez tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me abrían los ojos. Cierto, lo reconocía con el Centurión, sí, Jesús era el Hijo de Dios. Era a mí, a Paul, entre todos, a quien se dirigía y prometía su amor. Pero al mismo tiempo, si yo no le seguía, no me dejaba otra alternativa que la condenación. ¡Ah!, no necesitaba que nadie me explicara qué era el Infierno, pues en él había pasado yo mi "temporada". Esas pocas horas me bastaron para enseñarme que el Infierno está allí donde no está Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo después de este ser nuevo y prodigioso que acababa de revelárseme?" ("Mi conversion". 10-13.).

Una carta de 1904 a Gabriel Frizeau demuestra que el recuerdo de ese instante de Navidad estaba ya fijado entonces: "Asistía a vísperas en Notre-Dame, y escuchando el Magnificat tuve la revelación de un Dios que me tendía los brazos".

"Así hablaba en mí el hombre nuevo. Pero el viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. ¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres... manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos, me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba, incluso, la violencia que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme.

No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. (...) Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!".

martes, 11 de enero de 2011

La Fe de San Juan Damasceno

Ya en el siglo VIII, San Juan Damasceno se enfrentó a una nueva religión que se extendía por todo el Oriente. Fue un gran defensor de la veneración de las imágenes frente a los iconoclastas. “Lo que es un libro para los que saben leer, es una imagen para los que no leen. Lo que se enseña con palabras al oído, lo enseña una imagen a los ojos. Las imágenes son el catecismo de los que no leen”: Fue llamado orador de oro por su elocuencia. Transcribo aquí su visión sobre el Islam:

“Queda aún la religión de los ismaelitas, que prevalece todavía en la actualidad, extravía a los pueblos, y anuncia la llegada del Anticristo.



En tiempos de Heraclio practicaban abiertamente el culto idólatra. A partir de esa época y hasta nuestros días un falso profeta, llamado Mohammed, se ha alzado entre ellos, el cual, después de haber tomado conocimiento, por azar, del Antiguo y el Nuevo Testamento, y de haber frecuentado a su vez con toda probabilidad a un monje arriano, ha fundado su propia herejía. Después de ganarse el favor del pueblo simulando piedad, insinúa que una Escritura venida del cielo le ha sido revelada por Dios. Habiendo redactado en su libro ciertas doctrinas risibles, les transmite esta forma de adorar a Dios.



Muchos otros absurdos ridículos se encuentran en este Libro [el Corán]. Pero les respondemos: ¿Quién atestigua que Dios le ha dado una Escritura, o quién, entre los profetas, ha anunciado que un tal profeta debía venir? Los ponemos en aprietos cuando les decimos: Moisés recibió la Ley en el Sinaí, a la vista de todo el pueblo, cuando Dios apareció entre la multitud, el fuego, las tinieblas y la tempestad; y todos los profetas, después de Moisés, han anunciado una y otra vez que el Cristo vendrá, que el Cristo es Dios y el que el hijo de Dios llegará revestido de carne, será crucificado, que morirá y resucitará, y que él es el que juzgará a vivos y a muertos. Y cuando decimos: ¿Por qué vuestro profeta no ha venido del mismo modo, con otros para ofrecer de él testimonio, y por qué Dios, que ha dado la Ley a Moisés a los ojos de todo el pueblo, sobre una montaña humeante, no le ha transmitido igualmente la Escritura de la que habláis, en vuestra presencia, para lograr vuestra total certidumbre? Responden que Dios actúa como le place. Esto, decimos nosotros, no lo sabemos menos bien, pero os preguntamos cómo la Escritura ha sido revelada a vuestro profeta. Ellos contestan que ha sido durante el sueño cuando la Escritura ha descendido sobre él. Para burlarnos de ellos les decimos: Puesto que ha recibido la Escritura durante el sueño, sin caer en la cuenta de ello, el adagio popular le conviene perfectamente ["Me cargas con sueños"]. Les volvemos a inquirir: Puesto que él mismo os ha ordenado, en vuestra Escritura, no hacer nada o no recibir nada sin testigos, ¿por qué no le habéis pedido vosotros: "Tú primero, prueba con la ayuda de testigos que eres profeta y enviado de Dios; y que la Escritura testimonia en tu favor."? Entonces, vergonzosamente, guardan silencio. Con razón les insistimos: puesto que no os está permitido desposar a una mujer, ni comprar ni adquirir sin testigos, y que no admitís poseer ni siquiera asnos o ganado, sin un testigo, en ese caso no tomáis mujeres, bienes, asnos ni nada sino ante testigos; ¡sólo, pues, la fe y la Escritura las aceptáis sin testigos! Ya que aquel que os ha transmitido dicha Escritura no posee garantías por parte de nadie, ni conoce a quien testimonie en su favor en el pasado. ¡Mucho mejor que eso, la ha recibido durante el sueño!”


S. Juan Damasceno

lunes, 10 de enero de 2011

El Señor de los Milagros

Fiesta: 18 y 19 de octubre.

Jesucristo nuestro Señor es venerado en Perú como "El Señor de los Milagros". En el lienzo aparece Jesús crucificado. Sobre la cruz, el Espíritu Santo y el Padre. A la derecha del Señor, Su Santísima madre con su corazón traspasado por una lanza de dolor y Su derecha, el fiel Apóstol San Juan. Además de su hermosura, el lienzo es una maravillosa representación de las verdades de nuestra fe.

Cada año las multitudes de todas las razas y condiciones sociales celebran juntas la procesión del Señor de los Milagros, no solo en Perú sino en donde quiera que se encuentran comunidades peruanas. Las calles se visten de morado para celebrar al Señor que tanto nos ama que se entregó en la cruz por nosotros. En la procesión nos unimos a La Virgen Madre y a San Juan con dolor pero con profunda gratitud y alegría por la salvación y la vida nueva otorgada por El Señor. Ese es el mayor de los milagros.

Se le llama también el "Cristo Moreno" y el "Cristo de Pachacamilla".

Historia

En el siglo XVII la capital de Perú, Lima, aunque pequeña en comparación con los 7 millones que tiene en la actualidad, crecía por las inmigraciones muy variadas. Había en ella personas de todas las razas, y muchos procedentes de las costas africanas. Entre ellos había cofradías que veneraban diferentes santos. A mediados del siglo, los negros de Angola se ubicaron en Pachacamilla (llamado así porque allí habían vivido indios del Pachacamac). Formaron una cofradía y para ella levantaron una edificación. Uno de los angoleños pintó en la pared la preciosa imagen de Cristo como aparece en esta página. Resalta no solo su gran artesanía sino también su expresiva capacidad catequética.

El 13 de noviembre de 1655, a las 2:45 de la tarde, un fuerte terremoto sacudió a Lima y Callao haciendo caer muchos edificios y causando miles de muertos. Los angoleños que eran ya muy pobres sufrieron muchísimo. Todas las paredes de su cofradía se cayeron. Pero en medio de aquello aparece el gran milagro: El muro de adobe con la imagen del Cristo permaneció en pie perfectamente preservada.

Ante el desastre, los limeños hicieron muchas peticiones al Señor. Había una profunda conciencia de que habían pecado y muchos pedían perdón. 15 años más tarde, Antonio León de la parroquia de San Sebastián, encontró la imagen del Señor en la pared abandonada y comenzó a venerarla. Ocurrió entonces otro milagro, pues Antonio, que sufría por un tumor maligno de terribles dolores de cabeza, fue sanado cuando se lo pidió a Cristo ante su imagen. Aquel milagro le fortaleció en su fe y propagó por todas partes aquel don divino. Pronto muchas personas acudían al Cristo milagroso. La mayoría de ellos eran negros y pobres. Se reunían los viernes por la noche a rezar y cantar ante el Señor.

Pero pronto comenzaron las dificultades. Aquellas reuniones atraía a toda clase de personas, no todas venían por buenas razones. Las autoridades intervinieron para prohibir las reuniones y mandaron a destruir la imagen de Cristo pintando sobre ella. La siniestra orden quiso llevarse a cabo en septiembre de l671. Pero cuando el pintor trató de cubrir la imagen, fueron tanto los temblores y la impresión que sufrió que no pudo aunque trató varias veces. Fue entonces que un soldado de Balcázar intentó aquel ultraje pero tampoco logró hacerle daño a la imagen. Luego relató que, una vez frente a la imagen, vio que esta embellecía y que la corona se tornaba verde

Las autoridades no se dieron por vencidas pero el pueblo comenzó a protestar. Informado el Virrey de lo acontecido, decidió revocar la orden y darle culto a la imagen. El 14 de septiembre de 1671, fiesta de la exaltación de la Cruz, se celebró la primera misa ante el Cristo de Pachacamilla. Los peregrinos aumentan continuamente y pronto se le llama "El Santo Cristo de los Milagros o de las Maravillas". Pero las autoridades aun no responden como debían ante Dios.

En octubre de 1687 un maremoto arrasó con el Callao y parte de Lima y derribó la capilla edificada en honor del Santo Cristo. ¡Solo quedó en pie la pared con la imagen!. Ante aquel portento decidieron confeccionar una copia al óleo de la imagen y que, por primera vez, saliera en procesión en andas por las calles. La procesión se estableció para los días 18 y 19 de octubre de cada año.

HIMNO AL SEÑOR DE LOS MILAGROS

SEÑOR DE LOS MILAGROS
AQUI VENIMOS EN PROCESION
TUS FIELES DEVOTOS
A IMPLORAR TU BENDICION

FARO QUE GUIA
A NUESTRAS ALMAS
LA FE, ESPERANZA, LA CARIDAD
TU AMOR DIVINO
NOS ILUMINE
NOS HAGA DIGNO DE TU BONDAD

CON PASO FIRME
DE BUEN CRISTIANO
HAGAMOS GRANDE NUESTRO PERU
Y UNIDOS TODOS
COMO UNA FUERZA
TE SUPLICAMOS, NOS DES
TU LUZ