martes, 10 de septiembre de 2013

Tropiezos definitivos

Venimos para un bautizo y nos quedamos para un entierro”.  Esta frase –escuchada  a una de las víctimas del accidente ferroviario de Santiago- pone al descubierto la fragilidad de la condición humana y muestra también la incapacidad del hombre para sortear el destino adverso.

Nos creemos los reyes del mambo hasta que la quiebra económica, los desastres naturales o algún suceso trágico nos recuerdan que no somos más que juguetes rotos en las manos de una criatura ciega que se abre camino a manotazo limpio.

Vivimos como si fuésemos a existir eternamente. Compramos casas con las que nos endeudamos de por vida, coleccionamos cachivaches inútiles, amontamos tesoros y levantamos pequeños o grandes imperios como si fuésemos a sobrevivir a la decrepitud del tiempo, el óxido de la vejez o la llegada de la muerte.

Jesús nos advierte que debemos estar preparados porque nadie sabe cuándo será el día y la hora de nuestra marcha. Pero ello no nos impide caer en las trampas  del materialismo. Rendimos culto al cuerpo, nos afanamos por llevar una vida sana, comer delicatesen con los que se apadrinarían niños durante un año, sudamos la gota gorda en la cintas de correr o nos  embadurnamos de aceites y potingues que apuntalan la juventud o alargan la belleza. Vivimos al día y nos movemos a toda prisa pretendiendo dejar atrás el dolor y la enfermedad y esquivar a la muerte.

Pero el camino está empedrado de emboscadas que nos recuerdan que somos peregrinos transitando sobre una tierra hostil. Cuando menos lo esperamos, los ríos se desbordan, las cosechas se malogran, irrumpen los aguaceros que pudren los campos, ahogan animales e inundan las casas. Viajamos cómodos en un asiento de primera mientras tecleamos mensajes en el móvil o navegamos en el portátil, hasta que un pequeño error de cálculo, un despiste, una maniobra a destiempo, logran que un tren descarrile, un coche acabe en la cuneta o un montón de ataúdes de apilen en la morgue.

De nada nos habrá valido la seguridad de la cuenta corriente, lo sanos que habremos vivido o los miles de kilómetros recorridos para mantener la salud. Creemos estar a salvo detrás de un billetera abultada, un trabajo de ejecutivo y  un futuro prometedor, hasta que un mal paso dado o una mala jugada del destino nos deja indefensos y desnudos ante la tragedia inesperada que nos ha convertido en un número más en una estadística aterradora que se llevó por delante un accidente de autobús, una catástrofe aérea, un bosque quemado por unos desaprensivos o un tren que de pronto salta por los aires.


En los hangares de la vida hay muchas maletas dando vueltas sobre la cinta mecánica esperando a dueños que nunca pasarán a recogerlas. “Vanidad de vanidad, todo es vanidad”.

miércoles, 23 de enero de 2013

Justos por pecadores



Desde los días en que Judas vendió su alma en la lonja de los traidores y decidió que poner precio al mismo Dios no valía más de treinta monedas, la barca de la Iglesia tiene un problema con los que se enrolan a bordo como tripulantes y acaban saboteándola desde dentro como corsarios amotinados.

Arriano fue sacerdote y después obispo antes de convertirse en uno de los mayores herejes de la cristiandad. Richelieu, además de cardenal, no le importó ponerse al lado de los protestantes que buscaban la aniquilación de los católicos con tal de apuntalar sus intereses perversos, ni tampoco le preocupó su condición de religioso para vivir y morir con un hombre inmensamente rico. A lo largo de la historia, los malos ejemplos y las vidas disolutas de clérigos y consagrados han servido a los enemigos de Dios para cargarse de munición contra la fe. La corrupción de algunos papas medievales, los curas pederastas, los teólogos heréticos, han sido utilizados como carbón con que se atizan las calderas del odio antirreligioso y el combustible que pone en marcha el anticlericalismo y el ateísmo viscerales.

El mismo Jesús nos puso sobre aviso advirtiéndonos de que los hijos de las tinieblas eran más espabilados que los herederos de la luz. Quizás por eso los cristianos que dan un mal paso parece como si trabajasen de agentes dobles  y que han sido reclutados por el mismo Satanás. En las últimas décadas ha surgido un nuevo ateísmo que se fundamenta en la idea de que la  religión es causa de todos los males del hombre, que es urgente suprimirla en todos los ámbitos de la sociedad porque es la causa primera para que el ser humano sea un ser infeliz y eternamente insatisfecho. Para hacer arraigar esa idea lanzan bulos e infunden sospechas contra todo lo católico y, si los hechos no confirmar sus teorías, se prescinden de los hechos y se refuerza la teoría. Lo mismo da decir que el anillo papal cuesta millones de euros, que el pontífice calza zapatos de Prada o que el Vaticano es el mayor accionista en el tráfico de armas. Poco importa que todo sea una formidable patraña siempre que haya oídos dispuestos a escucharlas y lenguas destructivas prontas a propagarlas. Que la verdad no estropee un buen titular, sobre todo si ese titular nos muestra fotos trucadas como la del Papa haciendo el saludo nazi o a algún monseñor empuñando un rifle de largo alcance.

Cada cinco minutos muere un cristiano a causa de su fe, cada año el número de sus víctimas asciende a 105.000; se estima que durante el siglo XX hubo casi cuarenta millones de mártires por proclamar la fe en Cristo. Pero nadie habla de ello.

Mientras lees este post, millones de sacerdotes, religiosos, misioneros y voluntarios católicos atienden hospitales, hospicios, asilos de ancianos, escuelas y universidades. Llevan la palabra de Dios, atienden a enfermos, acogen a los refugiados, llevan alimentos y sanan a leprosos, afectados de la malaria o el sida, dan consuelo a los ancianos en los últimos años de su vida; recorren el mundo casi sin alforja ni equipaje, se aventuran en zonas de conflicto y son blanco fácil para los señores de la guerra, los intolerantes religiosos o la hostilidad atea y laicista. Pero nadie habla de ello.

Cada día se repite miles de veces el acompañamiento a los que viven solos y desahuciados, el consuelo a viudas y huérfanos, se conforta con los sacramentos a los que el pan del mundo no les alimenta lo suficiente; se lleva la esperanza a los que ya nada les queda de ella, se acoge al inmigrante y se reparten sopas calientes a los sin techo. Pero nadie habla de ello.

Los enemigos de la fe saben que el creyente con pedigrí no deja que su mano izquierda sepa lo que ha hecho su derecha. Huye de las fotos, rechaza el protagonismo de las noticias. Sabe que cuando cosen una herida de guerra, enseñan a leer o ponen vacunas, no hay una cámara cerca para fotografiar el momento.

Cada año se producen en el mundo cientos de miles de muertos a causa de los errores médicos. Conocemos casos de aviones que se estrellan, vehículos a los que les falla los frenos o se les gripa el motor, motocicletas que causan accidentes y muertos, máquinas que amputan brazos y puentes que se caen, pero a nadie pierde la fe en la industria aeronáutica, en la General Motors o en los fabricantes de tecnología industrial. Entre la población de pederastas, violadores y asesinos en serie, habrá cirujanos, abogados o relojeros, pero, como es razonable, por el mal ejemplo de esos individuos a nadie se le ocurre perder la fe en la medicina, el derecho o los relojes suizos.

Los cristianos honestos son seres entregados y humildes. No han recibido el premio Nóbel, ni sus fotos ni sus nombres salen ni saldrán nunca en los periódicos. No les persigue una corte de fotógrafos de prensa, maquilladores y aduladores profesionales que ponen la alfombra bajo sus pies por donde quiera que pisan. No hay nadie que les diga cómo tienen que sonreír o cómo mentir con elegancia ante las preguntas comprometidas. Sus vidas y sus obras nadie las llevará a la pantalla. Ellos oran y laboran en silencio mientras encomiendan a Dios el alma de los amigos y de los enemigos mientras zurcen ropa gastada, podan las rosas o cocinan a fuego lento un puchero de verduras y de amor.

Los buenos cristianos nunca serán noticia; sólo lo son los que con sus malos ejemplos enfangan el buen nombre de los seguidores de Jesús. Con esa cruz también tenemos que cargar. Desde el día de Pentecostés en que los discípulos salieron por los caminos de la tierra de dos en dos, justos y pecadores debemos transitar juntos, aunque el sudor y el sacrificio de los justos muchas veces no da para pagar el salario de los pecadores.






jueves, 13 de diciembre de 2012

Los ateos se aburren en Navidad




              Leí hace algún tiempo que un grupo de ateos estadounidenses se quejó a las autoridades porque se aburrían en Navidad. El mismo hastío debe de postrarles en un rincón del sofá los domingos por ser el día del Señor, la Semana Santa y cualquier otra fecha de guardar. Ese tedio estéril es probable que les tenga agarrados al mando de la tele en cada ocasión en que el calendario les ponga delante el espejo de Dios y les recuerde el carácter perecedero de la condición humana, y que la certeza de que la muerte nos espera más pronto que tarde a la orilla del camino, es una forma de  descubrir que el ateísmo es, en sí mismo, una gran derrota.

            Pero cuando estos ateos pelmas se cansan de juguetear con el control remoto, empuñan el matasuegras para dar la serenata a los cristianos con la cantinela de que los iconos y las tradiciones religiosas les resultan ofensivas. En muchos colegios se han descolgado  las tallas de santos y de la Virgen de sus peanas, se han prohibido los belenes y nadie canta villancicos o se disfraza de Papá Noel. Los ateos aburridos y ofendidos quieren una Navidad sin belén, una música sin ruido, sin guirnaldas, luces ni niños Jesús. Una Navidad sin Navidad, neutra, muda, despojada de su carácter religioso; una estampa que sea una foto fija que sólo enseñe un trineo surcando un mar de nieve que viene de ninguna parte y se dirige a ningún sitio.

            Montar un pesebre en un espacio público, colgar de un web institucional una réplica de un cuadro de María, nombrar a Dios desde un tribuna parlamentaria, es hacer sonar los tambores de guerra para que acuda en zafarrancho de combate la división Panzer del laicismo feroz que muchas veces logra que su pataleta de inmensa minoría prevalezca sobre la voluntad de la mayoría. Cada vez es mayor el número de centros educativos sin árboles navideños, aulas sin crucifijo y Nochebuenas sin zambomba ni pandereta.

            Esos mismos que consideran un ataque a su sensibilidad las misas en las capillas universitarias, la asignatura de religión y los pasos de la Semana Santa, son los mismos que se ponen fanfarrones cuando los creyentes somos los ofendidos ante una exposición de “arte” blasfemo, cuando quieren mandar a un obispo a la cárcel por predicar las verdades del evangelio, o les entrar urticaria cuando la Conferencia episcopal recuerda a los católicos que no es lo mismo votar por los que defienden la vida que a aquellos que la aplastan.

            Lo ofensivo es rodear a los peregrinos en las Jornada Mundiales de la Juventud, escupirles y golpearles sólo porque pisaban las mismas calles que ellos. Lo ofensivo son las carrozas del Orgullo gay que parodian groseramente la liturgia y la indumentaria católicas. Lo ofensivo es ver las contorsiones de una “drag queen” pasada de carnes y de alcohol imitando a una bailarina de barra americana al que sólo le cubre  sus vergüenzas un tanga más delgado que un hilo dental. Lo ofensivo es que se gaste el dinero de los creyente para hacer millonarios a los matarifes de las clínicas abortistas, en pagar el sueldo de los políticos de la hoz y el martillo que quieren segar la yerba y algo más a todo lo que huela a Iglesia.

            Así que yo me voy a hacer el belén y ensayar villancicos para la Nochebuena, y si a algún ateo no le gusta que coja el mando de su tele y se ponga a adorar la caja tonta. Porque  cada uno es libre de escoger al Dios al que quiere servir.
            



martes, 11 de diciembre de 2012

La mitad más uno



          En Inglaterra se ha montado un buen pollo a cuenta de que las mujeres sean ordenadas o no como obispas de la Iglesia anglicana. Parece ser que los clérigos que cortan el bacalao en esa institución ya habían puesto a enfriar el champán y tenían apalabrada la fiesta de celebración cuando el voto en contra de los fieles de a pie les chafó el jolgorio.

            Cuando se quiere cambiar la doctrina por la mitad más uno de los votos, siempre habrá quien saque el espejo del evangelio para afear las máscaras del modernismo con los que quieren disfrazar la teología de la cruz con las modas de cada época. Cuando Cristo reunía a los discípulos, lo hacía para instruirlos y para que luego pudieran ir, de dos en dos, pateando los caminos y aspirando el polvo de las aldeas llevando intacto el depósito de la fe que les confió. No les pidió que, a mano alzada, votaran si el divorcio debería ser pecado, si se debía caer en la tentación con alegría y sin remordimiento, o si los bienaventurados en lugar de los pobres de espíritu y los limpios de corazón, debían ser los que promueven el aborto, los que matan por compasión o los que se forran con los negocios del sexo. Jesús daba el mensaje y no admitía componendas. Dejó dicho que los cielos y la tierra pasarían –tiempos y modas-, pero no sus palabras, el manual de instrucciones de obligado cumplimiento que debe cumplir a rajatabla cualquier cristiano con pedigrí.

            Una fe que no se toma a sí mismo en serie cuando se deja engatusar por el viento de los siglos y que flirtea una y otra vez con las voces que le gritan que se adapte al signo de los siglos, es una fe que no mana del evangelio. Las confesiones protestantes han ido aguando el caldo del cristianismo a base de rebajarlo con doctrinas heréticas hasta convertido en una aguachirle y una sopa boba que a nada sabe y nada alimenta al espíritu. Es una fe que ha dejado de ser vocacional para convertirse en funcionarial.

            La Iglesia católica es la que sigue remando en contra del viento, la que es abucheada, perseguida, ridiculizada por los mismos que se llaman abanderados del progreso. Ella nada puede cambiar de la esencia evangélica sin traicionar al cristianismo, porque es una simple depositaria del tesoro que le fue confiado. Los mandamientos no tienen fecha de caducidad, aunque muchos de ellos ya han sido abolidos por la autoridad terrena. Y mientras la Iglesia siga predicando lo mismo ahora que hace dos mil años, tendremos la seguridad de que, aunque no reciba el aplauso de la crítica y del público, tampoco habrá traicionado a Cristo.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Cuando el Búmeran te alcanza






              Después de permanecer varios días en el hospital, me entristece saber que ha vuelto a ocurrir. Y ya ha pasado muchas otras veces. He tecleado la dirección de un blog al que seguía desde hace tiempo y, al otro lado de la pantalla, un mensaje fatídico me informa que esa bitácora ha sido cancelada.

            Lo más probable es que el autor del sitio se cansara de escribir. Puede que se le agotaran las ideas o las palabras, que le acuciara la impaciencia, que le desarmara la falta de resultados, que le sobreviniese una enfermedad o que el vértigo de la derrota le hiciera hundirse en el silencio; quizás le desarmó el hastío de verse, como el Bautista, predicando en el desierto. De oír sólo el eco de su propia voz que, como un búmeran, regresara al lugar de partida desde donde fue lanzado porque no halló por el camino un sitio en el que fuera acogido y diera fruto.

            El desánimo es el peor compañero de viaje con el que se puede compartir la tarjeta de embarque cuando uno emprende una aventura. Y sí, dar testimonio de la fe es un deporte de alto riesgo, un lanzarse al vacío con el arnés pendiendo de un hilo y la mochila cargada de piedras. El bloguero católico es un romántico sin cura al que le hierve la sangre por llevar el nombre de Jesús a todas las aldeas de la tierra, ya estén a la vuelta de la esquina, ya se encuentre perdida en los rincones más remotos del Amazonas o en las entrañas heladas del Ártico.

            Escribir un post sobre la fe es repicar una campana con la esperanza de que su redoble atraiga la atención de un público que necesita, muy a pesar suyo, refrescarse el alma con el agua pura del Evangelio. Pero ese acto de escribir es una pasión solitaria a la que se entregan los idealistas en busca de una respuesta. Por desgracia, ese gesto del evangelizador es, en ocasiones, un timbre que suena detrás de una puerta al que nadie acude a responder.

            Porque el ser humano es un animal sociológico. Vivimos con otros, gracias a otros y pensando y haciendo las cosas por otros y para otros. El zapatero, el carpintero o el sastre no sabrían de su oficio si antes otros no se lo hubieran enseñado. El catedrático fue antes profesor, mucho antes alumno y, el comienzo de sus días, un niño analfabeto que balbuceaba sin sentido. El trayecto que le llevó desde la ignorancia infantil a la cátedra universitaria estuvo sembrado de puertos de montaña y lugares de paso donde otros le fueron instruyendo. Aprendemos con la esperanza de que nuestros conocimientos sirvan a otros; cocinamos para otros, recibimos los sacramentos por medio de otros, para vivir necesitamos la calefacción, la electricidad o el agua que otros han transformado en fuente de vida. El ingenio humano ha logrado diseñar un fórmula uno porque antes otros pioneros, primero, inventaron la rueda, luego el carro, más tarde un tercero se le ocurrió añadirle una carrocería, después colocarle un motor y alimentarlo con combustible. Cuando alguien, sea en el campo que sea, logra colocar la última pieza que remata una obra, es porque delante de él infinidad de manos y voluntades se han gastado y han envejecido entregados a esa tarea construyendo sueños ladrillo a ladrillo.


            Nadie escribe para sí mismo. Nadie es lo suficientemente narcisista para vivir contemplándose el ombligo mientras a su paso se desbordan los ríos, se estremece la tierra o el hambre y la guerra se llevan por delante a pueblos enteros. El escritor –incluso el más humilde de los blogueros- necesita de otros, de su aplauso y de su crítica: es el despertador ruidoso que le saca de la cama y la adrenalina que le espolea el ánimo cuando está por los suelos. Lo que menos le conviene es el silencio, que es ese gas dulce que te van entonteciendo hasta retirarte de la circulación, un asesino mudo que va aniquilando a su paso cualquier rastro de vida, cualquier soplo vital sin dejar huellas, volcar los jarrones o hacer añicos la porcelana china.

            Cuando el Señor nos advirtió que hasta de la última palabra tendríamos que dar cuenta, sabía de lo que hablaba. También de nuestros silencios deberemos responder. Porque a veces hablamos cuando tenemos que callar y callamos cuando deberíamos haber hablado. Una palabra puede acariciar pero también matar; un mal consejo puede desgraciar una vida o hacer descarrilar un tren. Pero el silencio puede hacer que un amor se marchite o que un bloguero pierda la fe.

            Demóstenes prefería las palabras que salvan a las que gustan. Horacio advirtió que la palabra dicha no sabe volverse atrás, y Kipling sentenció que ellas son la más potente droga utilizada por la humanidad, porque sirven para amar  y para odiar, para sortear muro y cavar zanjas, para el abrazo y para la pelea.

            No estoy de acuerdo con Confucio cuando dijo que el silencio es un amigo que jamás traicionada. Miles Davis escribió que ese mismo silencio es más fuerte que un ruido. Y, en efecto, cuando callamos en el momento en que es más necesaria que nunca nuestra voz, actuamos como cómplices necesarios de los que cierran blogs o hacen callar, de una pedrada, el canto de un ruiseñor.

            Yo doy un paso al frente y me declaro culpable. Culpable de mis silencios y de mis olvidos, de no haber sabido pronunciar a tiempo una palabra de consuelo, de dar una palmada amistosa, de emitir un comentario afectuoso, una invitación a seguir adelante ante el esfuerzo del corredor de fondo que está a punto de coronar una cima y las piernas le tiemblan y la fatiga le hace desfallecer, y al que sólo un grito de ánimo puede salvarle de morir en la orilla antes de cruzar la meta.

            Corren malos tiempos para la fe. El mundo está de fiesta y el cristiano es ese pájaro de mal agüero al que nadie invita a la feria de las vanidades. Esta modernidad pervertida y pervertidora  hoy se entretiene más que nunca deslumbrada por las luces cegadoras del vino y las rosas, de la carcajada frívola y el licor de garrafa. Este botellón lo organiza el mismo anfitrión eterno que un día quiso ser igual que Dios, y que reina ahora sobre los corazones de tantos que han expropiado el valle de lágrimas y han instalado en su lugar un chiringuito donde hacen negocio las multinacionales del sexo, los carteles de la droga y los precursores de la cultura de la muerte. Es un rastro inmenso de charlatanes de feria que nos venden la mercancía envenenada que pregonan los lanzadores de chismes y calumnias que un día tras otro se asoman a las pantallas de la televisión, de los que se proclaman nuevos mesías y quieren quitar la Navidad y desterrar al Niño Jesús.

            Por todo ello hoy, más que nunca, hacen falta blogueros que denuncien que ese baile frenético al que se ha entregado el hombre tiene los días contados, que después de la fiesta viene la resaca, que tras la orgía hay que pagar la factura y recoger los platos rotos. Hacen falta blogueros como hacen falta profetas que nos hagan ver que el güisqui no es tan inofensivo como el agua, que siembren de palabras el camino para que los que regresen de los paraísos artificiales no se pierdan, que sus reflexiones sean como las migajas de pan que riegan los senderos para que reconozcamos el camino correcto oculto entre las hojas muertas o enterrados en el barro fresco.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Palancas y Desiertos



San Agustín escribió que quien salva un alma, asegura su propia salvación. Arquímedes pedía una palanca para mover el mundo; los creyentes de hoy necesitamos recitar un millón de avemarías para conmover el ánimo de un solo pecador.

            Todos tenemos un impenitente de cabecera, un alma particularmente querida por la que pedimos con esfuerzo redoblado por el padre alcohólico, el hijo que se gasta el sueldo y consume la salud y destruye la paz de los que le rodean a causa de los estragos del juego, el sexo o la droga, el amigo blasfemo que escupe sobre el santo nombre de Dios. Por ellos rezamos novenas, ofrecemos misas o multiplicamos ayunos y penitencias.

            Pero, a veces, esa tarea se presenta como un echar andar siempre cuesta arriba, sin llanuras donde repose nuestros pies exhaustos ni puertos de avituallamiento; sin que sople viento favorable que te empuje, aunque sea un poquito. Antes al contrario, el caminar del evangelizador –profesional o vocacional como los blogueros- es un trabajo sufrido, gris, de pequeñas recompensas y grandes desiertos, de pocos aplausos y mucho bregar en el escenario del mundo con un público difícil más dispuesto al rechazo y al tomatazo que a los vítores y al hosanna.

            El que se ha encontrado con Cristo se acaba enamorando de Él.  Y el que le ha hallado y le ama, ya no puede hacer otra cosa que darlo a conocer, pregonarlo por las plazas y caminos, gritarlo a los cuatro vientos. Pero vender la historia de Jesús a los que creen haber encontrado el Edén entre las quimeras del mundo, es una aventura de alto riesgo. Antes que a los pobres de espíritu y a los limpios de corazón, la gente moderna prefiere al que mejor se sube a la pasarela, a la estrella del pop, al más habilidoso con el balón o al que mayores intereses nos reporta. Los nuevos héroes no son los santos o los poetas, sino los futbolistas, los actores de cine, los que acumulan más amantes  o los que ocupan más portadas, los que tienen la cartera más abultada o la mansión más grande.

            Los ojos de la sociedad están puestos hacia donde apuntan los potentes reflectores que colocan sobre el primer plano del escenario a quien mete más goles, lleva más público a los conciertos o cuentan con más seguidores en las redes sociales. En casi todos los casos, son personajes que no llevan vidas modelos o que de sus comportamientos visibles dudosamente podríamos sacar provecho moral alguno.

            En la sombra, lejos de la algarabía trompetera del que más entradas vende o más éxitos ha colocado en las vistas de los números uno, los cristianos seguimos ofreciendo lo mismo al mismo precio que hace dos mil años –lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis-, porque la buena nueva de Cristo es un elixir sin fecha de caducidad.

            El valor de un alma ganada para el cielo no tiene precio de mercado, es un tesoro manufacturado en vasijas de barro. Aquellos que hemos decidido dar un paso al frente y mantener alzada la cruz de Cristo, debemos esforzarnos en mantenerla viva, como rompeolas para cuando, de vuelta de la felicidad pasajera de las glorias del mundo, hallemos en la orilla a cuantos náufragos iniciaron el camino de vuelta después de sentirse estafados por la seguridades del sexo, el dinero o la fama. Cuando esos robinsones inicien el trayecto de regreso porque en la tierra no hallaron el paraíso que les había sido prometido, ahí debemos estar los creyentes, con un poco de sopa caliente espiritual y la manta de la fe con la que guarecer a cuantos se perdieron por la carretera. Por uno solo que salvemos, todo nuestro esfuerzo habrá valido la pena.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Profetas de Bolsillo


Yo no sé si el fin del mundo está cerca o no, como proclaman los adictos al acabóse, los seguidores de las profecías mayas o los lunáticos de la catástrofe final, esos que almacenan en los sótanos y desvanes de sus casas toneladas de comida, generadores eléctricos y trajes y escafandras de astronauta para sobrevivir a la lluvia ácida, los gases tóxicos o a un posible diluvio de meteoritos que dejen la tierra como los desiertos de la luna.

            Fue Jesús el  que nos advirtió que, cielo y tierra pasarán pero no sus palabras, y en algunas de ellas nos avisó que únicamente el Padre sabe el día y la hora en que el Creador ponga el punto y final a este valle de lágrimas.

            El mundo anda revuelto y el hombre moderno, a medida que ha llenado su vida de cachivaches, su cartera de tarjetas de crédito y su tiempo de sexo, alcohol y drogas, ha vaciado su corazón de Dios. Es el ladrillo hueco que, al golpearlo, nos alerta que detrás de él hay un universo oculto por donde el individuo quiere escapar de su conciencia. Por eso el hombre actual se divierte pero no es feliz, inventa pero no cree, juega pero no medita, y es, en definitiva, un ser profundamente insatisfecho.

            Por ello tienen tanto éxito los predicadores del fin del mundo, los filósofos de bolsillo, los chamanes, echadores de cartas, videntes televisivos, los profetas del apocalipsis, las sectas que lavan el cerebro y trajinan la billetera, los vendedores de crecepelo espiritual de la Nueva Era, donde tienen cabida cualquier creencia y su contraria, si uno está lo suficientemente desesperado para comprar una moto sin ruedas y una espiritualidad sin Dios. Tengamos cuidado de dónde nos metemos, porque además de perder la fe nos van a robar la cartera.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

El síndrome de la mano ajena


Aunque parezca una fábula sacada de la fantasía de un escritor de ciencia ficción, el síndrome de la mano ajena es una de esas tantas enfermedades raras descrita y catalogada por la literatura médica.

            Los pacientes que desarrollan esta patología lo hacen después de sufrir infartos cerebrales o haberse sometido a cirugías radicales para tratar epilepsias, entre otras causas. La mano que se comporta como si tuviera voluntad propia es la contraria al lado donde se ha producido la lesión. Así, los enfermos que sufran esta anomalía describen casos como que, mientras una mano trata de abrochar la camisa, la otra la desabotona; al mismo tiempo que una intenta girar el picaporte de la puerta, la otra lo impide; mientras la lógica mete los platos en el fregadero, la autónoma los saca; la primera trata de escribir, la rebelde retirar el papel una y otra vez.

            Esto de la mano revoltosa me recuerdo a nosotros, los cristianos, que formamos el cuerpo místico de Cristo, cuando muchas veces los miembros rebeldes de esa unidad en Jesús salvador ponemos en aprietos al cuerpo entero. Los malos ejemplos de sacerdotes y laicos, las doctrinas heréticas, el catecismo a medida donde cada católico rechaza o acepta los mandamientos según le vaya en la plaza, el evangelio según Pepe o según Paco, los casos de abusos sexuales, los malos ejemplos y los malos consejos de quienes deberíamos ser espejo, modelo y guía para quienes se preguntan sobre la verdad del cristianismo, son esos dedos ingobernables que nos cierran la puerta cuando el resto de nuestra voluntad se empeña en traspasarla.

            En la barca de Pedro seguiremos gobernando el timón aunque tengamos que mantener atada a esa mano intrusa que se empeña se arrojar a los remeros por la borda o en inundar la nave de agua.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Rosas en el Desierto


Fue Platón el que dijo que nada cuanto sucede es malo para el hombre bueno. Pero nunca  es fácil tragar la píldora de una tragedia personal, la pérdida de un ser querido o la renuncia a un sueño. Encendemos la televisión o sintonizamos la radio, y nos enteramos que en Guatemala un terremoto se ha llevado por delante a cientos de personas, que muchas miles de  ellas han perdido sus casas y enseres y que a multitud  no les queda tiempo para llorar a sus muertos mientras tratan de rescatar de los escombros a los vivos. En Madrid, algunas madres se enteraron por la prensa que no volverían a ver a sus hijas después de haberse despedido de las chicas con un beso distraído antes de que las muchachas acudieran a una fiesta que se convirtió en la tumba que se las llevó por delante.

            Por todas partes resuenan los ecos del dolor del mundo: esposas asesinadas por sus maridos, accidentes de tráfico que acaban bruscamente su trayecto en el fondo de un barranco o estampando a un grupo de borrachos de fin de semana contra un poste eléctrico, inundaciones que se llevan por delante tierras, ganados y personas, enfermedades que se presentan sin previo aviso para acabar destruyendo a mucha gente buena.

            En esta tesitura amarga es difícil esbozar una sonrisa en medio del aguacero, levantar la solapa del abrigo y avanzar bajo la lluvia no temiendo al temporal o al río que se nos ha subido hasta la cintura. Quizás únicamente ha sobrevivido un solo árbol en medio del bosque calcinado, ha permanecido de pie una estatua de la Virgen tras el paso de Atila de un huracán, o se ha quedado una niña, jugando entre las ruinas, ajena al resto del mundo que se afana por enterrar a sus muertos o reconstruir sus casas.

            Pero alguien tiene que mantener la sonrisa en medio del caos, ser una rosa fresca en medio de un desierto de ceniza, quedarse de voluntario para inventariar los destrozos, llevar el chocolate caliente al que se refugiado en el albergue, dar consuelo a la viuda y al huérfano, y vender la esperanza de un futuro mejor al que se sostiene en la cuerda floja, al que tiene un ánimo suicida y que acabaría en el acantilado si no encontrase a alguien que le recordase  que, ahora más que nunca, necesita de un abrazo y de una plegaria.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Cuando no hay respuesta



“Yo era creyente, y un día dejé de hablarle (a Dios), y esperé a que dijera algo, y no hubo respuesta”.

            Esta cita de un muchacho recogida en el blog “Siete en familia”, sitúa a la perfección la postura de la juventud actual frente al misterio de la eternidad. Y, al contrario de lo que podría parecer, el análisis que hace el joven me parece que lo coloca en el centro de la cuestión.

            “Dejé de hablarle y ya no tuve respuesta de Dios”. El Señor se quedó fuera de cobertura, se cerraron los puentes y la conversación dejó de ser un camino de doble sentido, un viaje de ida y vuelta donde la fe habla y Dios responde, para acabar embarrancando en un vía muerta.

            El muchacho que expresa la idea de que Dios dejó de comunicarse, reconoce que  el primero que rompió de cuajo la línea de comunicación fue él. Le cerró las persianas y siguió viviendo como si no existiera, y el Señor, que ama profundamente la libertad humana, se dio por enterado, dejó de ofrecerse y se echó a un lado.

            Recuerdo que una vez sentí que Dios me pedía que fuera valiente e hiciera algo que me costaba horrores acometer. Me decía a mí mismo: “Dios mío, eso que me pides me da vergüenza, me cuesta mucho hacerlo”. E inmediatamente me escuché decir: “Puesto que te cuesta tanto hacerlo, más agradable le será”. Con mis propias palabras Dios respondió al miedo que me paralizaba. Ésas son las recompensas de establecer un diálogo continuo con Él, que no necesitamos de experiencias extraordinarias ni de visiones místicas para vernos transformados lentamente, que el creador siempre responde a nuestras inquietudes, que aparta la maleza del camino para que avancemos más seguros. Si prestamos atención, le escucharemos, porque Dios siempre habla, pero lo hace muy bajito, no es de los que dan puñetazos en la mesa ni de los que se hacen entender dando voces. Debemos primero hacer el silencio exterior para oírle en la soledad interior.

            Las personas que pierden el contacto con Dios desde el momento en que dejan de hablarle, sin embargo se refugian en infinidad de cachivaches tecnológicos para que el ruido y la algarabía pongan sordina en la voz de su conciencia. Emepetrés, bluetooth, el wasap, internet, la comunicación vía móvil, el escuchar a tope la emisora favorita, hacer botellón o asistir a macroconciertos, son los sucedáneos engañosos con lo que los jóvenes de hoy tratan de hacer callar la voz de Dios que siempre está dispuesto a devolvernos el saludo en cuanto desenchufemos tanto cacharro ruidoso y hagamos un poco de silencio en nuestra conciencia.

martes, 6 de noviembre de 2012

Juicio a Dios



Recientemente leí la historia de una escritora camboyana que se convirtió al catolicismo siguiendo un proceso curioso. Durante la dictadura de los jemeres rojos, fue deportada a campos de trabajo y, mientras estuvo retenida en esa granja de terror, su marido y sus padres fueron fusilados.

            El odio la fue consumiendo mientras, siguiendo la doctrina budista, buscó un objetivo mental sobre el que proyectar toda su ira y todo su resentimiento. Esa diana de odio la dibujó sobre el “Dios de los cristianos”. Durante mucho tiempo dirigió su cólera y su rabia por la deportación y la muerte de sus seres queridos hacia la imagen de Cristo. Pero, a fuerza de vivir odiando a ese Dios cristiano, fue al mismo tiempo familiarizándose con él, entablando un diálogo, haciéndolo más cercano, hasta que se fue enamorando poco a poco a Él. Ya exiliada en Francia, Claire Ly acabó bautizándose.

            Hay mucha gente que odia a Dios. En 1918, las autoridades soviéticas le hicieron un juicio a Dios, y, tras cinco horas, fue condenado a muerte y fusilado por un pelotón que descargó sus armas apuntando al cielo. Es una de tantas formas de encono visceral carente de lógica porque, casi siempre, procede de personas que se llaman a sí misma ateas. Internet está lleno de ateos rabiosos que hacen de su negación de Dios una nueva forma de idolatría: colocan al Señor en el centro del cuadrilátero y sobre su memoria se fajan como boxeadores marrulleros que le golpean una y otra vez, incapaces de parar, incapaces tampoco de noquearle.

            Pero Dios no se esconde, ni siquiera para estos personajes. Él se deja partir la cara de buena gana si, después de tanta rabia y tanta persecución inútil, logra que algunos o muchos de ellos tienen la honestidad de declararse perdedores en su batalla contra la fe, y se atrevan a proclaman, como Juliano, el apóstata: “Me venciste, Galileo”.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Hacen falta Cantores



De acuerdo con Maite López, “hoy hacen falta cantores. Que nos acompañen en el camino de la vida. Que hagan nuestra fe más viva, más intensa y colorida. Que pongan voz a lo que Dios siente, piensa, desea y quiere. Que ofrezcan palabras y música a nuestras dudas, ilusiones y convicciones, bajones y subidones en la fe. Hombres y mujeres humildes, capaces de componer canciones nuevas y recrear las de siempre. Que nos recuerden que hemos sido creados para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. Que acompañen tanto nuestros silencios como la oración personal y comunitaria. Que proclamen sin complejos la grandeza de Dios, la dignidad de cada ser humano, la bondad de lo creado, la fuerza de la comunidad, la hermosura de la Iglesia. Que lo hagan sin complejos. Artistas de Dios que nos recuerden que la fe y el amor son gratuitos; que gratis hemos de dar lo que gratis hemos recibido. Que alienten nuestra esperanza y desentierren las utopías. Que nos ofrezcan palabras cuando no las encontramos para dialogar con el Señor o para hablar de Él cuando lo necesitamos. Que presten su voz a Dios para que os remueva las entrañas, nos ablande, nos abrace. Profetas y artistas que sean denuncia y anuncio. Que nos atraigan con la belleza que procede de Dios y nos conduzcan hasta Él”.

            Sí, hacen falta profetas –añado yo- que no teman ser una voz que predique en el desierto. Que vayan abriendo camino para Aquél que viene detrás, que manden parar la orquesta y silenciar los pasos en la pista de baile, para recordarle al hombre que cualquier tesoro perece y toda gloria se esfuma. Profetas que sean trompetas que derriben los muros de las fortalezas de barro, que sean la mosca cojonera que impida a los soberbios dormir su siesta de autocomplacencia. Que sea la mano alzada en señal de protesta ante una asamblea de voluntades unánimes. Que digan verdades como puños ante los que proclamen la muerte del Evangelio, cristianos que no flirteen con lo políticamente correcto.

            Hacen faltas creyentes de una pieza, que suelten una carcajada y no desenvainen la espada, que sonrían siempre, aunque duela, que esperen aunque ya no parezca haber esperanza. Hacen falta manos para llevar la cruz de Cristo, hombros fuertes y fatiga generosa sobre los que hacer descansar el peso de tantos dolores viejos. Hacen falta manos que acaricien la piel lastimada, que enjuguen las lágrimas de tantos ojos llorosos. Hacen falta oídos para escuchar a los que no tienen voz y se han quedado sin palabras. Hacen falta labios para besar y bendecir, bocas que pronuncien palabras de ánimo y frases de consuelo. Hace falta limpiar el espejo del Evangelio, para que sean una ventana abierta por donde penetre la luz que redime y la cruz que salva.


martes, 23 de octubre de 2012

Dios en el Armario




El santo Job lo perdió todo y, aun así, siguió confiando en Dios. Perdió sus rebaños y sus cosechas, perdió sus criados y sus propiedades, perdió después a sus diez hijos, y, finalmente, perdió la salud. Se convirtió en un paria contagioso del que todo el mundo huía, su carne enferma era motivo de afrenta y de horror, pero, aun así, siguió confiando en Dios. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea Dios”. El escudo de la fe le protegió de la mayor de las adversidades que el hombre pueda sufrir y a la que pueda sobrevivir: la muerte de los seres más queridos. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea Dios”.
            Durante el siglo XX, cuarenta millones de cristianos murieron a causa de su fe. Las revoluciones ateas de México, España, la Unión Soviética, Vietnam y China sembraron de cadáveres cristianos los campos y los camposantos de la tierra. Su único delito fue proclamar a Jesús resucitado. “La sangre de los cristianos es la semilla de la iglesia”, decía Tertuliano.
            A finales del siglo XIX, después de casi trescientos años de persecución religiosa contra los creyentes en Japón, se permitió en Nagasaki construir una iglesia para los visitantes occidentales. Los sacerdotes se asombraron de ver a cristianos japoneses bajando en tropel de las colinas; eran Kakure, o cripto-cristianos, cristianos ocultos que se habían reunido en secreto durante 240 años. Por desgracia, el culto sin el apoyo de una Biblia o libro de liturgia se había cobrado sin embargo un peaje: su fe había sobrevivido como una curiosa ensalada de catolicismo, budismo, animismo y sintoísmo (la religión tradicional japonesa, panteísta). Los Kakure dejaron de creer en  la Trinidad, y con el paso de los años las palabras latinas de la Misa se habían convertido en una especie de lenguaje macarrónico: Ave Maria gratia plena Dominus tecum benedicta, se había transformado en Ame Maria karassa binno domisu terikobintsu, y nadie tenía la más ligera idea de lo que estos sonidos significaban. Los creyentes veneraban al “dios del armario”, fardos de ropa envueltos alrededor de medallones cristianos y estatuas que eran disimulados en un repero, troquelado como un santuario budista. Alrededor de 30.000 de estos cristianos Kakure aún dan culto, y 80 iglesias caseras continúan la tradición del “Dios del armario”.
            San Pablo Miki y compañeros mártires del Japón, encabezan el recuerdo de los cristianos japoneses y extranjeros que fueron testigos de Jesucristo, escribiendo con su sangre, la historia de la sangrienta persecución que se desató en aquel país  entre 1596 y 1889.
            Los sogunes expulsaron a los jesuitas, exigieron que todos los cristianos renunciaran a su fe y se registraran como budistas. Los desobedientes fueron acosados. Los japoneses que accedían a pisar el fumie -un icono de la Virgen y el Niño- eran declarados apóstatas y liberados. Quienes rehusaban eran acorralados y asesinados en el intento de exterminio más exitoso en la historia de la iglesia. Algunos fueron obligados a andar forzados a caminar hacia el interior del mar, otros fueron atados y abandonados en balsas; incluso otros fueron colgados boca abajo sobre una fosa llena de cadáveres y excrementos.
            Un museo en la ciudad de Nagasaki alberga restos de la época de los mártires cristianos japoneses (en uno de las terribles ironías de la historia, la segunda bomba atómica explotó encima de la catedral de Nagasaki, diezmando la mayor comunidad de cristianos en Japón y destruyó la iglesia más grande. Las nubes ocultaron el objetivo previsto, Kokura, forzando a la tripulación del bombardero a dirigirse a Nagasaki).
            En los años 50, un joven escritor llamado Shusaku Endo solía visitar ese museo y permanecer solo mirando fijamente una vitrina en particular, que contenía un fumie verdadero del siglo XVII, un retrato de la Virgen y el Niño grabado en bronce. Endo estaba especialmente impresionado por las pequeñas marcas negras que desfiguraban el bronce; éstas, aprendió, estaban hechas por dedos humanos, las huellas dejadas por miles de cristianos que habían pisado el fumie.
            El fumie obsesionaba a Endo. ¿Lo habría pisado yo? se preguntaba. ¿Qué sintió esta gente mientras apostataban? ¿Qué clase de gente eran? Los libros de historia católica registraban sólo los bravos, gloriosos mártires, no los cobardes que abandonaron la fe. Fueron doblemente malditos: primero por el silencio de Dios en el momento de la tortura y después por el silencio de la historia. Endo prometió, que contaría la historia de los apóstatas y a través de novelas como “Silencio” y “El samurai”, ha cumplido esta promesa.
            Un sacerdote portugués, el padre Camilo Constanzo, había evangelizado los lugares fue quemado vivo en 1622 en una playa de Tabira. Se dice que estando ardiendo, la multitud continuaba oyéndolo cantar el Laudate. Después gritó cinco veces: “Él es santo entre todos los santos”, y entregó el alma.
           
            El cardenal vietnamita Van Thuan, durante los trece años que estuvo preso, sobrevivió dando interminables paseos por su celda rezando el rosario; celebraba misa, acostado en su cama, con dos gotas de vino y unas minúsculas partículas. Los videntes de Fátima eran niños de corta edad cuando la Virgen se les apareció. Las autoridades ateas portuguesas le amenazaron que si no se desdecían de haber visto a nuestra Señora, serían quemados vivos. Los adolescentes de Medjugorje  fueron sometidos a pruebas duras mientras caían en éxtasis para tratar de descubrir el fraude de los que se les acusaba. En todos los casos, la fuerza de la fe es más poderosa que la furia del odio o que el refinamiento de las torturas más crueles.

            La fe es un arma misteriosa que cambia el corazón de los criminales, sostiene el dolor de la madre que ha perdido a un hijo y mantiene viva la esperanza en los que lo han perdido todo y les parece que no queda nada por lo que luchar. Muchos suicidas se han vuelto atrás ante el rezo de una oración o por la evocación del nombre de Jesús. Esa fe no se amilana ante el hacha del verdugo o la amenaza de la muerte; no se destruye ni con el llanto ni con las lágrimas. Junto al martirio de sangre, hay otro más solapado e incruento que empuja al cristiano a renunciar a su fe: es el martirio que el ateísmo práctico y sociológico ha colado de matute en las leyes y en las conciencias de las sociedades modernas donde rezar y proclamarse creyentes es ir a contrapelo, algo intolerante que debe quedar reducido a la soledad de capillas y hogares. Que no nos empujen a hacer como los Kakure, a guardar a Dios en el armario.

viernes, 19 de octubre de 2012

Más Cristianismo

El padre Zanotti es un cura como los de antes: de rosario, sotana y confesión de sol a sol. Pero no es de esos sacerdotes  que parecen que tengan como un millón de años, la cadera rota y apenas se mantenga sobre el altar. Zanotti es un sacerdote joven que antes fue cantante y vivía una existencia cómoda y disipada en los cabarets de París y Montecarlo. Viéndolo podría pasar por uno de esos actores secundarios que, con su talento natural, salvan una escena desafortunada o reflotan una película mediocre.

            Pero, al contrario de lo que afirma el nuevo ateísmo militante, ni el dinero ni la fama producen felicidad vitalicia. A lo más que puede aspirar es a alquilar parcelas de ella a precio de oro, a lograr pequeñas conquistas del placer efímero que es como un muñeco que se pone en marcha girando una cuerda que llega a su tope muy rápidamente.

            El padre Zanotti llegó a su parroquia de Marsella como último recurso antes de que el vendaval de la secularización de una sociedad donde sólo el uno por ciento de los católicos eran practicantes, obligara a cerrar el templo, suspender el culto y quizás vender el inmueble a especuladores urbanísticos. Cuando se hizo cargo de la nueva parroquia, a las misas apenas asistían medio centenar de fieles, el edificio se deterioraba y la liturgia católica corría peligro de no volverse a celebrar en una zona de fuerte implantación musulmana.

            El nuevo cura entendió enseguida que la respuesta no era menos cristianismo, sino más cristianismo. Abrió las puertas de la iglesia durante todo el día, implantó la misa y el rosario diario, se paseó por las calles del barrio tomando café con todos, saludando a todos, escuchando a todos, católicos, musulmanes y agnósticos, y a todos les dio razones de la fe en Cristo. El resultado no puede ser más extraordinario. Ver su historia aquí.

                Para los que piensan que la Iglesia sólo logrará sobrevivir adaptándose a los nuevos tiempos y asumiendo las modernidades sacrílegas del mundo materialista que ya han hecho suyas muchas confesiones protestantes, los que quieren que prediquen una evangelio diluido y desfigurado, con resurrección y sin cruz, olvidan, en primer lugar, que esa misma Iglesia es la única que ha sobrevivido a dos mil años de bregar con todo tipo de enemigos muy peligrosos, desde fuera y desde dentro, desde las herejías a los imperios que quisieron y creyeron destruirla. Se olvidan también que ese cristianismo de rebajas cuyo testigo quieren pasárselo a la institución católica, lejos de atraer fieles, los ahuyenta. La misma Iglesia flirteó en Brasil durante décadas con la teología de la liberación, y  lo único que consiguió fue vaciar los templos de católicos y reclutarlos para las denominaciones pentecostales.

                Nada hay en la doctrina tradicional de la Iglesia que pueda ser cambiado sin traicionar a Cristo, porque, como Él ya lo proclamó. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Esa convicción es la que ha permitido al padre Zanotti salvar una parroquia que iba a ser demolida.