miércoles, 4 de julio de 2012

Actores Secundarios

Nos duele reconocerlo, pero casi todos pasamos por la vida como simples actores secundarios. Ninguna calle llevará nuestro nombre, ni se levantarán monumentos a nuestra memoria, ni en la placa de algún pabellón deportivo ni en la denominación de ninguna escuela se acordarán de nosotros.
            De secundario actuó Eduard G. Robinson en Perdición, fascinado por desenmascarar en los burladeros de las estadísticas al accidentado tramposo o al homicida que espera salirse de rositas. Secundarios inolvidables fueron la criada siniestra de Rebeca, la señorita Rottenmayer, el pianista de Casablanca y la criada negra de Lo que el viento se llevó. Heidi no sería tan entrañable sin el abuelo y Blanquita, Blancanieves sin los siete enanitos, ni el Rey León sin Timón y Pumba. Secundarios memorables fueron Walter Brenan en Río Bravo¸ Peter Lorre en El Halcón Maltés o Harvey Keitel interpretando a malos malísimos en Taxi Driver y Pulp Fiction, o Dorothy Malone haciendo de mujer fatal en El Sueño Eterno.
Secundarios irrepetibles fueron Sancho Panza, el doctor Watson y todas las madrastas de todos los cuentos. Nadie mejor que ellos los que pronuncian la frase lapidatoria, los que descargan los revólveres a quemarropa, los que aplastan la colilla contra la suela del zapatos o los que escupen el tabaco mascado frente a un fuego en una caravana que va camino del Oeste.
Secundarios providenciales fueron las Marías que encontraron el sepulcro vacío, los apóstoles que caminaron junto a Jesús, Zaqueo, la hija de Jairo y los leprosos sanos. Secundarios imprescindibles de la vida son la segunda bailarina en la compañía de ballet, la profesora sustituta, la señora de la limpieza y el que arregla los enchufes. Casi todos somos secundarios en el decorado gigantesco de la vida. Formamos parte del atrezzo silencioso e invisible que dota de fuerza a la historia, hace creíble la trama y permite avanzar al argumento.
Muy pocos son los elegidos para representar el papel de la figura del pop, el crack futbolístico o la primera estrella cinematográfica. Pero ninguno de ellos logrará subirse al escenario, marcará el gol que haga felices a una nación entera o interpretar un papel glorioso, si detrás no le acompaña un ejército de figurantes, maquilladores, utilleros, carpinteros y peluqueros que sostienen el peso del tablao donde se desarrolla el vodevil de la vida y donde viven, aman y mueren los protagonistas que recogerán todos los aplausos y suscitarán todos los bravos.
Levantemos los corazones, mantengamos la cabeza alta, el espíritu limpio y la mirada puesta en Cristo redentor, y vivamos felices sabiendo que con nuestras pequeñas obras de actores de reparto estamos dignificando la tierra que hemos heredado.

sábado, 30 de junio de 2012

Un Cura Feliz


Padre Ignacio Muguiño, S.J.
La gente anda enferma de tristeza. A ratos sueñan con alegrías de plata, y mendigan el ritmo de una música epiléptica en la jarana, o el trance horrendo de la droga… Pero, poco a poco, las luces de todas sus fiestas se van apagando, y el pobre corazón vuelve a quedarse más solo, más poeta y más triste en penas. A los cristianos tristes habría que esconderlos hasta que se les pase. A los curas aproblemados y gruñones, sólo el sueño eterno les amansa. Unos y otros arruinan el cristianismo de las Bienaventuranzas, la fiesta que se lleva en el corazón, la que nunca se acaba…, la que llamamos Dios. ¡Cristo es un Dios alegre!
Hoy a nosotros, los pequeños Cristos rotos, nos queda hacer el nuevo milagro de la alegría en este mundo de tristes; llevar siempre un Magnificat en los labios, heredado de la Madre, y un Dios de la alegría bien metido en el corazón.
¡Cura! Sin salud, sin plata, sin coche ni móvil, sin viajes, sin aplausos, sin juergas, sin amores tapados, ni espacios escondidos…, llevas una orquesta de alegría en tu corazón, de pie, mirando las estrellas desde donde te habla Dios. Contagias a tu paso esa felicidad que Dios te da y que no se compra en la tierra.
Cura de Dios, vas curando a tu paso las penas de todos, y la gente vuelve a creer en los milagros. Todos quieren saber el secreto de tu alegría, y cómo se llama tu Dios. Los enfermos sonríen tanto, que hacen reír a los sanos; los pobres buscan a alguien con quien compartir su pequeño pan; los ricos empiezan a arruinarse entre risas como aquel Zaqueo, y las víctimas echan el brazo al hombro del verdugo y le hacen llorar al llamarle amigo, y así hasta mil…, a quienes les recuerdas mucho al Dios campesino de Nazaret.
A este paso por la tierra le llaman calle de la amargura. Quisiera cambiar este nombre. Cristo recorrió ese camino muy golpeado, pero nadie vio odio en su mirada, ni amargura, ni rencor. Iba mudo, pensando que los que le pegaban eras sus hermanos pequeños, en un mal día, cuando mataban al que más los quería.
Cura bueno de todos los días, que a la mañana coges a Cristo en las manos y lo miras con ternura, y al caer la tarde llevas alguna cruz; no la arrastres entre gemidos, haz de tu cruz una guitarra y llévala en volandas, y echa al vuelo tu mejor chiste en forma de cantar y suspirar… Aunque la voz te salga un poco quebrada, harás reír a los que, con su cruz, te siguen.
Y si alguno, desde la acera, te dice con burla: «Eres un olvidado de Dios», arráncate con tu mejor canto, que Dios te hará dentro del alma la segunda voz. Al oír la voz de los dos, saldrá al camino la mujer única de tu vida, a darte en un beso volado el cariño que tiene una madre por su cachorro, Santa María.

miércoles, 27 de junio de 2012

El Trigo y la Cizaña


«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: “Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?” El les contestó: “Algún enemigo ha hecho esto.” Dícenle los siervos: “¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?” Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero."»” Mateo 13,24-30

            Antoñita acaba de cumplir ochenta años. A su edad, ya le han practicado varias operaciones, sufrido algunas caídas y se le han roto un par de costillas. Además de la artrosis, las debilidades de la memoria y los achaques de la vejez, Antoñita cree que goza de buena salud.
            Por eso cada tarde de jueves, de octubre a junio, reúne a su grupo de niños para darles la catequesis. Así lleva cuarenta años, dando gratis lo que recibió gratis, sin un mal ejemplo, sin un grito, sin una falsa sonrisa.
            Nunca ha venido ningún periodista a contar sobre su apostolado silencioso, ni su nombre ha salido en los periódicos ni hay nadie que la tenga por heroína. Como tampoco ocupan titulares los cientos de miles de sacerdotes honestos, los millones de voluntarios católicos que entregan su tiempo a lo largo del mundo asistiendo ancianos, visitando enfermos, repartiendo desayunos y almuerzos en los comedores sociales, la multitud inmensa de almas consagradas que gastan la vida haciendo el bien. Como las religiosas de clausura que oran y laboran por la conversión de los corazones, para que las manos dejen de empuñar las armas y los hijos pródigos regresen a  casa. Como los miles de misioneros perdidos en aldeas remotas dando de comer al hambriento y vistiendo al desnudo, enseñando al que no sabe o consolando al afligido.
Conocí a un hombre en mi parroquia que viajó cincuenta kilómetros para devolver cinco euros a un camarero que se había equivocado con el cambio, y a una viuda que siempre hace un plato de comida de más por si algún pobre llama a la puerta. De entre los cristianos católicos comprometidos abunda la gente buena, las personas sencillas y honradas que nunca se saltan las colas, pagan los impuestos y devuelven lo prestado, que ni mienten ni engañan, que no es ni envidiosa ni alcahueta.
Junto a ellos, creciendo junto al trigo, florece también la cizaña. Como el arzobispo que lleva años consagrando impuramente mientras mantenía relaciones con una amiga de la infancia. Mucho se ha hablado de los sacerdotes pederastas; nos llegan noticias de alguno otro que sisó el dinero del cepillo y otros que fueron sorprendidos haciendo circular pornografía con menores. En estos casos siempre hay mil y un periodistas para coger la parte por el todo y elevar la anécdota a la categoría de juicio general contra la Iglesia y todos los católicos. El pecado de unos pocos debemos  sufrirlos todos los demás, las Antoñitas, los misioneros y las religiosas de todo el mundo. La debilidad y la miseria de un puñado de pecadores nos señalan al resto, nos anatemizan y nos condenan por igual. Ése es el salario del creyente honrado: poner nuestro hombro para ayudar a Cristo a cargar el peso de la miseria humana, seamos trigo o cizaña.
Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.» El respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga. Mateo 13,26-43

martes, 8 de mayo de 2012

Pecadores sin Rostro


Estoy convencido de que todos los católicos comprometidos, ya sea por costumbre o esporádicamente, en nuestras plegarias hemos orado por los pecadores. Rezamos por nuestros hijos que se han alejado de las prácticas cristianas y renunciado a los sacramentos; pedimos porque sabemos que en sus vidas la idea de Dios les resulta antipática. Oramos por nuestros otros conocidos y amigos que, negando a Cristo, rinden culto a los dioses del dinero, del placer, del sexo; por los que están encadenados al juego, a la pornografía, por los que laten con un corazón de granito, por los que se han dejado deslumbrar por las luces fascinadoras de la vida moderna, por los que derrochan sus fortunas en amontonar artilugios, en el ir al día de la moda, del último cacharro tecnológico, en enredarse siempre en pasiones inútiles, o en engordar las billeteras de echadores de cartas o adivinos televisivos.
           
            Pensamos en ellos y pronunciamos sus nombres, reconocemos sus rostros y sabemos de sus vidas. Pero a veces el pecador es anónimo. No sabemos quiénes son, dónde viven, cuál es la atadura que les atrapan. Desconocemos dónde y cuándo Dios les liberará de las cadenas que les encarcelan, pero estamos seguros que, de una manera paciente y misteriosa. Jesús está tocando sus corazones, transformando sus conciencias y, animado por la tenacidad de nuestros rezos, sus almas esclavas serán lavadas con la sangre de Cristo.
           
            De vez en cuando nos llegan noticias de conversiones espectaculares. En Estado Unidos en los últimos meses, dos activistas gays fueron tocados por Jesús y ahora predican contra la vida homosexual a la que tanto sirvieron. Silvestre Stalone regresó a la Iglesia recientemente. En Méjico, Eduardo Verastegui, después de tenerlo todo, Cristo le hizo ver que no poseía nada sin Él, y ahora usa de su talento artístico para llevar el Evangelio a otros muchos.

            Pero la conversión de los famosos son los chispazos cegadores que nos hacen volver la vista al cielo atraídos por los fogonazos y los colores que estallan en el cielo. Pero los convertidos anónimos, los que un día son rescatados de sus cárceles espirituales y se reintegran a la fe y a la Iglesia, son infinitamente mayores en número. Ésa es la respuesta a nuestras oraciones, es la manera que el Señor nos dice. “Ese hijo por el que llevas orando tanto tiempo, aunque no le conocías, ya está en casa”. Por eso, sin tregua, sin cansancio, sin dejarnos abatir por las dificultades, sigamos diciendo en nuestras plegarias: “Jesús, Buen Pastor, sigue trayéndonos a las ovejas que se han perdido”.

martes, 1 de mayo de 2012

Orgullosamente Católico


La mayoría de nosotros habremos contemplado alguna vez la construcción de grandes maquetas levantadas con fichas de dominó. Durante semanas, quizás meses, extraordinarios artistas de lo minúsculo logran alzar grandes imperios a escalas: ciudadelas, torreones, pórticos, basílicas, estadios, catedrales. Esas colosales construcciones son dispuestas en un ensamblaje milimétrico a través de invisibles vasos comunicantes conectados con la pericia de un cirujano. Finalmente, con la pieza que remata la obra, un pequeño impulso no más violento que una caricia desata una fuerza de cataclismo que avanza como un víbora asesina que escala alturas, desciende rampas, describe círculos, atraviesa vías de tren, penetra por boca de túneles y ríos de juguete demoliendo torres y basílicas, desbordando lagunas, liberando una cólera infernal que, en pocos segundos, convierte en un montón de chatarra sin vida una fabulosa obra de ingeniería.


Decía Einstein que era más fácil descomponer un átomo que deshacer un prejuicio. Quizás por eso a lo largo de los siglos los difamadores siempre han acumulado éxito y fortuna. En el siglo XIX, Mary Monk escribió la autobiografía Awful Disclosures en la que contaba su pasado de novicia en un convento canadiense. Allí las religiosas servían de esclavas sexuales para obispos y cardenales. Salvo los títulos de Mark Twain, nadie logró nunca vender tantos ejemplares en aquella época, superando las 300.000 copias. Pero tuvo que ser su madre la que la desenmascaró: Mary Monk ni profesó como monja ni siquiera fue nunca católica.


Ya Tertuliano en el siglo II lo advertía: Si el Tíber baja caudaloso o el Nilo muy bajo, si el cielo permanece cerrado o la Tierra se mueve, si llegan la peste o la hambruna, el grito es: “Los cristianos al león!”. Desde entonces los seguidores de Jesús eran culpables de todo: se volvían incestuosos, organizaban orgías, incendiaban ciudades, practicaban canibalismo. Insistiendo en la Antigua Roma, con la Damnatio Memorae se condenaba el recuerdo de una persona tras su fallecimiento. Se proscribía su memoria, se borraba su nombre en las inscripciones de piedra y su estirpe era obligada a cambiar los apellidos familiares. En este siglo XXI también tenemos ilustres calumniadores anticatólicos, se llamen Dan Brawn o Pepe Rodríguez.


Cada día que pasa la promesa de Cristo que nada ni nadie podrí destruir su Iglesia se hace más cierta. A lo largo de estos más de dos mil años esa Iglesia ha sobrevivido al Imperio Romano, a las invasiones bárbaras, ha resistido al martirio de los primeros siglos, de la Revolución Francesa, de la Mexicana, de la Guerra Civil española, a los cuatro mil sacerdotes asesinados por los nazis; ha sabido sobreponerse al pecado de muchos de sus miembros, a la división del protestantismo, al comunismo, al telón de acero, al materialismo, al relativismo moral, y ha dejado en ridículo a Napoleón, Nietche, Voltaire, Marx, Stalin, Hitler, y a los miles de pepitos grillos que a cada dos por tres nos anuncian la agonía de la Iglesia.

Los enemigos de la Iglesia buscan nuestra apostasía. Pero no debemos olvidar que, por cada ejemplo de corrupción católica que nos citen, podremos contestarles con mil testimonios de santidad. Si nos citan al Papa Borgia o Pablo IV, nosotros podremos recordarles a San Pedro, Juan XXIII o Juan Pablo II. Si nos hablan de las docenas de curas pederastas que nos avergüenzan a todos, les remitiremos al medio millón de sacerdotes ejemplares repartidos por el mundo, fieles a la Iglesia, al evangelio, a Cristo. Si nos hablan de algunas leyendas negras católicas, les mostraremos las muchas realidades blancas católicas. Podremos hablarles de los miles de misioneros aventurados en selvas remotas, en aldeas devastadas por la guerra, la enfermedad y el hambre, de hombres y mujeres que lo dejaron todo, que son los primeros en llegar y los últimos en marcharse, perdidos en ciudades sin nombre estragadas por las epidemias y el asesinato, y que llegan para levantar escuelas, llevar alimento y medicinas, mostrar consuelo y repartir cariño a miles de seres mutilados por la metralla, estragados por el sida o consumidos por la lepra y la disentería. Hombres y mujeres al cuidado de hospicios y ambulatorios, asilos y leproserías, cárceles y hospitales, curando llegas, cerrando hemorragias, apretando una mano cuando ya nadie la acaricia. Podremos hablarles de la inmensa contribución de la Iglesia al arte y la cultura: las cientos de maravillas góticas que siembran Europa, las obras de tantos genios de la pintura, de la escultura, de la música, de la arquitectura, de la poesía y de la mística; genios todos ellos que sin el impulso de la fe católica serían menos genios y menos artistas. Podremos hablarles de la tradición y de la historia. Nuestros pueblos tendrían que reinventarse de nuevo si les despojáramos de sus fiestas patronales; nuestros padres, hermanos e hijos no serían reconocibles si no les llamáramos por sus nombres de pila cristiana. Si de un manotazo quitáramos todo lo que el mundo le debe a la Iglesia, tendríamos que comenzar de nuevo la historia, porque hasta todos aquellos que vivieron como oposición a la fe habrían perdido buena parte de su razón vital.


Nuestra fe católica ha dado figuras como San Francisco de Asís, la Madre Teresa o el Padre Pío; místicos como Santa Teresa o San Juan de la Cruz; filósofos como San Agustín y Sto. Tomás de Aquino; artistas como Miguel Ángel o Leonardo; arquitectos como Gaudí, Herrera o Bernini; las misas de Mozart, el Mesías de Hendel o el Ave María de Schubert.


Debemos comportarnos orgullosamente católicos, bajo esa fe inconmovible que no desfallece ni ante la muerte de un hijo, que no desmaya por la devastación del terremoto o la furia del huracán, que no se acobarda ante la difamación. Hablo de esa fe dotada de una fuerza extraordinaria que sujeta nuestra mano y que impide que golpeemos a quien nos arremete, gritar a quien nos chilla, ofender a quien nos insulta; que produce el milagro que convierte los panes y los peces cuando el salario no llega y las fuerzas se agotan, cuando la esperanza parece inútil; la que nos impide traicionar a la esposa, abandonar a los hijos o saltar al precipicio.


Los católicos ya hemos cedido mucho terreno ante el feminismo, el marxismo, el proabortismo, los lobbys gays, el relativismo moral, los esclavos-pensadores del progresismo y la eutanasia. Nos han robado a Dios de las escuelas, de la televisión, de las leyes de la sociedad. Eso no les parece suficiente. También quieren arrebatárnoslo de nuestros hogares, de nuestras conciencias, de nuestras vidas. Pero, aunque sólo nos quede un palmo de trinchera que defender, aquí estaremos, con Cristo, con María, con la Iglesia, hasta el último aliento.

sábado, 28 de abril de 2012

Jesús nos hace señas


Me estuviste llamando, Señor, durante mucho tiempo, y yo no te escuché. Me llamabas en la alegría y en la fiesta, en la risa contagiosa de las celebraciones y en las noches de vino y rosas. Me hacías señas para que me fijara en Ti mientras chocaba mi copa de champán en el brindis o me subía al atrio de los triunfadores para recibir los aplausos y los premios. Pero yo no te escuchaba.

Confundido entre la multitud, te ibas moviendo de un lado a otro como un chiquillo revoltoso llamando la atención de sus papás, pero yo no te escuchaba. Permitiste que tuviera un buen empleo, un gran salario; pude comprar un coche de lujo, una casa de lujo, una vida de lujo. Me casé y me colmaste con el regalo de los hijos. Ahora sé que, en medio de tanto júbilo, en algún lugar de mi corazón tu voz, como un rumor de confesionario, tu voz se ahogaba por hacerse oír: “¿No me vas a dar las gracias…? Nada de esto tendrías sin mi bendición”.


Pero yo seguía sin escucharte, y Tú, como el buen padre que espera siempre el regreso del hijo descarriado, seguías llamando a mi puerta con la dulzura de los que aman. Golpeabas los cristales de mi ventana con piedritas tímidas, quizás pidiendo perdón por si interrumpías mi cena, y yo no te escuchaba.

Me llamabas con las manos desnudas de los pobres que aporreaban mi puerta para suplicar un poco de la sopa que tantas veces me sobraba, y yo no te escuchaba. Me sonreías desde la tristeza del anciano que se arrastraba y al que nunca acompañé a cruzar la calle o a subirle las bolsas del supermercado hasta el pisito triste donde consumía el final de su existencia.

Me veías desde los ojos del vecino con el que me encontraba en el ascensor y al que nunca dirigí un saludo; en la mirada del niño cuya pelota caía a mis pies y que yo no devolvía para que siguiese jugando.

Todos ellos eran invisibles para mí. Nunca volví el rostro encontrarme con el suyo; siempre seguía de largo, acuciado por la prisa, con las manos hundidas en los bolsillos y tarareando alguna cancioncilla que apagara tu voz que, tenaz como una profecía, seguía llamándome. Pero yo no te escuchaba.

Me llamabas cuando, con ocasión de algún funeral, un bautizo, alguna primera comunión, me veías en la iglesia pensando en el banquete, criticando el sermón del cura, o me quedaba detrás, junto a la puerta del templo, unido al coro de los que conversan sin respeto, pero yo no te escuchaba.


Hasta que un día perdiste la paciencia conmigo. Ya no te movías de un lado a otro como el chiquillo revoltoso buscando el foco de atención. Ya no me saludabas en la cortesía frustrada del vecino, en el balón perdido del chiquillo, en la fiesta o en la condecoración. Me derribaste del caballo como a San Pablo. Perdí el trabajo y el salario de lujo, la casa y el coche de lujo, la vida de lujo. A partir de entonces fueron las mías las manos del mendigo que aporreaba las puertas de los pudientes para pedir la sopa sobrante. Entonces fui yo el que sentí la indefensión y el abandono del que no tiene quien le ayude a cruzar la calle o acarrearle las bolsas de la tienda hasta el cuartucho donde asfixia su vida. Cuando se acabó el lujo y la diversión, cuando se apagaron las luces de la fiesta y cesó la música de la orquesta, cuando se extinguieron los aplausos y me retiraron los honores, entonces fue cuando pude escucharte. 

Te abrí la puerta y allí estabas, como siempre, donde siempre, sonriéndome como el padre bueno que socorre siempre al hijo que se ha lastimado en la caída. Ahora, contigo a mi lado, en medio de la necesidad, a pesar de la pobreza –o quizás gracias a ella-, soy el hombre más rico del mundo, y no quiero que te marches nunca.

jueves, 26 de abril de 2012


El Valor de lo Insignificante

Cada uno de nosotros éramos los que íbamos a cambiar el mundo. Los que creíamos poder erradicar el hambre, parar la guerra, cobijar a los sin techo, dar de comer al hambriento y vestir al desnudo. Los que castigaríamos a criminales sin condenada y devolveríamos la dignidad a los oprimidos y la libertad a los cautivos.
Pero, quizás veinte, treinta y hasta cincuenta años después, el mundo sigue girando sobre el mismo eje torcido; el dinero y el sexo continúan sujetando los hilos que mueven los sueños de los humanos, y el hambre y la injusticia, la sangre y las lágrimas nos recuerdan que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre.
Una sola persona no podría acarrear toda el agua de un océano, derruir una montaña o leer todas las palabras que hayan sido escritas jamás. Pero esa misma persona podría ser el que coloque o culmine la primera o la última piedra de cualquier edificio colosal, el que corone una cima que otros antes no pudieron explorar o el atleta que sea el que porte el testigo y cruce la meta en una carrera de relevos.
A cada uno de nosotros a veces la vida nos desarma. Nos desnuda frente a la inmensidad del caos y nos empuja a llorar en el rincón en donde se desconsuela los ángeles que llevan heridas de plomo en sus alas. Perdemos la esperanza, nos maniata el pesimismo, parece que nada de lo que hacemos vale la pena, que nada tiene sentido y nada alcanza su fin. Dar unas monedas a un hambriento, prodigar una sonrisa, reprimir una palabra de ira o sarcasmo, dar los buenos días a quien nos vuelve la cabeza, tal vez no cambien el mundo, pero ayudan a transformarlo.
Es inútil pretender fletar un buque gigantesco con las bodegas cargadas de alimentos con los que cubrir las necesidades de pueblos enteros del tercer mundo; pero quizá con esa humilde limosna logremos saciar el hambre del pobre de la esquina más próxima. El hombre bueno se engrandece cada día con pequeños gestos, el mundo es un poco menos caótico cuando en medio de la batalla resplandece una sonrisa. Las carreras de un crío, la madre que se afana en el hogar, el conductor que nos da paso, la persona que se agacha a recogernos las cosas que se nos han caído, todos ellos nos recuerdan que Dios sigue llamando a los bienaventurados que llenarán la tierra.