sábado, 7 de julio de 2012

Ni Guapos, ni Ricos ni Famosos

El mundo de hoy espera que seamos súper héroes. Nos empuja a alcanzar metas imposibles, a que seamos  guapos, ricos y famosos.
            Hace algunas generaciones, los niños soñaban con ser médicos, policías o misioneros: el éxito se buscaba en el esfuerzo y la vocación. De entre la gente corriente surgían de vez en cuando personajes de leyenda como el Padre Pío o la Madre Teresa.
            Ahora la gente se mata por hacer fortuna estafando a los incautos o dando pelotazos inmobiliarios o financieros. Los más listos no son casi nunca las mejores personas. Las industrias de la cosmética y la estética prometen la belleza eterna a base de potingues y cirugías que quitan arrugas y devuelven años. Antes, los famosos surgían de forma espontánea, lograban el reconocimiento casi sin querer. Ahora encerramos a un puñado de melenudos en un chalet durante cuatro meses y ya se han metido en nuestras vidas con sus gritos, sus escatologías y sus lágrimas de niñatos.
            Yo siento envidia por los que disfrutan con la satisfacción de lo sencillo, con los que convierten en oración las más humildes tareas de cada día: ceder el paso o abrir una puerta, prodigar una sonrisa o dar los buenos días. Santificarnos mientras pelamos patatas o fregamos los cacharros, redimirnos a través de los trabajos menos agradecidos, recibir sin pesadumbre los tropiezos de la vida, y sonreír siempre, aunque duela, por el hijo ausente, la esposa enferma o el vecino cascarrabias. Sonreír, nos veamos atrapados durante horas en un atasco o perdamos horas en la sala de espera de un hospital. Hallar motivos de felicidad en las simplezas cotidianas mientras compartimos el pan y la charla sentados en familia durante la cena. En medio estará Jesús presidiendo la mesa.



Toda la naturaleza es un anhelo de servicio.
Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.
Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú;
donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú;
donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.
Sé el que apartó la piedra del camino,
el odio entre los corazones
y las dificultades del problema.
Hay la alegría de ser sano y la de ser justo;
pero hay, sobre todo, la hermosa, la tan inmensa alegría de servir.
¡Qué triste sería el mundo si todo en él estuviera hecho,
si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender!
Que no te llamen solamente los trabajos fáciles.
¡Es tan bello hacer lo que otros esquivan!
Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito
con los grandes trabajos;
hay pequeños servicios que son buenos servicios:
adornar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña.
Aquél es el que critica,
éste es el que destruye,
tú sé el que sirve.
El servir no es faena de seres inferiores.
Dios, que da el fruto y la luz, sirve.
Pudiera llamársele así: «El que sirve».
Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos
y nos pregunta cada día:
«¿Serviste hoy?
¿A quién?
¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre?»

Gabriela Mistral


jueves, 5 de julio de 2012

Fortea

Me gusta el padre Fortea porque siempre rehúye de la polémica estéril y empequeñecedora. Entre los lectores de su blog, hay alguno al que sólo le falta quemar el Amazonas con tal de que el buen Pater le acepte una discusión sobre el Patas. Quizás sea porque Fortea sospecha, como yo, que detrás de algunos debates está Satanás moderándolo.
Según veo yo las cosas, hay muchos blogueros y apologetas católicos que caen en la trampa de tratar de razonar con ateos y protestantes. Entre ellos se cuentan algunos sacerdotes a los que no los cuesta mucho sacar el cuchillo y mezclarse en trifulcas pendencieras con los hijos incrédulos de Dawkins  o los discípulos de Lutero. No les importa incluso enfangarse los sagrados hábitos en la charca del enfrentamiento visceral. Cuando uno católico, actuando como tal, se sube al cuadrilátero de la controversia acaba fajándose contra sí mismo. Y cuando nuestra fe carece de músculo para soportar los golpes sin tambalearnos, terminamos siendo noqueados por algún contrincante marrullero. Por el contrario, cuando somos nosotros los victoriosos, muchas veces es a  la caridad a la que lanzamos contra la lona.
El Padre Fortea siempre sale airoso porque sabe mantenerse al margen de los debates inútiles, por muy ruidoso que sea el polemista que los provoca, por grueso que sea el calibre de los ataques que le bombardean. Él siempre se mantiene en el silencio que sostuvo Jesús camino del Gólgota.
Estoy convencido de que no vamos a ninguna parte tratando de convencer a un ateo sobre la existencia de Dios. Salvo que sea un ateo honesto capaz de abrirse paso entre la maleza de sus prejuicios y concedernos a los creyentes al menos la posibilidad de que en algo, al menos, tenemos razón. La mayoría de esos incrédulos seguirían proclamando que Dios no existen aunque viese resucitar a un muerto o viesen llover  billetes de quinientos euros.
El protestantismo es un inmenso cajón de sastres y de desastres donde cabe cualquier doctrina y su contraria, donde siempre surge algún iluminado capaz de enarbolar la herejía más sacrílega y de hallar una muchedumbre de seguidores dispuestos a hacerle la ola.
Por eso cada día leo al Padre Fortea, porque nadie tiene su elegancia para sortear el rifirrafe navajero sin que se le arrugue el alzacuello, ni nadie sabe como él sacudirse los moscones verdes de los polemistas pelmazos que sólo buscan que los buenos católicos pierdan la paz de espíritu.

miércoles, 4 de julio de 2012

Actores Secundarios

Nos duele reconocerlo, pero casi todos pasamos por la vida como simples actores secundarios. Ninguna calle llevará nuestro nombre, ni se levantarán monumentos a nuestra memoria, ni en la placa de algún pabellón deportivo ni en la denominación de ninguna escuela se acordarán de nosotros.
            De secundario actuó Eduard G. Robinson en Perdición, fascinado por desenmascarar en los burladeros de las estadísticas al accidentado tramposo o al homicida que espera salirse de rositas. Secundarios inolvidables fueron la criada siniestra de Rebeca, la señorita Rottenmayer, el pianista de Casablanca y la criada negra de Lo que el viento se llevó. Heidi no sería tan entrañable sin el abuelo y Blanquita, Blancanieves sin los siete enanitos, ni el Rey León sin Timón y Pumba. Secundarios memorables fueron Walter Brenan en Río Bravo¸ Peter Lorre en El Halcón Maltés o Harvey Keitel interpretando a malos malísimos en Taxi Driver y Pulp Fiction, o Dorothy Malone haciendo de mujer fatal en El Sueño Eterno.
Secundarios irrepetibles fueron Sancho Panza, el doctor Watson y todas las madrastas de todos los cuentos. Nadie mejor que ellos los que pronuncian la frase lapidatoria, los que descargan los revólveres a quemarropa, los que aplastan la colilla contra la suela del zapatos o los que escupen el tabaco mascado frente a un fuego en una caravana que va camino del Oeste.
Secundarios providenciales fueron las Marías que encontraron el sepulcro vacío, los apóstoles que caminaron junto a Jesús, Zaqueo, la hija de Jairo y los leprosos sanos. Secundarios imprescindibles de la vida son la segunda bailarina en la compañía de ballet, la profesora sustituta, la señora de la limpieza y el que arregla los enchufes. Casi todos somos secundarios en el decorado gigantesco de la vida. Formamos parte del atrezzo silencioso e invisible que dota de fuerza a la historia, hace creíble la trama y permite avanzar al argumento.
Muy pocos son los elegidos para representar el papel de la figura del pop, el crack futbolístico o la primera estrella cinematográfica. Pero ninguno de ellos logrará subirse al escenario, marcará el gol que haga felices a una nación entera o interpretar un papel glorioso, si detrás no le acompaña un ejército de figurantes, maquilladores, utilleros, carpinteros y peluqueros que sostienen el peso del tablao donde se desarrolla el vodevil de la vida y donde viven, aman y mueren los protagonistas que recogerán todos los aplausos y suscitarán todos los bravos.
Levantemos los corazones, mantengamos la cabeza alta, el espíritu limpio y la mirada puesta en Cristo redentor, y vivamos felices sabiendo que con nuestras pequeñas obras de actores de reparto estamos dignificando la tierra que hemos heredado.

sábado, 30 de junio de 2012

Un Cura Feliz


Padre Ignacio Muguiño, S.J.
La gente anda enferma de tristeza. A ratos sueñan con alegrías de plata, y mendigan el ritmo de una música epiléptica en la jarana, o el trance horrendo de la droga… Pero, poco a poco, las luces de todas sus fiestas se van apagando, y el pobre corazón vuelve a quedarse más solo, más poeta y más triste en penas. A los cristianos tristes habría que esconderlos hasta que se les pase. A los curas aproblemados y gruñones, sólo el sueño eterno les amansa. Unos y otros arruinan el cristianismo de las Bienaventuranzas, la fiesta que se lleva en el corazón, la que nunca se acaba…, la que llamamos Dios. ¡Cristo es un Dios alegre!
Hoy a nosotros, los pequeños Cristos rotos, nos queda hacer el nuevo milagro de la alegría en este mundo de tristes; llevar siempre un Magnificat en los labios, heredado de la Madre, y un Dios de la alegría bien metido en el corazón.
¡Cura! Sin salud, sin plata, sin coche ni móvil, sin viajes, sin aplausos, sin juergas, sin amores tapados, ni espacios escondidos…, llevas una orquesta de alegría en tu corazón, de pie, mirando las estrellas desde donde te habla Dios. Contagias a tu paso esa felicidad que Dios te da y que no se compra en la tierra.
Cura de Dios, vas curando a tu paso las penas de todos, y la gente vuelve a creer en los milagros. Todos quieren saber el secreto de tu alegría, y cómo se llama tu Dios. Los enfermos sonríen tanto, que hacen reír a los sanos; los pobres buscan a alguien con quien compartir su pequeño pan; los ricos empiezan a arruinarse entre risas como aquel Zaqueo, y las víctimas echan el brazo al hombro del verdugo y le hacen llorar al llamarle amigo, y así hasta mil…, a quienes les recuerdas mucho al Dios campesino de Nazaret.
A este paso por la tierra le llaman calle de la amargura. Quisiera cambiar este nombre. Cristo recorrió ese camino muy golpeado, pero nadie vio odio en su mirada, ni amargura, ni rencor. Iba mudo, pensando que los que le pegaban eras sus hermanos pequeños, en un mal día, cuando mataban al que más los quería.
Cura bueno de todos los días, que a la mañana coges a Cristo en las manos y lo miras con ternura, y al caer la tarde llevas alguna cruz; no la arrastres entre gemidos, haz de tu cruz una guitarra y llévala en volandas, y echa al vuelo tu mejor chiste en forma de cantar y suspirar… Aunque la voz te salga un poco quebrada, harás reír a los que, con su cruz, te siguen.
Y si alguno, desde la acera, te dice con burla: «Eres un olvidado de Dios», arráncate con tu mejor canto, que Dios te hará dentro del alma la segunda voz. Al oír la voz de los dos, saldrá al camino la mujer única de tu vida, a darte en un beso volado el cariño que tiene una madre por su cachorro, Santa María.

miércoles, 27 de junio de 2012

El Trigo y la Cizaña


«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: “Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?” El les contestó: “Algún enemigo ha hecho esto.” Dícenle los siervos: “¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?” Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero."»” Mateo 13,24-30

            Antoñita acaba de cumplir ochenta años. A su edad, ya le han practicado varias operaciones, sufrido algunas caídas y se le han roto un par de costillas. Además de la artrosis, las debilidades de la memoria y los achaques de la vejez, Antoñita cree que goza de buena salud.
            Por eso cada tarde de jueves, de octubre a junio, reúne a su grupo de niños para darles la catequesis. Así lleva cuarenta años, dando gratis lo que recibió gratis, sin un mal ejemplo, sin un grito, sin una falsa sonrisa.
            Nunca ha venido ningún periodista a contar sobre su apostolado silencioso, ni su nombre ha salido en los periódicos ni hay nadie que la tenga por heroína. Como tampoco ocupan titulares los cientos de miles de sacerdotes honestos, los millones de voluntarios católicos que entregan su tiempo a lo largo del mundo asistiendo ancianos, visitando enfermos, repartiendo desayunos y almuerzos en los comedores sociales, la multitud inmensa de almas consagradas que gastan la vida haciendo el bien. Como las religiosas de clausura que oran y laboran por la conversión de los corazones, para que las manos dejen de empuñar las armas y los hijos pródigos regresen a  casa. Como los miles de misioneros perdidos en aldeas remotas dando de comer al hambriento y vistiendo al desnudo, enseñando al que no sabe o consolando al afligido.
Conocí a un hombre en mi parroquia que viajó cincuenta kilómetros para devolver cinco euros a un camarero que se había equivocado con el cambio, y a una viuda que siempre hace un plato de comida de más por si algún pobre llama a la puerta. De entre los cristianos católicos comprometidos abunda la gente buena, las personas sencillas y honradas que nunca se saltan las colas, pagan los impuestos y devuelven lo prestado, que ni mienten ni engañan, que no es ni envidiosa ni alcahueta.
Junto a ellos, creciendo junto al trigo, florece también la cizaña. Como el arzobispo que lleva años consagrando impuramente mientras mantenía relaciones con una amiga de la infancia. Mucho se ha hablado de los sacerdotes pederastas; nos llegan noticias de alguno otro que sisó el dinero del cepillo y otros que fueron sorprendidos haciendo circular pornografía con menores. En estos casos siempre hay mil y un periodistas para coger la parte por el todo y elevar la anécdota a la categoría de juicio general contra la Iglesia y todos los católicos. El pecado de unos pocos debemos  sufrirlos todos los demás, las Antoñitas, los misioneros y las religiosas de todo el mundo. La debilidad y la miseria de un puñado de pecadores nos señalan al resto, nos anatemizan y nos condenan por igual. Ése es el salario del creyente honrado: poner nuestro hombro para ayudar a Cristo a cargar el peso de la miseria humana, seamos trigo o cizaña.
Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.» El respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga. Mateo 13,26-43

martes, 8 de mayo de 2012

Pecadores sin Rostro


Estoy convencido de que todos los católicos comprometidos, ya sea por costumbre o esporádicamente, en nuestras plegarias hemos orado por los pecadores. Rezamos por nuestros hijos que se han alejado de las prácticas cristianas y renunciado a los sacramentos; pedimos porque sabemos que en sus vidas la idea de Dios les resulta antipática. Oramos por nuestros otros conocidos y amigos que, negando a Cristo, rinden culto a los dioses del dinero, del placer, del sexo; por los que están encadenados al juego, a la pornografía, por los que laten con un corazón de granito, por los que se han dejado deslumbrar por las luces fascinadoras de la vida moderna, por los que derrochan sus fortunas en amontonar artilugios, en el ir al día de la moda, del último cacharro tecnológico, en enredarse siempre en pasiones inútiles, o en engordar las billeteras de echadores de cartas o adivinos televisivos.
           
            Pensamos en ellos y pronunciamos sus nombres, reconocemos sus rostros y sabemos de sus vidas. Pero a veces el pecador es anónimo. No sabemos quiénes son, dónde viven, cuál es la atadura que les atrapan. Desconocemos dónde y cuándo Dios les liberará de las cadenas que les encarcelan, pero estamos seguros que, de una manera paciente y misteriosa. Jesús está tocando sus corazones, transformando sus conciencias y, animado por la tenacidad de nuestros rezos, sus almas esclavas serán lavadas con la sangre de Cristo.
           
            De vez en cuando nos llegan noticias de conversiones espectaculares. En Estado Unidos en los últimos meses, dos activistas gays fueron tocados por Jesús y ahora predican contra la vida homosexual a la que tanto sirvieron. Silvestre Stalone regresó a la Iglesia recientemente. En Méjico, Eduardo Verastegui, después de tenerlo todo, Cristo le hizo ver que no poseía nada sin Él, y ahora usa de su talento artístico para llevar el Evangelio a otros muchos.

            Pero la conversión de los famosos son los chispazos cegadores que nos hacen volver la vista al cielo atraídos por los fogonazos y los colores que estallan en el cielo. Pero los convertidos anónimos, los que un día son rescatados de sus cárceles espirituales y se reintegran a la fe y a la Iglesia, son infinitamente mayores en número. Ésa es la respuesta a nuestras oraciones, es la manera que el Señor nos dice. “Ese hijo por el que llevas orando tanto tiempo, aunque no le conocías, ya está en casa”. Por eso, sin tregua, sin cansancio, sin dejarnos abatir por las dificultades, sigamos diciendo en nuestras plegarias: “Jesús, Buen Pastor, sigue trayéndonos a las ovejas que se han perdido”.

martes, 1 de mayo de 2012

Orgullosamente Católico


La mayoría de nosotros habremos contemplado alguna vez la construcción de grandes maquetas levantadas con fichas de dominó. Durante semanas, quizás meses, extraordinarios artistas de lo minúsculo logran alzar grandes imperios a escalas: ciudadelas, torreones, pórticos, basílicas, estadios, catedrales. Esas colosales construcciones son dispuestas en un ensamblaje milimétrico a través de invisibles vasos comunicantes conectados con la pericia de un cirujano. Finalmente, con la pieza que remata la obra, un pequeño impulso no más violento que una caricia desata una fuerza de cataclismo que avanza como un víbora asesina que escala alturas, desciende rampas, describe círculos, atraviesa vías de tren, penetra por boca de túneles y ríos de juguete demoliendo torres y basílicas, desbordando lagunas, liberando una cólera infernal que, en pocos segundos, convierte en un montón de chatarra sin vida una fabulosa obra de ingeniería.


Decía Einstein que era más fácil descomponer un átomo que deshacer un prejuicio. Quizás por eso a lo largo de los siglos los difamadores siempre han acumulado éxito y fortuna. En el siglo XIX, Mary Monk escribió la autobiografía Awful Disclosures en la que contaba su pasado de novicia en un convento canadiense. Allí las religiosas servían de esclavas sexuales para obispos y cardenales. Salvo los títulos de Mark Twain, nadie logró nunca vender tantos ejemplares en aquella época, superando las 300.000 copias. Pero tuvo que ser su madre la que la desenmascaró: Mary Monk ni profesó como monja ni siquiera fue nunca católica.


Ya Tertuliano en el siglo II lo advertía: Si el Tíber baja caudaloso o el Nilo muy bajo, si el cielo permanece cerrado o la Tierra se mueve, si llegan la peste o la hambruna, el grito es: “Los cristianos al león!”. Desde entonces los seguidores de Jesús eran culpables de todo: se volvían incestuosos, organizaban orgías, incendiaban ciudades, practicaban canibalismo. Insistiendo en la Antigua Roma, con la Damnatio Memorae se condenaba el recuerdo de una persona tras su fallecimiento. Se proscribía su memoria, se borraba su nombre en las inscripciones de piedra y su estirpe era obligada a cambiar los apellidos familiares. En este siglo XXI también tenemos ilustres calumniadores anticatólicos, se llamen Dan Brawn o Pepe Rodríguez.


Cada día que pasa la promesa de Cristo que nada ni nadie podrí destruir su Iglesia se hace más cierta. A lo largo de estos más de dos mil años esa Iglesia ha sobrevivido al Imperio Romano, a las invasiones bárbaras, ha resistido al martirio de los primeros siglos, de la Revolución Francesa, de la Mexicana, de la Guerra Civil española, a los cuatro mil sacerdotes asesinados por los nazis; ha sabido sobreponerse al pecado de muchos de sus miembros, a la división del protestantismo, al comunismo, al telón de acero, al materialismo, al relativismo moral, y ha dejado en ridículo a Napoleón, Nietche, Voltaire, Marx, Stalin, Hitler, y a los miles de pepitos grillos que a cada dos por tres nos anuncian la agonía de la Iglesia.

Los enemigos de la Iglesia buscan nuestra apostasía. Pero no debemos olvidar que, por cada ejemplo de corrupción católica que nos citen, podremos contestarles con mil testimonios de santidad. Si nos citan al Papa Borgia o Pablo IV, nosotros podremos recordarles a San Pedro, Juan XXIII o Juan Pablo II. Si nos hablan de las docenas de curas pederastas que nos avergüenzan a todos, les remitiremos al medio millón de sacerdotes ejemplares repartidos por el mundo, fieles a la Iglesia, al evangelio, a Cristo. Si nos hablan de algunas leyendas negras católicas, les mostraremos las muchas realidades blancas católicas. Podremos hablarles de los miles de misioneros aventurados en selvas remotas, en aldeas devastadas por la guerra, la enfermedad y el hambre, de hombres y mujeres que lo dejaron todo, que son los primeros en llegar y los últimos en marcharse, perdidos en ciudades sin nombre estragadas por las epidemias y el asesinato, y que llegan para levantar escuelas, llevar alimento y medicinas, mostrar consuelo y repartir cariño a miles de seres mutilados por la metralla, estragados por el sida o consumidos por la lepra y la disentería. Hombres y mujeres al cuidado de hospicios y ambulatorios, asilos y leproserías, cárceles y hospitales, curando llegas, cerrando hemorragias, apretando una mano cuando ya nadie la acaricia. Podremos hablarles de la inmensa contribución de la Iglesia al arte y la cultura: las cientos de maravillas góticas que siembran Europa, las obras de tantos genios de la pintura, de la escultura, de la música, de la arquitectura, de la poesía y de la mística; genios todos ellos que sin el impulso de la fe católica serían menos genios y menos artistas. Podremos hablarles de la tradición y de la historia. Nuestros pueblos tendrían que reinventarse de nuevo si les despojáramos de sus fiestas patronales; nuestros padres, hermanos e hijos no serían reconocibles si no les llamáramos por sus nombres de pila cristiana. Si de un manotazo quitáramos todo lo que el mundo le debe a la Iglesia, tendríamos que comenzar de nuevo la historia, porque hasta todos aquellos que vivieron como oposición a la fe habrían perdido buena parte de su razón vital.


Nuestra fe católica ha dado figuras como San Francisco de Asís, la Madre Teresa o el Padre Pío; místicos como Santa Teresa o San Juan de la Cruz; filósofos como San Agustín y Sto. Tomás de Aquino; artistas como Miguel Ángel o Leonardo; arquitectos como Gaudí, Herrera o Bernini; las misas de Mozart, el Mesías de Hendel o el Ave María de Schubert.


Debemos comportarnos orgullosamente católicos, bajo esa fe inconmovible que no desfallece ni ante la muerte de un hijo, que no desmaya por la devastación del terremoto o la furia del huracán, que no se acobarda ante la difamación. Hablo de esa fe dotada de una fuerza extraordinaria que sujeta nuestra mano y que impide que golpeemos a quien nos arremete, gritar a quien nos chilla, ofender a quien nos insulta; que produce el milagro que convierte los panes y los peces cuando el salario no llega y las fuerzas se agotan, cuando la esperanza parece inútil; la que nos impide traicionar a la esposa, abandonar a los hijos o saltar al precipicio.


Los católicos ya hemos cedido mucho terreno ante el feminismo, el marxismo, el proabortismo, los lobbys gays, el relativismo moral, los esclavos-pensadores del progresismo y la eutanasia. Nos han robado a Dios de las escuelas, de la televisión, de las leyes de la sociedad. Eso no les parece suficiente. También quieren arrebatárnoslo de nuestros hogares, de nuestras conciencias, de nuestras vidas. Pero, aunque sólo nos quede un palmo de trinchera que defender, aquí estaremos, con Cristo, con María, con la Iglesia, hasta el último aliento.