martes, 21 de agosto de 2012

Acuérdate de que no eres Dios


Un hombre rico y famoso ha muerto. Hallaron su cuerpo sin vida bajo un puente en Los Ángeles. Tony Scott poseía todo lo que, a los ojos del mundo, puede tener una persona de éxito: dinero, propiedades, fama. Producía películas, se codeaba con lo mejor de Hollywood, asistía a fiestas y el público y la prensa le aclamaban jubilosamente. En una de sus fotos, aparece él calado con una gorra de béisbol y fumando un puro del tamaño de una flauta. Días de vino y rosas.
               
                Nada de eso le sirvió para enfrentarse a un cáncer inoperable; Scott decidió tomar el atajo y prefirió morir rápido bajo las piedras de un embarcadero, que dejarse consumir en una cama, lenta y heroicamente, por los estragos de la enfermedad. Dios nos da la libertad para elegir entre la agonía de Cristo y el arrebato violento de Judas.

                Memento mori es una sentencia latina que viene a significar algo así como “Recuerda que morirás”. Es una señal que, una y otra vez, a lo largo de nuestro caminar por la tierra, nos sale al paso para que tengamos presente la fragilidad de la existencia y la caducidad de la condición humana. En la historia del arte, esta expresión representa a los difuntos, el “Vanidad de vanidad, todo es vanidad” del Eclesiastés.

                Con los libros religiosos ilustrados, durante los siglos XVI y XVII apareció en Europa la pintura de bodegones, para recordarnos que el cuerpo se descompone y sólo el alma persiste. En la “pintura de vanitas” es recurrente la aparición de un cráneo y de otros símbolos que nos recuerda que todo es transitorio,  evocan la fragilidad y la expiración del paso del ser humano por la vida: flores marchitas, frutas podridas, relojes de arena, humo. Junto a estos signos de fragilidad y la presencia de la muerte que está al acecho, aparecen también instrumentos musicales, libros, pipas de fumador, como referentes del universo efímero al que se agarra el ser humano en su paso por el mundo, y que seguirán estando ahí aun después de que el individuo se haya marchado.

                Durante el Imperio Romano, cuando un general desfilaba victorioso por las calles de Roma, junto él un esclavo se encargaba de recordarle las limitaciones de la naturaleza humana para evitar que cayese en la soberbia y para que tratase a todo los que estaban por debajo con condescendencia, porque un día podría ser él el que necesitase del perdón de los poderosos:


                -“Respice pos te! Hominen te ese memento” (¡Mira tras de ti! Acuérdate de que no eres Dios):

                Esta ceremonia religiosa se llamaba El Triunfo. La apoteosis se alcanzaba con la cabalgata por la ciudad eterna donde el general victorioso era aclamado por los ciudadanos bajo una granizada de guirnaldas y adornos. Junto a los senadores y los magistrados, desfilaba el botín capturado al enemigo transportado por los legionarios que levantaban pendones  y estandartes de hasta cuatro metros de altura con  pinturas que recreaban los detalles de la victoria. Los prisioneros de mayor grado eran también llevados a hombros sobre plataformas. En medio de la procesión, un carro de oro, tirado por cuatro caballos blancos y timoneado por el esclavo que le gritaba al general:

                -“Acuérdate de que no eres Dios”.

                Julio César celebró cuatro de estos triunfos, pero ello no impidió que fuera traicionado y asesinado. Tony Scott también paseó su nombre por las avenidas del éxito, y en esos días de gloria y felicitaciones, todo parecerían ofrendas, oropeles y conquistas.



                Estos días hemos visto a los medallistas olímpicos luciendo sus galardones colgados del cuello, y parecen que han conquistado el mundo como los emperadores de la antigua Roma. Todos se rinden a sus pies, y el aplauso, el dinero y la fama son como esa lluvia de guirnaldas que cae copiosamente por donde quiera que pisan. Pasados unos años, la gloria deportiva no resiste el óxido del tiempo y esos atletas que ahora nos han arrebatado el corazón, sólo serán un par de líneas escritas en una página de la historia, y las medallas de oro y de plata, al final sólo significarán lo único que realmente son: unos aros de metal precioso olvidados en alguna vitrina del pasado.

lunes, 20 de agosto de 2012

¡Noticia Bomba!

Según los calumniadores habituales, ahora resulta que la Iglesia tiene armas. No me extrañaría que en las cocinas de la difamación donde tanto charlatán anticatólico elabora sus bombas fétidas estén a punto de lanzar la noticia de que el ejército vaticano ha lanzado sus misiles de largo alcance sobre aldeas del tercer mundo.

                La cosa tiene su gracia y ocurrió así:

                1º. Un periódico laico italiano -¡ay, laicismo, cuántas mentiras se pronuncian en tu nombre!- se hace eco de un rumor internero y publica que la Iglesia, a través del Instituto para las Obras de Religión, o lo que es lo mismo, los que se encargan de recoger lo donativos que se recogen para los pobres, es uno de los mayores accionistas de un fabricante de armas italiano.

                2º. Enseguida, a través del copia, pega y engorda de los embusteros anticlericales, un bloguero lanza a los pocos días el siguiente bulo:

                “El Banco Vaticano es el mayor accionista de la principal fábrica de armas italianas”.

                En este escalón de la intoxicación, el Vaticano pasó de ser uno de los mayores, al mayor de los accionistas, y Beretta –el productor mencionado- pasó a subir un montón de peldaños en el escalafón, y ya no era uno de los principales, sino el número uno.

                3º. Ya tenemos armado el muñeco y sólo hay que ponerlo guapo; unos cuantos kilos de exageración por aquí, otro poco del maquillaje de tergiversación por allá, y logramos que decenas de miles de páginas se hagan eco del infundio. Hasta que un diario centroamericano lanza en su primera página.
                “El Banco Vaticano es mayor accionista de armas del mundo”.

                Para ilustrar la información, aparece un cardenal empuñando un rifle balalaika del tamaño de un bazoka mientras enfoca un objetivo imaginario.

                En resumen, el proceso fue éste:

1.       La Iglesia es el mayor accionista del fabricante de armas Beretta.

2.       Beretta es el mayor fabricante de armas del mundo.

3.       La Iglesia es el principal accionista del mayor fabricante de armas del mundo.

4.       El dinero que la Iglesia poner para fabricar, vender y hacerse rico con las armas que matan a tanta gente, sale del dinero donado a los pobres.

                Pero la realidad es menos cinematográfica de lo que le gustaría a los difamadores.

1.       Beretta no es el mayor fabricante de armas del mundo.

2.       Beretta ni siquiera es el mayor fabricante de armas de Italia.

3.       Beretta sólo fabrica pequeñas pistolas.

4.       La Iglesia no tiene acciones en Beretta.

5.       La foto del cardenal con el rifle fue tomada durante una visita del monseñor al museo de la Guerra Fría. El rifle estaba descargado y ningún pobre resultó herido. Ni siquiera ningún bloguero recibió el más pequeño rasguño.

6.       Atención usuarios de facebook y otras redes: cuidado con las fotos que cuelgues. Podrían sacarte una instantánea posando con una mandíbula de dinosario en la mano, y aparecer al día siguiente el retrato en algún periódico pogre con un pie de foto que diga: “Este el el individuo que acabó con el último Plateosaurus”.

Durante años, los mismos que pusieron en las manos de la Iglesia un rifle de asalto cargado, fueron los que repitieron una y otra vez que el Vaticano vendía preservativos. Los que hace unos meses esparcieron la calumnia de que la curia fue la que secuestró y asesino a la adolescente hija de un diplomático en una orgía de sangre y sexo. Los mismos que, hará un par de años, emitieron un reportaje en una televisión británica acusando a unos sacerdotes de abusar de jóvenes indígenas en las misiones africanas. Llegaron a entrevistar a la mujer y mostrar al hijo. El religioso fue apartado de su ministerio, fue sometido a la pena de telediario habitual durante los meses que duró la investigación hasta que, -¡ay, laicismo, cuántas mentiras se cometen en tu nombre!-, hasta que, digo, las pruebas de ADN exculparon a ese sacerdote al que nadie creyó.

        En los años 93, el cardenal estadounidense Joseph Bernardin fue llevado a juicio acusado de haber abusado de un joven seminarista. Entre otras cadenas, la  CNN –otra infame cadena anticristiana- le acosó y le acusó inmisericordemente, hasta que el propio acusado reconoció que todo era mentira y que le habían pedido que culpara al cardenal.

                Einstein dijo que es más fácil descomponer un átomo que un prejuicio. La calumnia nunca sale gratis: daña tanto al que la practica como al que la sufre, deja cicatrices que jamás se cierran y son las fuentes nauseabundas de las que brotan  las leyendas negras que enfangan el buen nombre de personas, grupos e instituciones.

                En cuanto a leyendas negras, los cristianos y la Iglesia cargamos con la culpa de casi todas las que han surgido desde que Cristo anduvo por los caminos de Galilea.
                “Si el Tíber baja muy caudaloso o el Nilo muy bajo, si el cielo permanece cerrado o la Tierra se mueve, si llegan la peste o la hambruna, el grito es ‘¡Los cristianos al león!”.

                Con estas palabras Tertuliano resumía el problema de las persecuciones anticristianas. La celebración eucarística era mostrada como un asesinato ritual; por consumir las especies sagradas se decían que los creyentes eran caníbales, se les acusaba de incesto y orgías rituales. Luego vino Nerón y quiso endosarnos el muerto del incendio de Roma, y, desde entonces y a lo largo de la historia, ya no hay matanza, epidemia o guerra que no cuente con un papa como sospechoso habitual. Durante la guerra civil española, un convento madrileño estuvo a punto de ser saqueado porque se corrió el rumor de que las monjas regalaban a los niños caramelos envenenados.
                Ya sabemos que los difamadores anticatólicos hacen carrera: cualquier falacia que publiquen en contra del Papa o del clero tiene el éxito asegurado: un becario con ganas de colgarse una medalla que lanza un infundio descabellado, una solemne bobería que es contada en tono académico, una red de distribución que propaga rápidamente la calumnia viral a través de foros y webs, un copia y pega que se extiende con la rapidez de un plaga, y un coro de embusteros solidarios que hacen la ola a cualquier patraña, y ya una nueva leyenda negra ha irrumpido en la historia, de esas que son imposibles de deshacer ni lavándolas con la verdad.

                Noticias tan grotescas como éstas no pasarían de ser un mal chiste contado por un idiota si el objeto del infundio no fuera el catolicismo y el sujeto que la propaga un vulgar cristofóbico con el talento  de un fotógrafo invidente. ¿Creen ustedes que los periódicos involucrados han rectificado? ¿Cree alguien que han pedido perdón? Primero lloverá café en el campo, y para entonces ese bulo tan primitivo seguirá alimentándose en Internet con la fuerza de una epidemia.




domingo, 19 de agosto de 2012

Quédate con las Golosinas


A esa hora de la tarde, en el supermercado había media docena de clientes haciendo cola para pasar la compra por caja. En primera fila, junto a la cajera, una mujer de treinta y tantos  escarbaba en el monedero como buscando un tesoro escondido. Sentado en el asiento del carro, un niño de unos cinco años jugaba con un paquete de golosinas.

                -¿Cuánto ha dicho que me falta? –preguntó la mujer a la cajera.

                -Veintitrés euros con quince céntimos.

                La señora respiró hondo y echó un vistazo a los artículos que había ido metiendo en el carro. Tenía que decidir lo que debía dejar atrás, y eso era como tener que escoger entre lo esencial y lo básico. Eligió un paquete de cereales, unas galletas y un envase de arroz.

                La señorita retiró los productos rechazados y, cuando los iba a meter en la cesta de las devoluciones, el señor que esperaba detrás, la detuvo:

                -Espere un momento, señorita, me hacen falta esos productos. Déjemelos que yo me los llevo.

                -Muy bien, señor –dijo, y luego, dirigiéndose a la mujer del niño:

                -Aún le faltan más de dieciocho euros.

                Quitó los huevos, un paquete de pan de molde y un par de envases de zumo.

                -¿Quitando esto ya me da?

                El hombre le hizo señas que también se quedaba con la segunda remesa de cosas rechazadas.

                -Trece con treinta le faltan, señora. ¿Por qué no quita también las chuches del niño?

                -Esas nos la llevamos –dijo la cliente, y siguió quitando productos otras dos veces, pero de seis en seis.

                -Qué cabeza la mía, señorita –volvió a insistir el hombre reclamando las cosas-. También se me olvidó comprar esto; me los llevó.

                La compra se quedó en la mitad, pero aún le faltaban cincuenta céntimos.

                -No se preocupe que el medio euro lo pongo yo –respondió la cajera, malhumorada después de ver que la cola seguía alargándose.

                -¿Me puedo quedar con las chuches, mami?

                -Sí, mi cielo, nos la llevamos.

                La mujer llevaba los ojos rayados en lágrimas, pero escapó de situación tan engorrosa con una sonrisa y mucha dignidad.

                Ya había bajado las escaleras mecánicas arrastrando el carro de la compra con una mano y con la otra agarrando la del crío, cuando, desde alguna parte, oyó un sssss que la llamaba.

                -Un momentito, señora –dijo una voz de hombre-.

                Era el cliente que había acaparado los productos que la mujer no pudo pagar.

                -Todo esto es suyo, señora.

                -¿No eran cosas que le hacían falta?

                -Le pido perdón: soy un mentiroso. Verá, pocas veces tengo la ocasión de ser bueno con alguien. Si me hace el favor de aceptar estas cosas, me hará un hombre feliz. Quizás para usted eso no signifique nada, pero para mí eso es mucho.




                Esa semana, en la casa de esa familia, madre e hijo pudieron comer todos los días.

               


sábado, 18 de agosto de 2012

El Valor de las Pequeñas Cosas


Sobre la lápida medieval de una abadía inglesa se pudo leer la siguiente inscripción:

“Cuando yo era joven y libre, y mi imaginación no conocía límites, soñaba con cambiar el mundo. A medida que me fui haciendo mayor y más prudente, descubrí que el mundo no cambiaría, de modo que acorté un poco la visión y decidí solamente cambiar mi país.

“Al llegar a mi madurez, en mi último y desesperado intento, decidí convencerme en que debía cambiar sólo a mi familia, a los seres que tenía más próximos, pero, ¡ay!, tampoco ellos quisieron saber nada del asunto.

“Y ahora que me encuentro en mi lecho de muerte, de pronto me doy cuenta: Sólo con que hubiese empezado por cambiar yo mismo, con un solo ejemplo habría cambiado a mi familia.

“Y entonces, movido por la inspiración y el estímulo que ellos me ofrecían, habría sido capaz de mejorar mi país y quién sabe si incluso hubiera podido cambiar el mundo”.

En algún momento de nuestra vida, cada uno de nosotros nos vimos capaces de cambiar el mundo. Éramos los que creían poder erradicar el hambre, parar la guerra, cobijar a los sin techo, dar de comer al hambriento y vestir al desnudo. Los que castigaríamos a criminales sin condena y devolveríamos la dignidad a los oprimidos y la libertad a los cautivos.

Pero, quizás veinte, treinta y hasta cincuenta años después, el mundo sigue girando sobre el mismo eje torcido; el dinero y el sexo continúan sujetando los hilos que mueven los sueños de los humanos, y el hambre y la injusticia, la sangre y las lágrimas nos recuerdan que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre.

Una sola persona no podría acarrear toda el agua de un océano, derruir una montaña o leer todas las palabras que hayan sido escritas jamás. Pero esa misma individuo podría ser el que coloque o culmine la primera o la última piedra de cualquier edificio colosal, el que corone una cima que otros antes no pudieron abordar o el atleta que sea el que porte el testigo y cruce la meta en una carrera de relevos.

A cada uno de nosotros a veces la vida nos desarma. Nos desnuda frente a la inmensidad del caos y nos empuja a llorar en el rincón en donde se desconsuela los ángeles que llevan heridas de plomo en sus alas. Perdemos la esperanza, nos maniata el pesimismo, parece que nada de lo que hacemos vale la pena, que nada tiene sentido y nada alcanza su fin. Dar unas monedas a un hambriento, prodigar una sonrisa, reprimir una palabra de ira o sarcasmo, dar los buenos días a quien nos vuelve la cabeza, tal vez no cambien el mundo, pero ayudan a transformarlo.

Es inútil pretender fletar un buque gigantesco con las bodegas cargadas de alimentos con los que cubrir las necesidades de pueblos enteros del tercer mundo; pero quizá con una humilde limosna logremos saciar el hambre del pobre de la esquina más próxima. El hombre bueno se engrandece cada día con pequeños gestos, el mundo es un poco menos caótico cuando en medio de la batalla resplandece una sonrisa. Las carreras de un crío, la madre que se afana en el hogar, el conductor que nos da paso, la persona que se agacha a recogernos las cosas que se nos han caído, todos ellos nos recuerdan que Dios sigue llamando a los bienaventurados que llenarán la tierra.



viernes, 17 de agosto de 2012

No soy Digno

Mi amigo Suso conoció al Negro René una mañana de domingo cuando salía de misa de doce. René, el mendigo, estaba sentado en el suelo junto a una muleta y un carro de la compra lleno de cachivaches inservibles. Llevaba la mano, huesuda y arrugada, extendida pidiendo limosna. A cada persona que pasaba junto a él le soltaba una especie de conjuro, le echasen unas monedas o siguieran de largo.

                Cuando salía de la iglesia, Suso lo divisó desde el interior del templo e hizo amago de abrir la cartera y soltar alguna calderilla, pero quien le acompañaba le paró en seco:
                -Lo más probable es que se gaste los cuartos en vino peleón, o en drogas, o sabe Dios en qué porquerías. Tiene cara de borrachuzo.

                La mano de René seguía alargada hacia mi amigo cuando éste se cruzó con él. Suso trató de evitar el encuentro con la mirada del limosnero mientras pasaba junto a él, pero las palabras que pronunció el pobre le alcanzaron por detrás, y le golpearon como una pedrada mientras Suso se alejaba de la iglesia.
                -Que el Señor acompañe tu camino y bendiga a ti y a los tuyos.

                Mientras se apresuraba hacia una cafetería próxima a tomar el aperitivo, Suso se sintió más pordiosero que el necesitado de la puerta. No quiso arrojarle unos céntimos de los muchos que le sobraban en su billetera llena; no se atrevió a mirarle, no se paró a escucharle y, a cambio, el indigente le dio mucho más a Suso que si mi amigo le hubiese regalado la cartera.

                En el bar, mientras saboreaba el bocadillo caliente y el café con leche, Suso se sintió como un granuja. Había juzgado y condenado al vagabundo, le había declarado borracho y drogata, y le había penado a no tener derecho a recibir una limosna ni a obsequiarle una mirada. ¿Quién era él para decidir que mentía, que su indigencia era inventada, que se estaba aprovechando de la buena fe de la gente? ¿En nombre de quién se sentía con esa superioridad moral?

                Suso llamó al camarero y le pidió que le preparase para llevar otro desayuno como el que acababa de tomar. Cuando mi amigo llegó al portón de la iglesia, el Negro René se había puesto en pie y se marchaba. Con un brazo se apoyaba en la muleta y, con la otra, media tullida, empujaba el carro.

                René era alto como un pívot de baloncesto. No era negro, sino mulato y tenía los ojos verdes. Una arruga profunda como un navajazo le surcaba la cara. Sólo le quedaba en la dentadura dos o tres dientes sanos y poseía una mirada de sabio y una sonrisa pacífica.

                -Vengo a invitarle a comer algo, si usted me lo acepta –le dijo Suso mientras le ofrecía la comida.
                -Con mucho gusto, mi “helmano”.

                Se sentaron en un banco de piedra bajo la sombra de un fresno. Mientras engullía despacio el bocata y daba pequeños tragos al café con leche, el Negro René le contó que había recalado en la ciudad embarcado de polizonte en un barco cubano. Hablaba, con el acento sabrosón del Caribe, de cómo en otro tiempo fue un pianista famoso que tocaba en clubes nocturnos de la noche habanera hasta que un accidente le dejó impedido.

                Justo a la mitad del bocadillo y cuando quedaba media bebida por consumir, paró de comer, tapó el vaso y cubrió la comida con el papel de aluminio.

                -¿No te gusta? –dijo Suso.

                -Delicioso, mi helmano. Lo que sobra es para llevárselo a la Tania.

                Tres manzanas más abajo, en el soportal de una casona deshabitada, la Tania yacía sobre un lecho de cartones y un montón de porquería. Parecía haber salido de alguna cueva prehistórica con sus ropas raídas, su cara tiznada y el cabello de esparto. Menuda como un chihuahua, se tomó el resto del almuerzo con dos o tres dentelladas.

                Allí los dejó mi amigo Suso a los dos, saboreando un pan con chorizo y una alegría serena de los que se sirven de lo poco para armar una fiesta tremenda.

                Con el paso del tiempo, Suso descubrió que el Negro René poseía un don para sacar lo mejor de la gente. Era un caso único entre un millón. Se ganaba unos cuartos trabajando de gorrilla en los aparcamientos, recuperaba envases o metales de los contenedores de basura o se ofrecía a llevar la compra a las viejitas en su taxi-carro.

                Bendecía a todos, le dieran dinero o no, y esa bendición desarmaba más corazones y aflojaba más billeteras que un bate de béisbol. Al final de la tarde, repartía las propinas con otros indigentes.

                Suso le buscaba por donde René paraba y le llevaba cosas como alguna pieza de ropa, unas latas, algún dinerillo. Se hicieron amigos.

                -Oye, René –le dijo una vez-, he visto que cuando empieza la misa te levantas de la puerta donde pides y sigues la ceremonia de pie desde la entrada. Nunca te acercas a comulgar.

                -Ay, viejo, mi pena es que no estoy bautizado.

                -Cuánto lo siento. ¿No te gustaría ser cristiano?

                -Burro viejo no aprende inglés. Este negro es muy bruto y muy pecador y no estoy seguro de que el de arriba me perdone.

                -¿No conoces la historia del buen ladrón?

                -La he oído en Semana Santa.

                -Aquel tipo fue un granuja hasta el último día, se arrepintió y el Señor se lo llevó al cielo. ¿No te gustaría encontrarte algún día con él?

                -Claro.

                -San Agustín dijo que el Dios que te creó sin ti no puede salvarte sin ti. Tienes que echarle una mano a Jesús para que él pueda ayudarte.

                René se quedó con la mirada perdida.

                -Para bautizarme tendría que ir a catequesis y aprender mucho. Mi cabeza ya no da p´a tanto alboroto, mi helmano.

                Suso no se desanimó:

                -¿Tú sabías, René, que yo pasé por el seminario y que hasta cursé tres años de teología? Tuve profesores muy sabios, aprendí latín y filosofía, leí a san Agustín y a santo Tomás de Aquino. Pero, ¿sabes cuál es el maestro con el que más he aprendido a ser mejor persona.

                -Yo qué sé, viejo.

                -Tú. La más profunda sabiduría la he recibido de ti. Tu casa es un carro de supermercado, pero parece las minas del rey Salomón, todos los días lo llenas y todos los días lo vacías repartiéndolo a los otros.

                Para René aquellas palabras no significaban gran cosa porque guardaba un secreto.

                -Eso no lo dirías si supieras que una vez maté a un hombre.

                -Vaya –dijo Suso-, eso sí que es gordo.

                -El tipo intentó violar a mi madre y yo se lo impedí. Ésa es una carga muy grande que llevo sobre mis hombros.

                Pero Suso le convenció. Habló con el párroco, le dio la catequesis y se encargó de todo. Le compró un traje elegante, le llevó a la peluquería y, cuando pasó completo por el túnel de lavado, pareció surgir por el otro lado del tiempo diez años más joven y más hermoso que un dandy de color.

                El Sábado de Gloria se sentó en primera fila en la iglesia.

                -¿Sabes, Suso, cuál es mi parte favorita de la misa? Ésa en la que los fieles contestamos: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

                -Fueron las palabras del centurión pidiendo la cura para un criado enfermo.

                -El Señor va a entrar hoy en mi casa, y ahora estoy preparado para recibirle.

                -Di que sí, y Cristo con mucho gusto querrá que le invites.

                Después del bautizo, René recibió la primera comunión. Luego todos se reunieron en la casa parroquial para celebrar un banquete. Allí estaban sus amigos: mendigos, benefactores y catequistas. René se arrancó a cantar a capela hermosos boleros cubanos, y todos lloraron de emoción cuando el Negro interpretó Lágrimas Negras.

                En el cielo aquel día debió de haber una fiesta increíble por aquel pecador arrepentido, pero abajo, bajo el techo de aquella parroquia, se celebró otra muy ruidosa en la que corrió el vino, las sonrisas y las lágrimas, los besos y los abrazos, y al  acabar todos se fueron a casa felices porque un negro bondadoso por fin podía llamarse hijo de Dios.



jueves, 16 de agosto de 2012

Gracias, Maestro


La primera vez que oí aquella música fue en 1982. Entonces yo era un joven insatisfecho y rebelde que estaba cansado de vagabundear sin rumbo buscando un paraíso humano que no existía. Arrastraba mucho barro en las sandalias y un montón de piedras en la mochila.

                Con todo ese lastre que me aplastaba, lo que yo no podía sospechar  es que había emprendido un camino muy largo y había andando en círculos para encontrarme al final en el mismo punto de partida: yo sólo buscaba a Dios.

                A rastras, alguien logró llevarme a la iglesia y que asistiera a una misa diez años después de la última que oí. Si cierro los ojos y trato de verme a mí mismo cómo yo me sentía esa mañana de domingo, me contemplo sentado en el banco, con la cabeza hundida por el peso de una montaña colosal y derramando un montón de lágrimas que caían copiosamente como si dentro de mí brotase un manantial oculto e imparable cuyo cauce arrastraba muchas penas y muchas luchas.

                Fue entonces cuando escuché por primera vez El Pescador de Hombres:

Tú has venido a la orilla,
No has buscado ni a sabios y a ricos,
Tan sólo quieres que yo te siga.


                Ese ritmo cadencioso de vals –un, dos, tres; un, dos, tres- iba meciendo mi espíritu herido desde la base a la cresta de la ola en un vaivén purificante y adormecedor que traía consuelo y esperanza para un guerrero cansado como yo me sentía. Me vi de pronto surcando el mar de Galilea, subido y bajado suavemente por una marea de esperanza nueva y renacida.




Señor, me has mirado a los ojos,
sonriendo has dicho mi nombre,
en la arena he dejado mi barca,

junto a Ti buscaré otro mar.

            Esa mañana de domingo se cayeron las costras que me convertían en un ciego funcional, y pude contemplar que allí estaba Jesús mirándome a los ojos y pronunciando mi nombre. Durante años yo había recalado en mares tormentosos, en peceras de tiburones, había naufragado una y mil veces hasta que, aquel día, Cristo me tendía su mano y me invitaba a faenar en otros mares.

            Desde entonces las canciones de Cesáreo Garabain me han acompañado siempre en el camino de la fe. El maestro vasco compuso casi quinientos temas religiosos que todos hemos cantando. Su música ha conquistado a millones de creyentes, católicos y protestantes; se han editado versiones en numerosos idiomas, logró un Disco de Oro y fue nombrado por Juan Pablo II capellán de su Santidad. Hasta que un cáncer acabó con él a los cincuenta y cinco años.

            A través de sus letras, el maestro y el sacerdote nos hizo abrir los ojos para que viésemos la sonrisa de Jesús mientras pronunciaba nuestro nombre. Nos hizo ver que Cristo nos necesita para amar porque la vida es un largo caminar por el desierto bajo el sol, que somos trigo del mismo sembrador, triturados bajo la piedra del dolor, que somos en la tierra la Iglesia peregrina que es semilla de otro reino. Nos hizo fijarnos en María como ejemplo de todas las madres que no se cansan nunca de esperar el regreso de los hijos ausentes, y que nos veríamos juntos en la misa porque es una fiesta muy alegre. Y que al final, cuando la pena nos alcance por el hermano perdido, hallemos en la fe la esperanza. Y todos, como Cesáreo, un día seamos llevados a la luz, seamos devueltos a la vida.

            Gracias, Maestro



miércoles, 15 de agosto de 2012

Ovejas Perdidas

Estoy convencido de que todos los católicos comprometidos, ya sea por sistema o de tarde en tarde, en nuestras plegarias hemos orado por los pecadores. Rezamos por nuestros hijos que se han alejado de las prácticas cristianas y renunciado a los sacramentos; pedimos porque sabemos que en sus vidas la idea de Dios les resulta antipática. Oramos por nuestros otros conocidos y amigos que, negando a Cristo, rinden culto a los dioses del dinero, del placer, del sexo; por los que están encadenados al juego, a la pornografía, por los que laten con un corazón de granito, por los que se han dejado deslumbrar por las luces fascinadoras de la vida moderna, por los que derrochan sus fortunas en amontonar artilugios, en el ir al día de la moda, del último cacharro tecnológico, en enredarse siempre en pasiones inútiles, o en engordar las billeteras de echadores de cartas o adivinos televisivos.
           
            Pensamos en ellos y pronunciamos sus nombres, reconocemos sus rostros y sabemos de sus vidas. Pero a veces el pecador es anónimo. No sabemos quiénes son, en dónde viven, cuál es la atadura que les atrapa. Desconocemos dónde y cuándo Dios les liberará de las cadenas que les encarcelan, pero estamos seguros que, de una manera paciente y misteriosa, Jesús está tocando sus corazones, transformando sus conciencias y, animado por la tenacidad de nuestros rezos, sus almas esclavas serán lavadas con la sangre de Cristo.
           

            De vez en cuando nos llegan noticias de conversiones espectaculares. En Estado Unidos en los últimos meses, dos activistas gays fueron tocados por Jesús y ahora predican contra la vida homosexual a la que tanto sirvieron. Silvestre Stalone regresó a la Iglesia. Hace ya algún tiempo, en Méjico, Eduardo Verastegui, después de tenerlo todo, Cristo le hizo ver que no poseía nada sin Él, y ahora aplica de su talento artístico para llevar el Evangelio a otros muchos. A veces hay anuncios de conversiones que nos hacen saltar de alegría como las de grandes médicos abortistas como el doctor Nathanson, o la de la ex actriz del porno Jennifer Case que ahora va proclamando las perversiones de la industria cinematográfica a la que durante tantos años sirvió.
           
            En Francia y Bélgica, dos naciones fuertemente secularizadas, un buen grupo de escritores e intelectuales han recuperado o encontrado la fe por primera vez y se sienten orgullosos de manifestarlo. De vez en cuando oímos cómo los seminarios son ocupados por antiguos adoradores de los becerros de oro modernos, ex budistas o  viejos drogatas recalcitrantes que, hartos de una felicidad falsa, han acabado su camino donde lo empezaron muchos años atrás.

            Pero la conversión de los famosos son los chispazos cegadores que nos hacen volver la vista hacia lo alto atraídos por los fogonazos y los colores que estallan en el cielo. Pero los convertidos anónimos, los que un día son rescatados de sus cárceles espirituales y se reintegran a la fe y a la Iglesia, son infinitamente mayores en número. Ésa es la respuesta a nuestras oraciones, es la manera que el Señor nos dice.

            -“Ese hijo por el que llevas orando tanto tiempo, aunque no le conocías, ya está en casa”.

            Por eso, sin tregua, sin cansancio, sin dejarnos abatir por las dificultades, sigamos diciendo en nuestras plegarias: “Jesús, Buen Pastor, sigue recuperando las ovejas que se han perdido”.