El santo Job lo perdió todo y, aun así, siguió
confiando en Dios. Perdió sus rebaños y sus cosechas, perdió sus criados y sus
propiedades, perdió después a sus diez hijos, y, finalmente, perdió la salud.
Se convirtió en un paria contagioso del que todo el mundo huía, su carne
enferma era motivo de afrenta y de horror, pero, aun así, siguió confiando en
Dios. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea Dios”. El escudo de
la fe le protegió de la mayor de las adversidades que el hombre pueda sufrir y
a la que pueda sobrevivir: la muerte de los seres más queridos. “El Señor me lo
dio, el Señor me lo quitó, bendito sea Dios”.
Durante
el siglo XX, cuarenta millones de cristianos murieron a causa de su fe. Las
revoluciones ateas de México, España, la Unión Soviética, Vietnam y China
sembraron de cadáveres cristianos los campos y los camposantos de la tierra. Su
único delito fue proclamar a Jesús resucitado. “La sangre de los cristianos es
la semilla de la iglesia”, decía Tertuliano.

San
Pablo Miki y compañeros mártires del Japón, encabezan el recuerdo de los
cristianos japoneses y extranjeros que fueron testigos de Jesucristo,
escribiendo con su sangre, la historia de la sangrienta persecución que se
desató en aquel país entre 1596 y 1889.
Los
sogunes expulsaron a los jesuitas, exigieron que todos los cristianos
renunciaran a su fe y se registraran como budistas. Los desobedientes fueron
acosados. Los japoneses que accedían a pisar el fumie -un icono de la Virgen y
el Niño- eran declarados apóstatas y liberados. Quienes rehusaban eran
acorralados y asesinados en el intento de exterminio más exitoso en la historia
de la iglesia. Algunos fueron obligados a andar forzados a caminar hacia el
interior del mar, otros fueron atados y abandonados en balsas; incluso otros
fueron colgados boca abajo sobre una fosa llena de cadáveres y excrementos.
Un
museo en la ciudad de Nagasaki alberga restos de la época de los mártires
cristianos japoneses (en uno de las terribles ironías de la historia, la
segunda bomba atómica explotó encima de la catedral de Nagasaki, diezmando la
mayor comunidad de cristianos en Japón y destruyó la iglesia más grande. Las nubes
ocultaron el objetivo previsto, Kokura, forzando a la tripulación del
bombardero a dirigirse a Nagasaki).
En
los años 50, un joven escritor llamado Shusaku Endo solía
visitar ese museo y permanecer solo mirando fijamente una vitrina en
particular, que contenía un fumie verdadero del siglo XVII, un retrato de la
Virgen y el Niño grabado en bronce. Endo estaba especialmente impresionado por
las pequeñas marcas negras que desfiguraban el bronce; éstas, aprendió, estaban
hechas por dedos humanos, las huellas dejadas por miles de cristianos que
habían pisado el fumie.

Un sacerdote
portugués, el padre Camilo Constanzo, había evangelizado los lugares fue
quemado vivo en 1622 en una playa de Tabira. Se dice que estando ardiendo, la
multitud continuaba oyéndolo cantar el Laudate. Después gritó cinco veces: “Él
es santo entre todos los santos”, y entregó el alma.
El
cardenal vietnamita Van Thuan, durante los trece años que estuvo preso,
sobrevivió dando interminables paseos por su celda rezando el rosario;
celebraba misa, acostado en su cama, con dos gotas de vino y unas minúsculas partículas.
Los videntes de Fátima eran niños de corta edad cuando la Virgen se les
apareció. Las autoridades ateas portuguesas le amenazaron que si no se
desdecían de haber visto a nuestra Señora, serían quemados vivos. Los
adolescentes de Medjugorje fueron
sometidos a pruebas duras mientras caían en éxtasis para tratar de descubrir el
fraude de los que se les acusaba. En todos los casos, la fuerza de la fe es más
poderosa que la furia del odio o que el refinamiento de las torturas más
crueles.
La fe
es un arma misteriosa que cambia el corazón de los criminales, sostiene el
dolor de la madre que ha perdido a un hijo y mantiene viva la esperanza en los que
lo han perdido todo y les parece que no queda nada por lo que luchar. Muchos
suicidas se han vuelto atrás ante el rezo de una oración o por la evocación del
nombre de Jesús. Esa fe no se amilana ante el hacha del verdugo o la amenaza de
la muerte; no se destruye ni con el llanto ni con las lágrimas. Junto al
martirio de sangre, hay otro más solapado e incruento que empuja al cristiano a
renunciar a su fe: es el martirio que el ateísmo práctico y sociológico ha colado
de matute en las leyes y en las conciencias de las sociedades modernas donde
rezar y proclamarse creyentes es ir a contrapelo, algo intolerante que debe
quedar reducido a la soledad de capillas y hogares. Que no nos empujen a hacer
como los Kakure, a guardar a Dios en el armario.