martes, 7 de agosto de 2012

Contra el Cielo y contra TI

Cada viernes noche, al terminar la reunión de alcohólicos anónimos, Juanjo une sus manos a la cadena de brazos que se toman de la mano para recitar la oración de serenidad:

                -Señor, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar, y la sabiduría para reconocer la diferencia.


                Juanjo lleva diez años sin probar ni gota. En la mesilla de noche guarda un montón de chapas donde recuerda los días que ha estado sobrio. Son las medallas del héroe que ha ganado pequeñas peleas a la botella tras haber permanecido abstemio a los treinta, a los sesenta, a los noventa días; en el primer aniversario o a los diez años. Juanjo sabe que esas insignias son picas que ha podido enterrar tras coronar montañas colosales mientras ascendía con las manos temblorosas y sacudido como un muñeco por el delirium tremens: dolores de cabeza, temblores, vómitos, alucinaciones. Cada paso hacia la cima era un día alejándose en dirección contraria a su debilidad, y un aplazamiento de la deuda contraída con el borrachito acreedor que es su voluntad quebradiza. Sabe que el contacto con un copa, aspirar el aroma de un licor, ver como cae un hilo de güisqui sobre el fondo de un vaso o cómo rompen las burbujas del champán, liberarían esa sed diabólica que, durante muchos años, le convirtió en ese hombres destruido y destructor que malogró su matrimonio, le hizo perder a sus hijos, acabar sin trabajo y sufrir rechazo social.

                El ex borracho, el ex ludópata, el ex toxicómano, saben que siempre deben convivir con el duplicado enfermizo que un día fueron. El golpeo inofensivo de unas copas al chocar un brindis, una tragaperras que dispara de improviso su música hipnotizadora que nos  invita a jugar, el encuentro casual con un antiguo camello, son las trampas habituales que la casualidad  tiende a diario a quienes un día dejaron sus hábitos embrutecedores y les devuelven de nuevo a la arena donde deben fajarse contra sus propias debilidades.

                El convertido es siempre un pecador en rehabilitación. La eucaristía, la confesión, la oración son nuestras chapas de vivir en sobriedad, las medallas que hablan de las conquistas que las que hemos salido victoriosos contra nuestro yo más detestable.

                Andrés fue un hombre que en su juventud fue un gran mujeriego, un juerguista al que se le veía en todas las fiestas colgado de una mujer en cada brazo. En el sentido bíblico, conoció a más mujeres que la que podía recordar, conquistas furtivas y anónimas de las que muchas veces no supo ni su nombre. Y fue un tarambana hasta que se enamoró de una mujer creyente. Se casaron, tuvieron seis hijos y eran considerados como cristianos intachables.

                Pero un día la tentación llamó a la vida de Andrés en forma de secretaria, y ahí comenzó su calvario. Empezó con un cruce de miradas, luego vinieron las palabras con doble sentido, las conversaciones picantes y el acercamiento físico. Andrés se decía a sí mismo que todo era un inofensivo juego de seducción, una distracción tonta de hombre maduro y que, mientras no cruzase la frontera que acaba en la cama, de nada tenía que avergonzarse.

                Ésa fue la primera jugada maestra que ganó el demonio. Superadas sus defensas morales, era cuestión de tiempo que la presa se rindiese. Después falló en la oración, dejó de confesarse, en la misa estaba distraído. Ya el enemigo había logrado que le entregase todas las armas que tenía para defenderse, y sólo quedaba el asalto final.
                Ese hombre virtuoso ya no podía pensar en otra cosa que en la secretaria. En sus ojos verdes, sus rasgos alargados, las pestañas de muñeca, su andar de pasarela moviéndose junto a él insoportablemente hermosa. Lo siguiente que ocurrió fue inventarse un viaje de negocios, alquilar una habitación en un hotel de lujo y marcharse un fin de semana.

                Cuando el pecado nos cautiva sentimos una sensación de alegría física que nos hace deslizarnos por una pendiente suave y excitante, por un vértigo cosquilleante que se acumula en el estómago y nos obliga a mantener los ojos cerrados para no ver que el guía  que maneja esa montaña rusa no es otro que un monstruo.
                El ser humano siempre viaja con una serpiente enroscada al cuello que le tienta a comer manzanas prohibidas. El hombre viejo es ese cobrador del frack que se presenta en los peores escenarios de nuestra vida para avergonzarnos con cobrar una deuda atrasada. Es ese personaje siniestro con gabán y sombrero de gánster que, a lo largo de la existencia, nos persigue implacablemente. Hay temporadas en que parece que le hemos perdido la pista. Le damos esquinazo si sabemos poner de por medio la tierra de la oración y la vida austera. Otras veces nos pisa los talones y debemos enfrentarnos de cara con esa réplica fea del antiguo hombre de pecado que fuimos.

                Ya en el bar del hotel, antes de subir a la habitación, la secretaria de Andrés se encaminó a los lavabos a retocarse el maquillaje. Cuando él fue a pagar las copas, se le cayó al suelo la foto de su familia. En ese cartón de 9,5x7 vio pasar toda su vida. Los ojos congelados de los suyos cobraron vida, y comenzaron a mirarle como si estuvieran allí mismo, no al otro lado de un papel gastado y amarillento. Se dio cuenta de que su infidelidad no era cosa que le incumbía a él solo. Si la llevaba a cabo, tenía que pasar por encima de una gigantesca montaña de traiciones. Traicionaría sus votos matrimoniales, a su mujer, a sus hijos, a cuantos le tenían por un modelo de esposo y de creyente, traicionaría veinte años de su vida, traicionaría a Dios. Su adulterio sería una victoria siniestra de todo lo que había odiado desde los días en que se casó.

                Mientras recogía del suelo la foto, notó la mirada de Dios que le observa desde aquella instantánea en la que posaba junto al resto de los suyos, y echó de menos a Cristo. Ése que nos coge por los hombros cuando estamos borrachos y nos lleva a casa, descalza nuestros pies y nos mete en la cama, el que vela nuestros sueños, la fuerza que nos hace dar un paso más cuanto estamos reventados, ese ilusionista fabuloso que saca palomas de los pañuelos y nos devuelve la fe cuando menos confianza tenemos. Pero también el que se aparta si le rechazamos y se queda en segundo plano porque respeta nuestra libertad de seguirle o de rechazarle.

                Andrés pensó en la mujer prohibida que de un momento a otro volvería de los lavabos, y en la legítima que aguardaba en casa ajena a la traición. Pensó en el antes y en el después del pecado que iba cometer, y en el durante. Un solo momento de alegría física partiría en dos su vida e iba a dejar un roto profundo en su vida. Se confesaría, sí; Dios le perdonaría, también, pero le iba a quedar un remiendo áspero en su alma, una costura mal acabada que siempre notaría con el roce de los recuerdos. No había recambio para el traje de su espíritu. Debía vestir con él para siempre.

                Andrés pagó la cuenta y telefoneó a su mujer.

                -¿Qué tienes para cenar? –le preguntó a su esposa-. Ya salgo para casa.

                También los pecadores tenemos un lugar donde nos reunimos para reconocer los frágiles que somos. En cada celebración de la misa, los arrepentidos damos un paso al frente y le decimos.

                -Ya sabes quién soy, Señor. Perdóname porque he pecado contra el cielo y contra ti.





lunes, 6 de agosto de 2012

El Viejo del Puente













Esteban lleva treinta años buscando a Dios, pero aún no lo sabe. A los trece años tuvo su primer encuentro sexual, a los catorce vomitó la primera borrachera y lió el primer porro; a los dieciocho, el carnet de conducir, el primer coche y la primera novia.

Desde entonces cada verano cambia de coche y de novia. Pasó del hachís a la heroína, se casó tres veces y se separó otras tantas. Buscando el vértigo de los que desprecian la muerte, practicó paracaidismo, pesca submarina y puenting; viajó por medio mundo, ejercitó el yoga, el reiki, la meditación trascendental y se unió a la Nueva Era. Consultó el porvenir con echadoras de cartas e invocadores de espíritus. En otra época a Esteban le dio por el coleccionismo. De lo que fuera: de relojes de oro, de cuadros carísimos y de cachivaches sin nombre que amontona en cualquier parte.

Cada puerta que abre se le antoja que será la definitiva, que habrá llegado a la meta. Detrás de ella, surgen siempre nuevos umbrales que traspasar, puentes que debe cruzar, desafíos que es necesario afrontar.
 

Un viernes por la noche, después de apurar el último güisqui y de que se apagaran las brasas del último porro, se vio conduciendo solo, hacia las afueras, donde los lugares no tienen nombre y las personas como él huyen de sí mismos. Paró en lo alto de un mirador. La tierra parecía cortada a cuchillo sobre un acantilado de rocas puntiagudas y asesinas. El mar estaba al final de un abismo infinito. Un cuerpo arrojado desde allí haría que cualquier cuerpo, por pesado que fuera, se desintegrara en lo que el diablo se restriega un ojo. Le sedujo la idea, Un salto y se acabaría la eterna búsqueda, los cuadros, la bebida, los espiritistas. La tentación era más poderosa que un chute de heroína. Cuando iba a levantar la pierna para arrojarse, se encontró a su lado con un viejo que le miraba. No decía nada, sólo le observaba. Y allí permaneció junto a él una, dos, tres horas. Se marchó Estaban y también el viejo. Volvió al otro día, y el anciano ya le esperaba. Intercambiaron unas pocas palabras, cosas sobre el tiempo, lo mal que está el mundo, lo que cuesta llegar a final de mes. Tres semanas más tarde, Esteban ya no iba allí para matarse, sino atraído por aquel anciano de sonrisa bondadosa y maneras de santo que tanta paz le transmitía. ¿Cuál era el secreto de su felicidad siendo tan viejo y tan pobre? ¿Y si la alegría austera del viejito se pudiese aprender  y no fuese necesario seguir buscando



domingo, 5 de agosto de 2012

Pasos 8 y 9

¿Qué pensarían ustedes si un día, al abrir la puerta de casa, se encuentran con un amigo que lleva veinte años muerto?

O eso me habían dicho y yo me lo creí. Tanto que desde entonces oía misa todas las mañanas por él, aplicaba el rosario por su alma y tengo las rodillas que parecen un cráter de hincarme a suplicar por su salvación eterna. Y ahora lo tenía delante de mí, más guapo que nunca, con un bronceado de tenista y mirándome con una sonrisa que le daba la vuelta a la cara como si acabara de venderme un cachivache enorme y carísimo.

-¡Coño, qué bien se te ve, brother! –saludó-.

-Tú también estás mejor de lo que esperaba para llevar tanto tiempo bajo tierra.

Me temblaban las piernas y no sé cómo llegué a la cocina y me puse a preparar café para los dos. Me acordé que nunca pude llevarle flores a su tumba porque no había dejado familia que le llorase y a la que acudir para saber el número de su nicho, y además me enteré con dos meses de retraso de su “entierro”.

-La última vez que te vi te dije que tu vida iba a ser muy corta –le dije-, y ahora parezco tu hermano mayor. ¿Cuál es tu secreto?

-Dejé la bebida, mi hermano. Por eso estoy aquí: estoy en los pasos 8 y 9. Vengo a pedir perdón por lo mal que te lo hice pasar.

Le conté que me habían dicho que estaba muerto y su carcajada hizo ladrar al perro del vecino.

-¿Te acuerdas –dijo- de que cuando íbamos al colegio un denunciante anónimo te acuso de robar la cartera del profesor? Fui yo. ¿Te acuerdas de Elisa, aquella novia tuya que te volvía loco y que de la noche a la mañana perdió interés por ti? Fui yo el que te la quitó. ¿Te acuerdas las apuestas a la primitiva que jugábamos a medias y que yo administraba? El dinero me lo quedaba yo.

Siguió con una lista enorme de desagravios pendientes, y por un momento, aprovechando que para mí lleva dos décadas fallecido, el Flaco Wilson me tentó para que lo rematara allí mismo, pero me acordé de Nuestro Señor y me pregunté qué haría Él en mi caso, y no tuve más remedio que perdonarle.

-Dime una cosa, Flaco –le dije-. ¿En alguno de esos pasos dice que debes reparar el mal causado?

-Sí, en el 9, siempre y cuando al hacerlo no implique un perjuicio para ti o para mí.
-Se me ocurre una reparación ideal para estos casos.

-Tú dirás.

-Todos los días, a las siete, me vas a acompañar a misa a San Blas durante un mes.
Me miró mientras movía ligeramente la cabeza, desconcertado.

-Bueno, brother, si es a las siete de la tarde, puedo hacerte un hueco.

-Es a las siete de la mañana.

Se levantó como si una tarántula estuviera trajinándole el trasero y comenzó a mover las manos protestando. Le detuve con un gesto.

-Durante veinte años estuviste calumniándome y estafándome, y durante otros veinte recé para que te salvaras porque sabía que eras un golfo, ¿y te parece excesivo un mes de madrugón por mí? Creo que deberías volver al primer paso y comenzar de nuevo porque no estás preparado.

-¿Sabes una cosa –dijo? Tienes razón. Te acompañaré. Un mes.

Cumplió su promesa. A los treinta días, nos dimos un abrazo y me despedí de él pensando que quizás ya no volvería a verle en al menos otros veinte años. Pero al día siguiente estaba allí, arrodillándose conmigo en la consagración. Al final del oficio, en la plaza de la iglesia, confesó que aún le quedaba otra cosa por la que debía pedirme perdón.

-¿Te acuerdas de aquellas cien mil pesetas que te debía y nunca llegué a pagarte?

-Me acuerdo, Flaco, pero dalas por saldadas.
 
-¿Te acuerdas de Andrea?

-Sí, la que me trajo la noticia de tu “fallecimiento”.

-La mandé yo. Yo fui el que la convencí para que te engañara con mi muerte.

Acababa de comulgar y no estaba dispuesto a perder el control aunque lloviese al revés.

            -¿Y por qué ideaste una mentira tan gorda?

            -Porque no podía devolverte las cien mil pelas.

            -Bueno, viejo, en ese caso vas a tener que seguir madrugando para la misa hasta que el Señor quiera.





sábado, 4 de agosto de 2012

Disparen al Periodista





En otras épocas de la historia, ser mensajero era una profesión de riesgo. Se presentaba ante al rey un jinete exhausto después de atravesar media Europa  y, tras observar la cara de sofoco del monarca nada más leer el pergamino lacrado que informaba de algún desastre bélico o sobre un motín de sus vasallos, el emisario ya podía despedirse del caballo y darse de baja en el cuerpo de carteros reales.

                En este tiempo convulso de crisis, lo que toca es dispararle al periodista. Yo mismo me he agenciado una pistola de aire comprimido para cubrirme las espaldas cuando me acerco a leer la prensa diaria. No hay rastro de las buenas noticias. La prima de riesgo deja ver cada vez  más su feo hocico de suegra mal encarada. Cientos de españoles son empujados Pirineos arriba buscando ganarse el pan. Suben las patatas y baja la bolsa, la tijera de los recortes se ha amellado de tanto pasar su hoja afilada por el paño de subsidios, pensiones y salarios, y hasta algunos hospitales van a tener que cerrar por falta de fondos.

                Me entero por el padre Fortea de que los hombres de negro de la economía no son ninguna leyenda urbana, pero que no son esos policías de la ortodoxia financiera que escarban en los cajones de los contables públicos tratando de pillar  algún libro de contabilidad en B, o el fajo de billetes traspuesto por algún comisionista profesional. Qué va. Son, por el contrario, unos bandidos sin escrúpulos que han urdido un plan para dejar en bancarrota a la economía europea y a la yanqui.

                Por eso no me sorprende saber que alguien se ha propuesto construir una nueva arca, como la de Noé, y embarcarse a toda prisa antes de que una calamidad bíblica arrase a todo lo que se mueve. A estas alturas del anuncio, ya hay colas para sacar la tarjeta de embarque. Yo mismo, mientras escribo este post, me he puesto a aguardar turno para agarrar un sitio en la nave.

                Los grandes profetas del fin del mundo describieron el acabóse como una colosal catástrofe de sangre y fuego que descendía del cielo, tormentas de meteoritos lloviendo sobre nuestras cabezas, cientos de millones de seres humanos sucumbiendo al desastre final.

                Quién sabe si ese cataclismo definitivo no tiene que ver menos con la furia de la  naturaleza que con la mano del hombre. De ese ser que ha dejado de creer en Dios para adorarse a sí mismo y proclamarse juez de la vida y de la muerte, que experimenta en los laboratorios con las probetas de la clonación, la selección embrionaria, los bebés medicamente; de ese hombre que se cree eterno y ama al dinero por encima de todas las cosas.

                Pero la riqueza es una concubina de lujo a la que es muy difícil seguirle la marcha de su paso de manirrota. La misma España que en otros siglos se consagró a los Corazones de Jesús y de María, ahora le ha alquilado a Satanás un bajo espléndido donde ha abierto una taberna. Durante décadas, los adoradores del becerro de oro que nos han gobernado nos hicieron pasar como los nuevos ricos que se codeaban con los más listos de la clase. A cambio de unas sobras en la mesa de los poderosos, hemos querido ser los más audaces con el aborto o las uniones del mismo sexo. Por ello hay quien piense que esta crisis es la factura que nos pasa la justicia divina, que seguiremos hundiéndonos en el arenal movedizo del crack económico hasta que rompamos tantos contratos que hemos firmado con el diablo, o, de lo contrario, continuaremos cocinándonos en el caldo de nuestras renuncias morales.

                El hijo pródigo no volvió hasta que se gastó todos los cuartos de la herencia. Hay quien piensa que si la fortuna recibida hubiese sido más cuantiosa o que si se hubiese banqueteado menos espléndidamente, el regreso lo hubiese emprendido mucho después.
                España es ese hijo pródigo que se cepilló la plata en malas compañías políticas, que corrió de su cuenta la orgía de tantos juerguistas inconscientes, y ahora que ya saborea el amargo sabor de las algarrobas reservadas a los puercos, necesita emprender el camino de regreso a la casa del padre.

viernes, 3 de agosto de 2012

Los Monstruos de Rosa


En la historia de la literatura siempre ha habido grandes, buenos y malos escritores. Muchos de ellos han logrado éxito y fortuna a pesar de que, mientras escribieron, adolecieron de mala técnica y peor oficio.

                Uno de estos casos de literatos infumables es el de Rosa Regàs. La autora llegó a dirigir la Biblioteca Nacional de España, porque –como se sabe- cuando no llega el talento sobran los padrinos. Y una cosa que tiene la progresía es que en ella abundan los compadres. Una vez acreditado en el currículum el salvoconducto que el extiende el rojerío a todo progre de alta cuna, hacerse un nombre en el mundo de las letras es tarea fácil. De lo contrario la Regàs no habría pasado de ser becaria en un panfleto estalinista. Desde un punto de vista literario, las soflamas de esta autora es una antología de cómo no debe escribirse: frases mal construidas, puntuación caótica, errores de concordancia en género o número, interrogantes que se cierran sin haberse abierto previamente. Siendo ya una bisuabuela literaria, doña Rosa ha escrito mucho pero ha aprendido muy poco.

                Hace unos días, esta escribidora de bajos vuelos perpetró en su blog del diario El Mundo un atentado contra el buen gusto literario, y, de paso, soltó una deposición ideológica tan nauseabunda que habrá provocado el vómito a algún forense de estómago profundo.

                Su artículo venía a cuento de la propuesta del gobierno para suprimir, como causa legal para la interrupción del embarazo, que el feto presente malformaciones. Según esta señora, la inmensa mayoría de los españoles se ha opuesto a ello, y que son opiniones multitudinarias la de los que creen que hay que impedir “dar vida a los monstruos”. Éste es uno de esos casos en el que el retrato fotografía mejor al artista que al personaje captado. Vamos por partes.

No sé a cuántos españoles habrá entrevistado la Regàs desde que saltó la noticia ni de qué opiniones multitudinarias habla para acreditarse la representación del país entero. Claro que, como buena socialista, las encuestas, cuando no son favorables, se toma la parte por el todo y se convierte las opiniones propicias en universo estadístico donde siempre ganan los suyos. La única manifestación proabortista celebrada en los últimos tiempos logró reunir a la astronómica cifra de  un centenar de personas, periodistas incluidos. Quizá ésa sea toda la inmensa multitud de la que habla doña Rosa.

Pero, aunque fuese verdad que la opinión pública estuviese del lado de las posturas antivida, ¿y a nosotros qué nos cuentan? Si la aplastante mayoría de la sociedad concluyera ahora que es buena para la salud tomarse una dosis de cianuro en cada comida, y además la ley estableciera la obligación de hacerlo, ¿pasaría  eso a ser bueno para la salud? Por mayoría alcanzó Hitler el poder, por mayoría aplastante ganan los Castros cuantos procesos electores convocan para mayor gloria del régimen. Que emitan las televisiones y publiquen los periódicos durante quince días imágenes de bebés abortados, y esa aplastante mayoría saltará aterrada hacia el otro lado de la balanza.

La Regàs llama monstruos a los que sufren síndrome de Down o espina bífida, entre otras muchas enfermedades. Resulta que, según esta intelectual tan lúcida, ahora sólo las mujeres de los ministros  y las damas de la alta sociedad, que además son evasoras fiscales y defraudadoras a la Seguridad Social,  ya han fletado vuelos chárteres para  acudir a abortar en masa a Londres y deshacerse de tanto embrión monstruoso. Incluso para una dogmática tan rupestre como esta individua, los mantras proabortistas que repite como una cacatúa son de una inconsistencia de adolescente con acné.

Como cuando culpa del problema del aborto a los católicos retrógrados, los obispos, la Inquisición, la Guerra Civil y el Sursum Corda. La pobra mujer, en su paranoia anticristiana se atreve hasta de expedir credenciales de buenos y malos católicos.

Para Regàs, los buenos católicos son los que acuden a zafarrancho de combate cuando la trompetilla de la progresía entona la habanera del matacuras. Es decir, la que llaman iglesia de base donde están los teólogos que no pisan la iglesia ni para un funeral, y un puñado de revoltosos asamblearios que están más cerca de Marx y de Mao que de Jesucristo.  No cita nombres, para ya sabemos todos quiénes son, los que están lo mismo para un roto que para un descosido, lo mismo para encadenarse contra el Papa como para pedir el sacerdocio femenino, los anticonceptivos o la eutanasia. Los mismos que se pasan la vida entrando y saliendo de la Iglesia sin hacer ningún bien y con el único propósito de ser la mosca cojonera de la discordia que merodea por el pastel cuando la Iglesia celebra un banquete, cualquier banquete. No creo que la Regàs se haya reunido con ellos en un monasterio durante unos ejercicios espirituales.

Pero para doña Rosa le viene como anillo al dedo en su alegato a favor del aborto. Porque los que ella católicos honestos  son esos testigos perjuros que se prestan a dar cobertura moral a esa coartada tramposa que se llama a sí misma iglesia de base.

Para todos ellos, los católicos honestos son los que aplauden el genocidio abortista. Pero la única forma de ser buenos católicos es estar con la Iglesia y seguir sus doctrinas. Somos recibidos en ella a través del bautismo, y, por el uso o el abuso de nuestra libertad, podemos continuar en ella o arramblar con la puerta y unirnos al piquete de los que la persiguen. Pero que no se llame buenos católicos a los que buscan su destrucción, como no podemos llamar buen policía al que acepta sobornos, trapichea con camellos o decomisa alijos de joyas o de billetes. Un buen católico no daría su bendición a una práctica que inyecta una solución química en el corazón del feto, o lo extrae con vida provocándole mutilaciones espeluznantes. Un buen católico no se atrevería a figurar en la lista de los abajofirmantes habituales que proclaman que  unas vidas valen más que otras. Un buen católico se retorcería de rabia cuando alguien como la Regàs invoca su nombre para que respalde las atrocidades que se cometen en el nombre de la libertad sexual. Un buen católico le grita a cara a gente como ella que deje de ensuciar el nombre de los buenos católicos con la baba asquerosa de lo políticamente correcto.

Los mismos progres que se declaran campeones de la igualdad y hacen distinción entre vidas que son aceptables y existencias monstruosas, quieren imponer quién debe vivir y quiénes deben ser filtrados por el pasapuré de los abortorios. Los monstruos que Rosa Regàs  quiere impedir que vivan son gente como Tony Meléndez, que nació sin brazos y aprendió a tocar la guitarra con los dedos de sus pies, y ahora da conciertos por todos los Estados Unidos. Monstruo es el australiano Nick Vujicik que nació sin pies ni brazos pero se vale por sí mismo, cocina, se baña en la piscina, y da conferencias por decenas de países sobre el valor de la autoestima. Monstruos serían la mayoría de los miembros de los equipos paralímpicos del mundo. Monstruos podrían ser los que nacen con una mancha en la piel o un ojo estrábico. Monstruos serían muchos de los que nos venden el cupón de la Once o que se sientan a pedir en la escalera del metro. Monstruo sería para ella ese tío bonachón con síndrome de Down que hay en tantas familias y que, en cuanto nos ve, se nos echa encima para comernos a besos. Mucho de ellos llegan a cursar carreras universitarias, son boys scouts, ejercen oficios nobles y hasta se presentan a las elecciones. Otros no tienen tanta suerte y van en silla de ruedas o postrados en una cama, pero son la alegría de la casa y el elemento aglutinador  de la familia. Por extensión, monstruos podría ser esos padres heroicos que no se dejaron convencer por tanto consejo siniestro y, aunque en el dolor, viven con entereza el drama personal del hijo con problemas, pero al que aman profundamente.


Para doña Rosa y para tantos que viven sin Dios,  la existencia es el cuarto de un soltero vivalavida que carece de responsabilidades ni del sentido del sacrificio. Que la alegría se reduce a un estado de euforia permanente y las únicas ataduras son las servidumbres del sexo, la  vida despreocupada y el placer a cualquier precio.







jueves, 2 de agosto de 2012

No tengo la Conciencia Tranquila

Pillan a un ladrón de cuello blanco con las manos en la masa de un fraude de millones de dólares, y lo primero que declara es que tiene la conciencia tranquila. Desfilan por el telediario deportistas con el pescuezo con tortícolis de tanto sostener el peso de las medallas de oro  y que de buenas a primera son acusados de doparse, y nos largan un comunicado de cuatro folios pregonando que tienen la conciencia tranquila. Políticos sin escrúpulos grabados en conversaciones comprometedoras, artistas del tablao y la farándula tratando negocios turbios, defraudadores de hacienda, comisionistas de obras públicas, funcionarios que se pasan ocho horas tomando café y leyendo la prensa por Internet, calumniadores profesionales que se adueñan de  los platós de televisión para despellejar al famoso de turno caído en desgracia; mentirosos expertos que tuercen y retuercen la realidad para hacerla más morbosa y más comercial; todos tienen la conciencia tranquila. Desde el ama de casa que le echa más horas de la cuenta a chismorrear por el patio, al empleado público que trajina folios; desde el barman que aligera el licor con agua de grifo al cocinero que aprovecha las sobras del cliente que ya ha pagado la cuenta para hacer un cocido. Todos tienen la conciencia tranquila. Desde el policía aburguesado al taxista perezoso. Desde el enamorado mediopensionista al clérigo que no reza el breviario.

            Yo sólo soy un pobre diablo y declaro bajo juramento que no tengo la conciencia tranquila. Me acusa y me atosiga a toda hora. Me desvela las mejores horas del sueño para recordarme un mal gesto o una mirada de encono. Me acusa cuando no doy por no hacer la caridad; me causa cuando doy porque entrego poco; me acusa cuando dono mucho porque quizá mi mano izquierda se ha enterado que lo hizo la derecha. Me critica cuando rezo porque oro mal, me acusa cuando me siento ante la tele porque son horas que se las robo a Dios. Me acuso cuando hablo y tengo que callar, y cuando guardo silencio y debería haber hablado. Me señala con el dedo cuando me recreo en el chisme, cuando hago leña del árbol caído, cuando me dejo amontonar las facturas sin revisar ni archivar, cuando dejo que la salsa de los espaguetis se pegue en el fondo de la cacerola, cuando dejo para mañana la llamada de ánimo que está esperando un amigo enfermo, cuando no visito al preso ni consuelo al enfermo, cuando miro al pobre no con los ojos de Cristo, sino con la mirada del soberbio.

            Bendita sea mi conciencia que se pasa la vida acusándome y acosándome. Dios quiera que me persiga hasta el fin de mis días porque entonces estaré a tiempo de la conversión y de la salvación. Los que pregonan que tienen la conciencia tranquila sólo la tienen dormida, o, en el peor de los casos, ya está muerta. Por eso duermen a pierna mientras los hijos se pegan al televisor o se enganchan a la pornografía hasta altas horas de la madrugada. Por eso el funcionario se cree en el derecho de sustraerle al Estado su tiempo y su esfuerzo; por eso el café sabe más a agua que a café, las carreteras no terminan de arreglarse nunca y el contratista es cada vez más rico haciendo cada vez menos.      
     


            La conciencia no es otra cosa que la voz de Dios. Pero el Señor habla muy bajito y debemos agudizar mucho el oído para poder escucharle. Los que la tienen tranquila hace ya mucho tiempo que le ha tapado la boca a Nuestro Señor a base de engaños y fraudes, de promesas incumplidas y de pecados no redimidos, y, mientras nos pasemos por la casa en babuchas y albornoz ajenos al dolor de la humanidad, a Dios le hemos escondido en el desván con los brazos y las piernas atadas, y en la boca una mordaza para que no nos recuerde los malos pasos que estamos dando.


miércoles, 1 de agosto de 2012

La Cuna Vacía


Marta aún se acuerda de los años en que no quería ser madre. En aquella época estaba muy ocupada entrando y saliendo de asociaciones defensoras de animales, en luchar por los derechos del gran simio, o encadenándose a las puertas de las plazas de toros para exigir la abolición de las corridas. Siempre estaba metida en peloteras contra los cazadores de zorros y los curtidores, hasta recorrió varias veces el mundo enrolada en los buques de Greenpeace al abordaje de  barcos balleneros, y llegó a recalar en los mares de hielo canadienses para tratar de parar las balas de los que disparan contra las focas arpas.

                Una muestra de orina en una ocasión le dio un susto espantoso. No tenía tiempo para ser madre en medio de la campaña contra la pena de muerte en los Estados Unidos, el boicot a las granjas de visones y los piquetes contra los granjeros que crían hacinados a los pollos. El miedo se le pasó cuando acabó tumbada en el quirófano de una clínica. Marta recuerda los sofás rojos, los médicos paseando sonrientes mientas tomaban café y charlaban sobre la casa que se construían en la sierra. Recuerda el rostro aterrado de otras chicas que querían huir de allí, cómo unos brazos acompañantes que las agarraban para que no escapasen. Y una factura de cuatrocientos euros: ése el precio de no tener un hijo.

                Se acuerda también del olor a humedad y a frío, el hedor putrefacto de la sangre corrompida y la pestilencia de la muerte agarrada a los techos y las paredes.

                -Tranquila, reina –le dijeron- estás de muy poco tiempo. Cuando te quitemos eso no vas a sentir nada.

                Después del susto vino el arrepentimiento. Y cuando, años después, quiso por fin ser mamá, ya no le volvieron las náuseas de la mañana ni la orina se volvió a teñir de rosa. Se moría de ganas por sentir en el estómago mariposas revoloteando, el pecho hinchado y el apetito voraz. Llegó a poner una cuna vacía junto a su cama aguardando la llegada del huésped minúsculo, volver la cara hacia ella y tropezarse con el rostro de un bebé que le sonriera.

                Lo que no le dijeron los doctores que se paseaban felices con una taza de café en la mano y un sueño de un hogar en la sierra, fue que es más fácil arrancar un hijo del vientre de  una madre que arrebatárselo a sus recuerdos.

                Pero ya nadie llama a la puerta de Marta. Sus entrañas de madre estarán secas para siempre, pero ella se resiste y sigue teniendo, junto a su cama, una cuna vacía esperando ser mecida y ropa recién lavada que despide aroma a lavanda esperando un cuerpecito con que llenarla.

                De noche Marta se despierta oyendo el llanto de un niño. Hay un bebé llorando en alguna parte. Ella busca por todas partes con las esperanza de encontrarlo para abrazarlo y consolarlo, pero detrás del vano de cada puerta siempre hay una habitación vacía y un bebé que se ha escapado, y el niño sigue llorando noche tras noche, año tras año. En alguna parte hay una criatura que llora y que no sabe que existe una cuna vacía que le espera y una madre arrepentida que se muere por cantarle una nana.


                Marta tiene pesadillas. Sueña siempre que están en un hospital vacío donde abre y cierra portezuelas buscando a la criatura que en sus visiones siempre llora y siempre se esconde. En las alucinaciones de Marta hay un verdugo afilando un machete y la cabeza de un bebé a punto de ser decapitada.

                En las clínicas donde los médicos se pasean sonrientes tomando café y hablando de casas en la sierra, de noche sacan cubos repletos de basura. Junto a los deshechos clínicos, los tratamientos defectuosos y las tazas de café vacías, caen también los órganos descuartizados y la sangre derramada de los hijos de las madres que no quisieron ser mamás. Son huesos quebrados por las mandíbulas insaciables de las trituradoras de fetos y corazones empitonados porque tienen clavada una aguja envenenada de cloruro potásico. Tanta vida desperdiciada acabará mezclada entre montañas de basura y vísceras de pescado y borras de té.

                ¿Quién puede detener tanta barbarie de los que no dejan vivir a los niños? ¿No hay barcos que embistan a los que se enriquecen con la sangre de los inocentes? ¿Es que ese ímpetu que es capaz de detener la muerte de un toro no puede hacerlo con la vida de un hijo? ¿Ya no quedan hombres buenos sobre la tierra que sepan hallar la puerta donde se esconde un bebé al que le espera una cuna vacía y una madre para cantarle una nana?

                Marta cree ahora que el mundo es una inmensa cuna vacía perdida en el cuarto de los juegos donde el manotazo de una bestia idiota ha roto todos los juguetes de los niños y ha hecho llorar a Dios. Regados por el suelo, Marta ve en su pesadilla soldaditos de plomo bregándose en mitad de una batalla, una bicicleta a la que se le ha roto la cadena y que nadie repara, una muñeca desnuda que espera ser arropada por una niña, un tiovivo enloquecido que gira sin voluntad remando vagones que sólo montan fantasmas y las lágrimas de una madre. En el sueño, Marta se pregunta dónde están todas esas criaturas que han abandonado sus juguetes.

                ¿Qué sería del mundo y del hombre si el verdugo que en las pesadillas de Marta quiere acabar con los niños hubiese atrapado al que inventó las cometas y los globos de colores, al que fabricó los caballitos de madera, al que le dedicó un tema para Elisa, al que escribió El Patito Feo, al músico sordo que compuso la Quinta Sinfonía, al que echó a rodar por primera vez una rueda, al que logró por primera vez que prendiera una bombilla, al que por accidente descubrió la penicilina, la que acuñó la primera moneda, al que construyó el primer arado, al que elaboró el primer yogur, al que supo transformar una cuña de madera en un lápiz, al que inventó la silla, el reloj, los fósforos y el sacapuntas, la tinta y la televisión, y al que se le ocurrió mezclar el chocolate con la leche, al que creyó que de un líquido viscoso que brota de la tierra serviría para que los coches se movieran, fabricar el nailon o asfaltar los caminos.

                En alguna parte deben de vagar niños errantes que no podrán reírle las gracias a los titiriteros ni aplaudirán las cabriolas de los saltimbanquis, pupitres vacíos que no podrán ser ocupados, talleres de orfebres sin orfebres, poemas sin poetas, canciones sin autor, amantes que morirán solos a falta de hallar la mano única en la que colocar un anillo de esposos, enfermedades que seguirán destruyendo vidas y corrompiendo cuerpos porque se habrá disuelto en el espacio el científico que iba a descubrir el remedio que las curase.

                Aún no es tarde para pararle los pies al verdugo que acampa en las pesadillas de Marta.  Por una sola vida que escape a su carnicería habrá valido la pena gritar hasta quedarnos sin voz, caminar bajo el aguacero y llegar con los pies ensangrentados adonde una mujer se enfrenta a la lucha de tener o no a su hijo, espere una palabra de aliento, un ejemplo valiente que le diga: Ánimo, no tengas miedo. Este hijo tuyo es también el nuestro. Hay tantas embarazadas que necesitan de una palabra sanadora, de una mirada a tiempo, de una sonrisa que aleje una tormenta cuando los pies pesan y se vive como si se permaneciera  siempre encaramado en la cornisa de un rascacielos. La fuerza que empuja a una mujer a ser madre es capaz de derribar los muros de las fortalezas y arrancar de cuajo las raíces de árboles centenarios.



                Dios es ese mago que transforma los huevos en pájaros, que sacude los árboles en otoño y hace brotar de los campos yermos las rosas y las margaritas, el trigo y el centeno. Dios es ese prestidigitador incansable que oculta tesoros en los fondos marinos y en el corazón del bosque, que esconde en las profundidades saladas o donde se intrica la selva animales y especies que sólo Él ha visto, para demostrar al mundo que, aunque haya permanecido cien millones de años sobre la tierra, nunca descubrirá todas las obras de su creador.


                Cada hijo devorado por las trituradoras donde los médicos se pasean con una taza de café en la mano y un sueño de un hogar en la sierra, nos convierte a todos en huérfanos y viudos. Todos los brazos son necesarios para seguir levantando el mundo, pero el hombre ha amputado tantas manos que la tierra comienza a tambalearse, herida ya de muerte. Y siempre habrá en los sueños de las Martas del mundo una madre aguardando el regreso imposible de un hijo muerto.