martes, 8 de mayo de 2012
Pecadores sin Rostro
martes, 1 de mayo de 2012
Orgullosamente Católico
La
mayoría de nosotros habremos contemplado alguna vez la construcción de grandes
maquetas levantadas con fichas de dominó. Durante semanas, quizás meses,
extraordinarios artistas de lo minúsculo logran alzar grandes imperios a escalas:
ciudadelas, torreones, pórticos, basílicas, estadios, catedrales. Esas
colosales construcciones son dispuestas en un ensamblaje milimétrico a través
de invisibles vasos comunicantes conectados con la pericia de un cirujano.
Finalmente, con la pieza que remata la obra, un pequeño impulso no más violento
que una caricia desata una fuerza de cataclismo que avanza como un víbora
asesina que escala alturas, desciende rampas, describe círculos, atraviesa vías
de tren, penetra por boca de túneles y ríos de juguete demoliendo torres y
basílicas, desbordando lagunas, liberando una cólera infernal que, en pocos
segundos, convierte en un montón de chatarra sin vida una fabulosa obra de
ingeniería.Decía Einstein que era más fácil descomponer un átomo que deshacer un prejuicio. Quizás por eso a lo largo de los siglos los difamadores siempre han acumulado éxito y fortuna. En el siglo XIX, Mary Monk escribió la autobiografía Awful Disclosures en la que contaba su pasado de novicia en un convento canadiense. Allí las religiosas servían de esclavas sexuales para obispos y cardenales. Salvo los títulos de Mark Twain, nadie logró nunca vender tantos ejemplares en aquella época, superando las 300.000 copias. Pero tuvo que ser su madre la que la desenmascaró: Mary Monk ni profesó como monja ni siquiera fue nunca católica.
Ya Tertuliano en el siglo II lo advertía: Si el Tíber baja caudaloso o el Nilo muy bajo, si el cielo permanece cerrado o la Tierra se mueve, si llegan la peste o la hambruna, el grito es: “Los cristianos al león!”. Desde entonces los seguidores de Jesús eran culpables de todo: se volvían incestuosos, organizaban orgías, incendiaban ciudades, practicaban canibalismo. Insistiendo en la Antigua Roma, con la Damnatio Memorae se condenaba el recuerdo de una persona tras su fallecimiento. Se proscribía su memoria, se borraba su nombre en las inscripciones de piedra y su estirpe era obligada a cambiar los apellidos familiares. En este siglo XXI también tenemos ilustres calumniadores anticatólicos, se llamen Dan Brawn o Pepe Rodríguez.
Cada día que pasa la promesa de Cristo que nada ni nadie podrí destruir su Iglesia se hace más cierta. A lo largo de estos más de dos mil años esa Iglesia ha sobrevivido al Imperio Romano, a las invasiones bárbaras, ha resistido al martirio de los primeros siglos, de la Revolución Francesa, de la Mexicana, de la Guerra Civil española, a los cuatro mil sacerdotes asesinados por los nazis; ha sabido sobreponerse al pecado de muchos de sus miembros, a la división del protestantismo, al comunismo, al telón de acero, al materialismo, al relativismo moral, y ha dejado en ridículo a Napoleón, Nietche, Voltaire, Marx, Stalin, Hitler, y a los miles de pepitos grillos que a cada dos por tres nos anuncian la agonía de la Iglesia.
Los enemigos de la Iglesia buscan nuestra apostasía. Pero no debemos olvidar que, por cada ejemplo de corrupción católica que nos citen, podremos contestarles con mil testimonios de santidad. Si nos citan al Papa Borgia o Pablo IV, nosotros podremos recordarles a San Pedro, Juan XXIII o Juan Pablo II. Si nos hablan de las docenas de curas pederastas que nos avergüenzan a todos, les remitiremos al medio millón de sacerdotes ejemplares repartidos por el mundo, fieles a la Iglesia, al evangelio, a Cristo. Si nos hablan de algunas leyendas negras católicas, les mostraremos las muchas realidades blancas católicas. Podremos hablarles de los miles de misioneros aventurados en selvas remotas, en aldeas devastadas por la guerra, la enfermedad y el hambre, de hombres y mujeres que lo dejaron todo, que son los primeros en llegar y los últimos en marcharse, perdidos en ciudades sin nombre estragadas por las epidemias y el asesinato, y que llegan para levantar escuelas, llevar alimento y medicinas, mostrar consuelo y repartir cariño a miles de seres mutilados por la metralla, estragados por el sida o consumidos por la lepra y la disentería. Hombres y mujeres al cuidado de hospicios y ambulatorios, asilos y leproserías, cárceles y hospitales, curando llegas, cerrando hemorragias, apretando una mano cuando ya nadie la acaricia. Podremos hablarles de la inmensa contribución de la Iglesia al arte y la cultura: las cientos de maravillas góticas que siembran Europa, las obras de tantos genios de la pintura, de la escultura, de la música, de la arquitectura, de la poesía y de la mística; genios todos ellos que sin el impulso de la fe católica serían menos genios y menos artistas. Podremos hablarles de la tradición y de la historia. Nuestros pueblos tendrían que reinventarse de nuevo si les despojáramos de sus fiestas patronales; nuestros padres, hermanos e hijos no serían reconocibles si no les llamáramos por sus nombres de pila cristiana. Si de un manotazo quitáramos todo lo que el mundo le debe a la Iglesia, tendríamos que comenzar de nuevo la historia, porque hasta todos aquellos que vivieron como oposición a la fe habrían perdido buena parte de su razón vital.
Nuestra fe católica ha dado figuras como San Francisco de Asís, la Madre Teresa o el Padre Pío; místicos como Santa Teresa o San Juan de la Cruz; filósofos como San Agustín y Sto. Tomás de Aquino; artistas como Miguel Ángel o Leonardo; arquitectos como Gaudí, Herrera o Bernini; las misas de Mozart, el Mesías de Hendel o el Ave María de Schubert.
Debemos comportarnos orgullosamente católicos, bajo esa fe inconmovible que no desfallece ni ante la muerte de un hijo, que no desmaya por la devastación del terremoto o la furia del huracán, que no se acobarda ante la difamación. Hablo de esa fe dotada de una fuerza extraordinaria que sujeta nuestra mano y que impide que golpeemos a quien nos arremete, gritar a quien nos chilla, ofender a quien nos insulta; que produce el milagro que convierte los panes y los peces cuando el salario no llega y las fuerzas se agotan, cuando la esperanza parece inútil; la que nos impide traicionar a la esposa, abandonar a los hijos o saltar al precipicio.
Los católicos ya hemos cedido mucho terreno ante el feminismo, el marxismo, el proabortismo, los lobbys gays, el relativismo moral, los esclavos-pensadores del progresismo y la eutanasia. Nos han robado a Dios de las escuelas, de la televisión, de las leyes de la sociedad. Eso no les parece suficiente. También quieren arrebatárnoslo de nuestros hogares, de nuestras conciencias, de nuestras vidas. Pero, aunque sólo nos quede un palmo de trinchera que defender, aquí estaremos, con Cristo, con María, con la Iglesia, hasta el último aliento.
sábado, 28 de abril de 2012
Jesús nos hace señas
Confundido entre la multitud, te ibas moviendo de un lado a otro como un chiquillo revoltoso llamando la atención de sus papás, pero yo no te escuchaba. Permitiste que tuviera un buen empleo, un gran salario; pude comprar un coche de lujo, una casa de lujo, una vida de lujo. Me casé y me colmaste con el regalo de los hijos. Ahora sé que, en medio de tanto júbilo, en algún lugar de mi corazón tu voz, como un rumor de confesionario, tu voz se ahogaba por hacerse oír: “¿No me vas a dar las gracias…? Nada de esto tendrías sin mi bendición”.
Pero yo seguía sin escucharte, y Tú, como el buen padre que espera siempre el regreso del hijo descarriado, seguías llamando a mi puerta con la dulzura de los que aman. Golpeabas los cristales de mi ventana con piedritas tímidas, quizás pidiendo perdón por si interrumpías mi cena, y yo no te escuchaba.
Me llamabas con las manos desnudas de los pobres que aporreaban mi puerta para suplicar un poco de la sopa que tantas veces me sobraba, y yo no te escuchaba. Me sonreías desde la tristeza del anciano que se arrastraba y al que nunca acompañé a cruzar la calle o a subirle las bolsas del supermercado hasta el pisito triste donde consumía el final de su existencia.
Me veías desde los ojos del vecino con el que me encontraba en el ascensor y al que nunca dirigí un saludo; en la mirada del niño cuya pelota caía a mis pies y que yo no devolvía para que siguiese jugando.
Todos ellos eran invisibles para mí. Nunca volví el rostro encontrarme con el suyo; siempre seguía de largo, acuciado por la prisa, con las manos hundidas en los bolsillos y tarareando alguna cancioncilla que apagara tu voz que, tenaz como una profecía, seguía llamándome. Pero yo no te escuchaba.
Me llamabas cuando, con ocasión de algún funeral, un bautizo, alguna primera comunión, me veías en la iglesia pensando en el banquete, criticando el sermón del cura, o me quedaba detrás, junto a la puerta del templo, unido al coro de los que conversan sin respeto, pero yo no te escuchaba.
Hasta que un día perdiste la paciencia conmigo. Ya no te movías de un lado a otro como el chiquillo revoltoso buscando el foco de atención. Ya no me saludabas en la cortesía frustrada del vecino, en el balón perdido del chiquillo, en la fiesta o en la condecoración. Me derribaste del caballo como a San Pablo. Perdí el trabajo y el salario de lujo, la casa y el coche de lujo, la vida de lujo. A partir de entonces fueron las mías las manos del mendigo que aporreaba las puertas de los pudientes para pedir la sopa sobrante. Entonces fui yo el que sentí la indefensión y el abandono del que no tiene quien le ayude a cruzar la calle o acarrearle las bolsas de la tienda hasta el cuartucho donde asfixia su vida. Cuando se acabó el lujo y la diversión, cuando se apagaron las luces de la fiesta y cesó la música de la orquesta, cuando se extinguieron los aplausos y me retiraron los honores, entonces fue cuando pude escucharte.
Te abrí la puerta y allí estabas, como siempre, donde siempre, sonriéndome como el padre bueno que socorre siempre al hijo que se ha lastimado en la caída. Ahora, contigo a mi lado, en medio de la necesidad, a pesar de la pobreza –o quizás gracias a ella-, soy el hombre más rico del mundo, y no quiero que te marches nunca.
jueves, 26 de abril de 2012
Cada uno de nosotros éramos los
que íbamos a cambiar el mundo. Los que creíamos poder erradicar el hambre,
parar la guerra, cobijar a los sin techo, dar de comer al hambriento y vestir
al desnudo. Los que castigaríamos a criminales sin condenada y devolveríamos la
dignidad a los oprimidos y la libertad a los cautivos.martes, 1 de febrero de 2011
Las Manías de la Vieja

Un domingo, después de la misa del mediodía, el padre Andrés se dirigió a la sacristía para despojarse de las vestimentas litúrgicas.
-¿Puedo hablar con usted un momentito, padre?
-Llámame Andrés, Luisa. Ya se lo he dicho muchas veces –dijo el sacerdote, molesto. En verdad aquella mujer menuda y sesentona, de cintura de bailarina y manos de niño, conseguía ponerle nervioso. Lo más irritante de ella era su sonrisa, su eterna sonrisa. Sonreía siempre, lo mismo lloviera que nevara, le sacaran una muela sin anestesia o recibiera un abrazo. Por muy descortés que fuera con ella, no lograba quebrarle la sonrisa ni apagarle esa chispa de felicidad que despedía su mirada.
-Ya sabe, don Andrés, que burro viejo no aprende inglés, y ya soy muy antigua para esas familiaridades con un ungido del Señor.
-Haber, ¿qué quieres? Llego tarde y me esperan para almorzar.
El cura temió que volviera a insistirle con lo de dejarla rezar el rosario desde el ambón antes de comenzar la misa diaria, práctica que él prohibió desde que se hizo cargo de la parroquia.
-No, padre. El Señor nos manda obedecer y si esto es lo que usted ha decidido, ya lo rezo yo en silencio, que la Virgen Santísima tiene un oído muy fino y sé que me oye por muy bajo que ore. Aunque, sí quería hablarle de ella.
-Abrevia, Luisa, que llego tarde.
-Es que cuando estaba don Julián, que Dios lo tenga en la gloria, antes de dar la bendición, le rezábamos el avemaría y le cantábamos una canción de despedida.
El canto a la Virgen lo habían sustituido por “Si en verdad Dios te ama”, una canción festiva y ruidosa que va acompañada de un coreografía de aplausos, pataleos, palmas y chasquidos de dedos. El tema entusiasmaba a los niños y arrancaba un aplauso al final de la ceremonia.
-Y vienes a quejarte porque ya no le cantamos la canción.
-Ni le rezamos el avemaría.
Otra manía de vieja. No tenía tiempo de pararse a discutir, así que cortó por lo sano:
-Si le cantamos a María la gente se marcha después de la bendición, pero si hacemos el “Si en verdad”, la gente se queda hasta el final.
Luisa le miró sin dejar de sonreír, pero algo confundida:
-Entonces, don Andrés, ¿me está diciendo que para que la gente se quede un minuto más en la misa debemos echar a la Virgen de la iglesia?
jueves, 20 de enero de 2011
Entró en una Iglesia a buscar un Amigo (4)
Caer del Caballo (5)Fue un gran periodista inglés, educado como metodista por sus padres, pero que en su juventud perdió la fe y se hizo comunista durante 20 años, ocho de los cuales fue director jefe del periódico Dayly Worker, el periódico del partido comunista inglés.
Yo creía que todos los sacerdotes, monjas y monjes eran inmorales, que los jesuitas eran siniestros y criminales. Y seguía conservando mis prejuicios comunistas.
En el partido sosteníamos que la población católica representaba la parte más atrasada, inculta y políticamente moribunda del pueblo y que los católicos estaban hundidos en la superstición y gobernados, sin esperanza de liberación, por los curas[1].
Un día al salir de la oficina, entré a una iglesia católica. Permanecí una hora sentado en la oscuridad, iluminada sólo por la vacilante llama de las velas del altar. A la mañana siguiente, volví teniendo cuidado de entrar, cuando no me viera nadie... Cuanto más veía aquella iglesia, más me gustaba. Pero seguía sin poder rezar. Era ridículo y degradante arrodillarse, un signo de sumisión, de rendimiento, de humildad. Era como hablar con alguien que no estaba presente, que ni siquiera existía. Pero yo seguí yendo día tras día, noche tras noche.
Una mañana sucedió algo. Estaba sentado en la penumbra de Santa Etheldreda en el último banco como de costumbre, cuando entró una joven de unos dieciocho años, pobremente vestida y no muy agraciada. A mí me parecía que sería una criada irlandesa. Pero, al pasar por mi lado, vi la expresión de su rostro: estaba preocupada.
Como yo, tenía evidentemente alguna grave preocupación. Con paso decidido avanzó por el centro de la iglesia hacia el altar, después giró hacia la izquierda, encaminándose a un reclinatorio en el que se arrodilló delante de Nuestra Señora, después de haber encendido una vela y echado unas monedas en la alcancía.
A la luz de la llama de la vela, pude ver cómo sus manos pasaban unas cuentas y cómo inclinaba la cabeza de vez en cuando. Aquella era una práctica católica que yo desconocía. Aquel era el mundo de la fe. Aquel era el mundo que yo buscaba ¿Era una superstición? ¿Era el mundo propio de los salvajes? Al pasar a mi lado, cuando salía, miré el rostro de la joven. Fuera cual fuera su preocupación había desaparecido. Sencillamente desaparecido. Y yo hacía meses y años que llevaba a cuestas el peso de la mía.
Cuando estuve seguro de que nadie me veía, me encaminé casi como un perro por el centro de la iglesia como ella había hecho. Al llegar al altar, giré a la izquierda, eché unas monedas en la alcancía, encendí una vela, me arrodillé en el reclinatorio e intenté rezar a Nuestra Señora. Pero era lo mismo que me ahorcaran por una oveja que por un cordero. Si iba a ser supersticioso e iba a rezar a alguien que no estaba allí, bien podría dar un paso más en mi superstición y rezar a una imagen. Pero ¿cómo se rezaba a Nuestra Señora? Yo no lo sabía. ¿Se rezaba a Ella o por medio de Ella como si fuese una intermediaria? ¿Se contemplaba la imagen para ver la realidad que había tras ella o había que dirigir las palabras solamente a la imagen? Tampoco lo sabía. Intenté recordar alguna oración dedicada a Ella de la literatura medieval o algo de los poemas de Chesterton o Belloc. Pero fue inútil... Fuera de la iglesia traté de recordar las palabras que había pronunciado y casi me eché a reír. Eran la letra de una música de baile del año veinte de un disco de gramófono que había comprado en mi adolescencia: Oh dulce y encantadora señora, sed buena. Oh Señora, sed buena conmigo.
A las ocho y media de la noche del 17 de enero de 1948 telefonee al colegio de los jesuitas de nuestro barrio para bautizar a nuestros dos hijos... y nuestra instrucción comenzó bajo la dirección del Padre Joseph Corr, un santo y culto anciano jesuita del norte de Irlanda, que comenzó su tarea sin hacernos más preguntas. Tardó semanas en saber quién era yo.
viernes, 14 de enero de 2011
Lluvia de Rosas

Por desgracia es un hecho que en este mundo hay muchísimas personas que nunca oran, nadie se lo ha enseñado o lo han olvidado. Los santos tienen esa misión en la tierra y después en el cielo. En la tierra nos hablan del amor de Dios y nos describen, como bien hace santa Teresa de Jesús, su experiencia mística y cómo llegó ella a encontrarse con Dios a través de la oración. Y después de la muerte, desde el cielo, nos ayudan a encontrarnos con Dios. Ellos se meten en nuestra vida para que nos demos cuenta de que Dios guía nuestros pasos y, cuando lo consiguen, desaparecen con una humildad muy característica. Son como un megáfono con el que pedimos auxilio. Nuestra débil voz, que no llegaría a oídos de los más cercanos, aumenta al usar el megáfono, de tal modo que esa voz pueda ser oída a distancia. Y lo más curioso es que ese megáfono nos acerca tanto al auxilio que necesitamos, que ya luego no necesitamos altavoz y hablamos directamente con quien nos puede auxiliar. Así son los santos. Así es, sobre todo, esa santita que los norteamericanos llaman Little Flower, santa Teresa del Niño Jesús, hoy doctora de la Iglesia, que prometió que desde el cielo enviaría una lluvia de rosas. Desde América nos llega una historia que nos demuestra cómo la santa cumple su promesa.
Nuestro protagonista es un hombre de negocios que desde pequeño fue impermeable a las prácticas de devoción que su buena madre le inculcaba. Luego, ya mayor, casó como una mujer del gran mundo que no practicaba religión alguna y su corazón se enfrió más que nunca. Sin embargo –cosas de la vida–, querían educar bien a sus hijas y las llevaron a una escuela católica regentada por religiosas, simplemente porque a ella iban otras niñas de familias amigas y decían que eran buenas pedagogas. He aquí su relato:
"Yo me dediqué en cuerpo y alma a los negocios y, como prosperaba, no me acordé más de Dios. Un día se me presentó un negocio para el cual necesitaba una cantidad de dinero que ni tenía a mano, ni me era fácil conseguirlo en el plazo de cuatro días. Estaba yo con esto muy preocupado y traté del asunto con mi mujer, por ver si ella me podía conseguir el dinero de alguna manera. La mayor de mis hijas, de nueve años, oyendo esto y viéndome tan preocupado, me dijo: –Papá, ¿por qué no rezas a la Litte Flower para que te ayude? Yo, que no sabía qué clase de flor era aquella, pensé que se trataba de una superstición que las monjas habían enseñado a mi hija y, un tanto incomodado, le dije que yo no rezaba a ninguna flor. Mi pobre hija, mirándome entre asombrada y triste, se marchó, dejándome más desazonado que antes.
Tres días después no había yo conseguido el dinero, y al día siguiente debía yo cerrar el negocio. Aquella noche pasé por el cuarto de mi hija, la de nueve años. Iba a acostarse y la vi con su institutriz, que, postrada de rodillas, rezaba ante una estampa. Hice ruido y me llamó: –Papá, Marta y yo le hemos hecho un triduo a Little Flower (y señalaba la estampa) para que mañana se arregle lo de tu negocio. Ella (volvió a señalar la estampa) ha prometido que enviaría desde el cielo una lluvia de rosas...
Pasé una noche muy molesto, tanto más cuanto que mi mujer volvió de un baile casi al amanecer.
Al llegar a mi despacho, llamé a mi secretaria para dictarle una carta diciendo al interesado que me era imposible arreglar aquel negocio. Mientras le mecanógrafa escribía la carta, anunciaron una visita. Era un antiguo amigo mío a quien hacía años que no veía. Entró y, después de unos momentos de conversación, saludos, recuerdos..., me dijo: –Vengo a pagarte una antigua deuda; he tardado cinco años en cumplir mi obligación, pero hasta ayer no tuve oportunidad de conseguir el dinero. Y mientras decía esto, sacaba de su cartera el talonario de cheques y extendía uno sobre mi mesa. Luego, excusándose por la tardanza, se marchó diciendo que no quería robarme más tiempo. Al mirar el cheque, me quedé como quien ve visiones: estaba extendido precisamente por la cantidad requerida para el negocio...
Al regresar a casa aquella tarde, pasé por delante de la casa de una florista y, al ver en el escaparate un magnífico ramo de rosas, me detuve a comprarlo. Pensaba en la lluvia de rosas de que me había hablado mi hijita la noche anterior. Al entrar en casa, se las di con el convencimiento de que su Little Flower me había enviado el dinero. Acompañé a mi hija hasta su habitación y colocamos el ramo ante su estampa con una ternura inusitada.
A los pocos días me hijita me trajo una estampa de santa Teresita y me pidió mi cartera para ponérmela allí, a lo cual yo accedí gustoso. Tres días más tarde iba yo a tomar el Metro y, sin saber por qué, se me cayó la cartera; me agaché para recogerla, siendo este tiempo suficiente para que se pusiera en movimiento el tren y cerrara las puertas, obligándome a esperar el siguiente. De pronto se oyó un gran ruido y se apagaron las luces... El tren que yo había perdido acababa de descarrilar, cosa rarísima en el Metro, y varios fueron los heridos y muertos. Salí a la calle sudando frío. ¡De la que me había escapado! Por primera vez en varios años entré en una iglesia próxima, y mi sorpresa fue grande al ver una imagen de santa Teresita ante la cual ardían muchas luces. Me arrodillé y, sin saber lo que hacía, me encontré orando fervorosamente, dando gracias a Dios por haberme librado tan providencialmente de morir o de quedar lisiado, favor que yo atribuía a la mediación de santa Teresita, cuya estampa había puesto mi hijita en la cartera,
Poco tiempo después fui a casa de Kenedy, en Brakley St., y compré una imagen pequeña de la santa, que regalé a mi hija. También me vendieron allí la Historia de un alma, que empecé a leer para distraerme y la terminé interesadísimo. Lo que causó gran impresión fue el caso de Pranzini. Fui a comprar un gran Crucifijo, que desde entonces tengo sobre mi cama, y cuyas llagar beso devotamente todas las noches. En fin, cambié de vida y mi esposa también, y ahora me he convertido en propagandista de la devoción a la Little Flower, a la cual quiero muchísimo, pues ella me enseñó a orar y me hizo volver a Dios."
Hasta aquí el testimonio de esta alma buena que se dedica al apostolado de santa Teresita.
¡De cuántas manos se vale Dios para intervenir en nuestras vidas! Cómo va Él tejiendo todas las telas para que al final nos vistamos de su divina voluntad: la enseñanza de unas religiosas a la niña de nueve años, la devoción de la hija y la perseverancia en la oración de la institutriz, un deudor que llega a tiempo a devolver lo que debía, una cartera por los suelos, una imagen en la iglesia, un ramo de rosas, la Historia de un alma que la santa escribió por obediencia... Todo esto lo trama el Señor para que un hombre bueno se entregue de corazón a su causa. Y con él su esposa. Ya no llevan vida disipada y de espaldas a Dios. Ahora, a través de santa Teresita, han encontrado a Jesús. ¡Ojalá que el Señor nos haga útiles siervos para que se pueda comunicar con los hombres que todavía no le aman o se han olvidado un poco de Él! Como santa Teresita, como Little Flower.
por el P. Javier Andrés Ferrer, mCR
Revista Avemaria

