martes, 14 de agosto de 2012

El Demonio sabe Latín


El ateísmo viste muchos uniformes. Está el materialismo del Archipiélago Gulag, el de Mao, Stalin, Polpot y Hitler, con su intento de aniquilación de Dios a bocajarro, el que somete el fenómeno religioso a pasar por las depuradoras de la deportación, la cárcel o el exterminio. Está el ateísmo filosófico que desde Nietzsche han arrojado al hombre de fe sobre el foco de una tramoya burlesca en cuyo reparto figura interpretando siempre al tonto del pueblo. Está el ateísmo científico que anda escondiendo a Dios y escondiéndose de Dios en los burladeros de lo palpable, y que, con cada respuesta que encuentra a los enigmas de la creación, desencadena muchas otras preguntas que tiene que despejar en un eterno comenzar de nuevo.

            Pero el peor ateísmo de todos es el de ciertos creyentes que tratan de mostrar  a Jesús como un hombre bueno más, y al cristianismo como un mero símbolo o una especie de código de buenas prácticas. Una guirnalda o un muñeco sonriente más que se desempaqueta de la caja de los trastos sólo por Navidad.

            Como no son pocos los piratas que desde siempre han querido hundir la nave de la Iglesia desde que el día de Pentecostés san Pedro mandó levar el ancla de la barca, a bordo también se enrolaron todos los heréticos que a lo largo de la historia del cristianismo han tenido algo que decir. Desde el gnosticismo y el arrianismo, el maniqueísmo y el pelagianismo. Con Lutero llegaron las modernas herejías de las sectas protestantes, y hasta el día de hoy no han parado de hacer cumplir la profecía de nuestro Señor que nos advirtió que surgirían muchos falsos profetas que engañarían a muchos.

            A lo largo de los siglos, los amotinados han cambiado de vestimenta y han refinado los métodos, pero siempre han perseguido alcanzar  la sala de máquinas y desde allí gobernar la nave. Ya desde el siglo VI el gran Gregorio Magno explicaba muy bien la carga que desde siempre debe soportar vicario de Cristo: 

            “Indigno y débil, me he hecho cargo de un viejo barco castigado por las olas que le envuelven por todas partes, un navío con la quilla podrida y cuarteada, azotado por la galerna que amenaza con echarlo a pique”.

             Pero ese buque se ha mantenido a flote a pesar de haber cambiado tantas veces de tripulación y de insurrectos, indestructible al óxido del tiempo, la voracidad de las tempestades y la saña de los corsarios.


            Las grandes herejías del momento que se va abriendo paso a empujones son el modernismo y el relativismo. Los que predican el Evangelio según Pepe o según Paco, un cristianismo tuneado al que se le ha desprovisto de la teología del sacrificio, ha cerrado el infierno y el purgatorio, ha decretado de la muerte de las virtudes teologales y hasta ha bajado a Cristo de la cruz para que parezca uno más entre tantos. Es un Evangelio al que le han arrancado tantas páginas que se ha quedado en un simple folleto publicitario donde Jesús  no es la estrella protagonista de la redención del hombre, sino un actor secundario que sirve lo mismo para llevar unas flores que para dar un pésame.

            Sin señalar a nadie, a todos nos vienen a la cabeza esos hombres y mujeres que un día se consagraron a Dios, que juraron, entre otros votos, el de obediencia, pero que ahora se ofrecen como voceros y avalistas de los que promueven la cultura de la muerte.

            Insensatos. Cristo no nos invitó a escoger de su doctrina aquello con lo que más cómodos estuviésemos, ni siquiera con lo que estuviéramos de acuerdo. El paquete lo vendió completo.

            Un entrañable cura, de esos de los de antes con sotana, ayuno y cilicio, contaba que cada vez que se presentaba en casa de un moribundo para administrarle los últimos sacramentos, los familiares del enfermo solían decirle:

            -Tenga cuidado con lo que le dice no vaya a ser que se asuste”.

            -Más vale que entre asustado en el cielo que silbando un chachachá en el infierno”, solía contestarle el padre.

            Si en lugar de elegir Jesús a sus discípulos entre gente bruta y flojos de ánimo, hubiese escogido a doce modernistas, aún hoy seguirían reunidos tratando de ponerse de acuerdo sobre si lo que sopló el día de Pentecostés fue el aliento del Espíritu Santo o el polvo que levantaron una caravana de comerciantes persas en el momento en que sacudieron todos a la vez  sus alfombras.

            Lo peor del caso es que los teólogos del buen rollito quieren seguir llevando colgada la etiqueta de católicos. Quizás la Iglesia debería registrar los derechos sobre el título de este término para que nadie se valiese de esa autoridad no para ensalzarlo y defenderlo, sino para contradecirlo y denigrarlo. Sería como acuñar una especie de denominación de origen como el aceite de oliva o el jamón de jabugo. Y tendría sus controles de calidad como los muebles, los coches o los paraguas. Nadie en su sano juicio quisiera ser responsable de que alguien muera atropellado por un coche que no frenó a tiempo o que acabase con un ojo tuerto porque un paraguas se abrió al revés. Pues esos teólogos modernos son como los paraguas que siempre se abren hacia adentro.

            La Iglesia también tiene sus controles de calidad pero, como su reino no es de este mundo, su horario de oficina tampoco. Por eso tarda tanto en pronunciarse sobre casos de religiosos que reescriben el Evangelio según su ideología y son autores de libros o propietarios de cátedras en universidades católicos donde se venden coches que frenan mal o paraguas que abren al revés.

            Resulta divertido ver los esfuerzos de los que tienen a lo católico como enemigo principal y causa de todos los males del género humano desde el principio de los tiempos, aconsejando a la Iglesia lo que debe hacer para que las ovejas descarriadas vuelvan al rebaño sin dejar de ser descarriadas, y para que los templos se llenen de pecadores sin arrepentimiento ni propósito de enmienda. Son los mismos que no sabrían diferenciar un ambón de una novena. Su receta del éxito consiste en barra libre para todo el que quiera abortar, bendición de las uniones homosexuales, sacerdocio de mujeres, anticoncepción a mansalva y que cada uno escoja una moral a la carta. Para estos últimos se les puede confeccionar un traje a medida donde cortemos todos los dogmas que nos encorsetan y no nos hacen vernos guapos en el espejo de la modernidad.

            Tenemos noticias para ellos: ese cristianismo de rebajas ya lleva en los escaparates de las grandes denominaciones protestantes desde hace décadas. Las llamadas iglesias liberales como los luteranos, presbiterianos, episcopalianos y metodistas han pasado de representar en cincuenta años el cuarenta por ciento de los cristianos norteamericanos a sólo el doce. En Inglaterra ya hay más católicos practicantes que anglicanos que asisten a sus cultos. En Alemania los protestantes se han reducido a la mitad desde 1950. En algunas partes, el catolicismo también ha sufrido este fenómeno del liberalismo evangélico. Durante el fragor de la teología de la liberación, los Boff y sus discípulos lograron meter en las iglesias a la guerrilla, pero pusieron primero a Dios de patitas en la calle, y de paso dejaron los templos sin fieles. Podría seguir con estadísticas hasta cansar, pero sería inútil porque esto ya lo saben los mismos que insisten en ello porque ya nos lo dijo nuestro Señor: “Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz”.

            El modernismo ha atrapado en sus nasas a las pescadillas de denominaciones progres, pero la pieza que persiguen es caza mayor, la gran ballena: la Iglesia Católica. Durante dos mil años el catolicismo ha resistido heroicamente empuñando la bandera del Evangelio, no dejándose engatusar por la modernidad de cada momento, sabiendo que es depositaria de un tesoro que no admite devaluaciones ni copias de bisutería. El día que lo hiciera, el cristianismo estaría reconociendo que lleva dos mil años timando a la gente con un fraude que habría tardado milenios en descubrirse. Por el camino se habría derramado inútilmente la sangre de millones de mártires, la pureza de las vírgenes, los dolores de muchos santos y la fe sencilla de tantísimos cristianos viejos.

            La fe en Cristo la propagan los testigos, y muchas veces la ahuyentan los malos teólogos. Y aun cuando fuera cierto que si la Iglesia siguiera sus doctrinas modernistas abarrotaríamos las iglesias, pero las estaríamos llenado de modernistas y vaciándola de Dios.







lunes, 13 de agosto de 2012

Somos Iglesia


Cada miércoles, al concluir la oración del grupo en la parroquia, todos los miembros que hemos acudido a cantar y alabar al Señor, nos damos la mano y rezamos el Padrenuestro. Nuestros dedos entrelazados dibujan una cadena donde cada hermano toca al que está a su lado. Es como el abrazo de Dios.
           
            La otra tarde, Viti se sentó junto a Rafa. Ella es la ricachona del grupo. Rafa es el limosnero de la comunidad. Mientras él mendiga a la puerta de la iglesia y vive arrastrando desde hace meses una pierna metálica, ella se mantiene de la renta de negocios exitosos.

            En aquel círculo en que los extremos de la sociedad se tocaron mientras recitábamos la plegaria de Jesucristo, percibí la imagen de la Iglesia, el concepto del cuerpo místico de San pablo.

            Todos somos iglesias: la acaudalada y el indigente, el que muere de hambre y el que fallece a causa del colesterol, el que gana más de lo que puede gastar y el que sobrevive gracias a la limosna.

Somos iglesia los buenos y malos, santos y pecadores, el místico y el blasfemo, el devoto y el hereje, el que ama y el que odia, el que sufre y el que goza, beatos y apóstatas, el que busca siempre y el que no encuentra nunca,.

Somos iglesia los que se mantuvieron siempre fieles y los que regresan después de una larga peregrinación por otros credos, de tener el corazón en otros dioses y de haberse extraviados por mil caminos truculentos.

Somos iglesia los artesanos y  los científicos, los sabios y los necios, los que blanden las armas y los que manejan la pluma, los consagrados y los seglares, los fervientes, los tibios, los fríos, los que rezan a todas horas y los pecan todo el tiempo.

Todos somos del rebaño del Buen Pastor, a todos ha salido a buscar y las puertas de nuestras casas está llamando para sentarse a nuestra mesa y cenar con nosotros. Santa Mónica estuvo llorando y orando por la conversión de su hijo durante treinta años. Santos y pecadores formamos la iglesia, y debemos interceder los unos por los otros, orando y llorando como Mónica por el borrachito que muere ahogado por el vino en cualquier callejón oscuro rodeado de vómitos y ratas; por el marido maltratador, por el que apuesta el sueldo con el que debe mantener a su familia, por el adúltero, por el pornógrafo, por el que cabalga a lomos del caballo y la heroína para que, entre trato y trago, entre apuesta  y apuesta, entre paliza y paliza con la que lastima a la mujer con la que está unido, nuestra oración sea la mano que detenga la puñalada fatal y les haga volver el rostro hacia Jesús que, con los brazos abiertos y la mirada del padre bueno, siempre espera que vayamos al encuentro de su abrazo.

domingo, 12 de agosto de 2012

Un Violinista en el Metro

La vida cotidiana está repleta de fotos fijas que nos sorprenden varados en alguna orilla  del tiempo. El álbum de los retratos cotidianos está lleno de escenas en las que nos vemos saltando rápidamente de la cama, calzándonos las zapatillas, cepillándonos los dientes; metiéndonos a toda prisa en el autobús, tomando un café apresurado, echando un vistazo de sonámbulo a los titulares de los periódicos, dando besos tibios y abrazos de compromiso, corriendo a llevar o recoger los niños del cole, metidos en un atasco y volviendo a casa sin saludar a nuestros vecinos ni conocer de los compañeros de oficina algo más que su nombre y de qué equipo es aficionado.

            Hace algunos años, en el metro Washington, un hombre se sentó en una silla y comenzó a tocar el violín. Era enero y hacía un frío espantoso, pero durante cuarenta y cinco minutos aquel joven interpretó seis obras de Bach. En ese tiempo se calcula que pasaron por delante del músico alrededor de mil personas.

            Tuvo que pasar casi tres minutos para que el primer hombre se parara ante el violinista, pero hasta poco después no fue cuando recibió de una mujer la primera moneda: la arrojó rápidamente en la lata sin detener su marcha. Un momento más tarde, alguien se apoyó contra la pared para escucharle, pero enseguida miró el reloj y continuó su camino. El que más atención prestó fue un niño de tres años, que luchó durante unos segundos con su madre para que le permitiera quedarse a escuchar, pero su madre le cogió del brazo mientras el chiquillo volteaba la cabeza hacia atrás buscando al músico. Esta circunstancia se repitió con otros niños, y sus padres actuaron de la misma forma que la primera madre. En los tres cuartos de hora que duró el concierto callejero, sólo siete personas se detuvieron y otras veinte dieron dinero. En total, el músico recaudó unos treinta y dos dólares. Cuando acabó de tocar, no hubo ni aplausos ni reconocimiento.

            Lo que casi nadie sabía es que el violinista era Joshua Bell, uno de los mejores músicos del mundo, tocando obras de muy complicada ejecución en un violín valorado en más de tres millones y medio de dólares. Dos días antes de su actuación en el metro de la ciudad estadounidense, Bell llenó un teatro en Boston con entradas que costaban por encima de los cien euros. Y digo casi nadie, porque sólo una mujer, Stacy Fukuyama, sabía del talento de aquel concertista, y que cuando llegó, al final del repertorio, quedó paralizada tanto ante el alarde del virtuoso como de la ignorancia de los transeúntes.

            Si nos fijamos en los distintos personajes, tenemos en primer lugar a una masa anónima que pasa delante del violinista sin fijarse en él; para éstos el músico es absolutamente invisible. Están los que echan unas monedas en el bote pero sin pararse a observar el espectáculo, la calderilla que dejan es para satisfacer una caridad de oficio, una entrega sin amor, mecánica, lo mismo darían la limosna a un mono saltimbanqui, a un comedor de fuego o a un mimo. Aparecen después los niños que se empeñan en quedarse y las madres que les empujan a seguir caminando. Para los críos la prisa es una cosa de mayores y lo miran todo con los ojos nuevos de la inocencia. No entienden por qué sus madres les impiden quedarse y observar, qué emergencia es la que les acucia. Está la chica que le reconoció, paralizada tanto por la entidad del artista y del valor de su violín, como por el desconocimiento del público hacia la categoría del músico y de la incapacidad para reconocer su pericia artística. Finalmente, está Joshua Bell, el violinista, aclamado días antes en Boston por un público numeroso y entendido y que, si careciera del éxito de los ambientes elitistas, a duras penas sobreviviría como artista callejero en una gran ciudad. Seguiría siendo el mismo gran artista interpretando con la maestría de un genio las obras de Bach desde las notas sacadas con un instrumento de millones de dólares, pero nada de eso le salvaría de pasar inadvertido.

            Jesús es ese artista anónimo y prodigioso que toca cada día para nosotros obras maestras mientras nos sale al encuentro como alguien invisible y extraño, al que quizá a veces arrojamos unas monedas sin amor camino del trabajo. Ese virtuoso único que despliega un tesoro de valor infinito para que los cojamos a manos llenas, donde hay metida en un cofre sin fondo una fortuna que nunca se agota.

            A veces el corazón anhela la vida reposada de los monasterios, donde la existencia se saborea despacio y los instantes transcurren a cámara lenta como captadas por las lentes de esas cámaras ultramodernas que nos permiten observar cómo estalla una palomita de maíz, la explosión de una flor o cómo, en lo que dura un parpadeo, una oruga se transforma en mariposa. Cuántas veces Cristo pasa inadvertido por nuestra vida, incluso de las mismas iglesias, y apenas le dirigimos una mirada o un rezo distraído, pero Él sigue igual de tenaz tocando la más maravillosa de las músicas de la manera más increíble esperando que alguien le preste un poco de atención.




sábado, 11 de agosto de 2012

Ojos de Muñeca


Una de las mayores victorias del modernismo es haber logrado separar a Cristo de la cruz.  A base de trampas de púgil marrullero, el hombre de estos tiempos ha conseguido sacar a Jesús de la intensa oración del Huerto de los Olivos y del desierto donde ayunaba. Lo ha invitado a sentarse en primera fila en el concierto de rock duro, le consiguió empleo como portero de discoteca y le ha puesto a repartir tragos en los botellones del fin de semana. Dejó de ser padre para comportarse como un compadre: el que nos ríe los chistes sin gracia y se apunta a nuestras gamberras; dejó de ser guía para comportarse como un coleguita.

                Una vez desclavado a Jesús del madero, el evangelio del sufrimiento ya no tiene sentido. El hombre de hoy no quiere saber nada de errores ni de horrores. De tanto mirarse al espejo se ha convencido de que, por mucho que pasen los años, siempre podrá encontrarse hermoso. Corre diez kilómetros diarios, se engrasa de potingues para apuntalar la juventud, estirar arrugas  y tonificar muslos y brazos; inventa pócimas de belleza eterna y aparatos que prometen devolvernos el tono muscular de los veinte años. La industria de la belleza mueve cada año inmensas fortunas, por todas partes nos anuncian fábricas de cosméticas y clínicas de adelgazamiento que, por lo que cuesta un riñón pero a pagar a plazos, nos vuelven más altos, más jóvenes, más saludables. En el fondo, están logrando que el hombre se crea inmortal y que podemos esquivar la muerte con trucos de esteticistas y recetas de curandero.

                Quizá por eso muchos cambian el móvil dos veces al año, de zapatos cada temporada y de mujer cada tres meses. El televisor nos dura lo que tarde en llegar a las tiendas uno más sofisticado. Ya no se remienda la ropa ni se arreglan lavadoras. Los abuelos que vivían con nosotros cuando ya no se valían por sí mismos, ahora los empaquetamos y les enviamos a residencias donde no nos recuerden que también a nosotros nos llegarán los achaques de la artrosis, el temblor de las manos y el olvido de la memoria. Pero claro, seguimos amando a esos seres que queremos ver lo más lejos posible de nuestra vista y, como no deseamos que sufran los pobrecitos, lo mejor es que se vayan en paz.

                Por eso a la eutanasia lo llaman muerte digna. Los que logran que les pinchen un chute de morfina demasiado generosa que acabe con sus vidas, son presentados como héroes y mártires de una causa que debería ser común al resto de la humanidad. Se presiona para que la ONU la inscriba en la carta de los Derechos del Hombre. Todo el que se oponga es arrinconado y lanzado a los leones de lo políticamente correcto.

                Alejandro Amenábar en su película Mar adentro logró presentarnos como un santo a quien, postrado en una cama, luchaba desde hacía años porque le asesinaran. Algo parecido vimos en Millon Dollar Baby, y muchos quisieron ser como Clint Easwood. Pero la auténtica muerte digna fue la de Olga Berjano,  tetrapléjica durante décadas y que, sin poder hablar, logró escribir dos maravillosos sobre el valor de la vida. O Chiara Luce Badano, que murió de cáncer de huesos, enamorada del regalo que le dio Dios al nacer. O como Ron Hoube, un enfermo belga que estuvo en coma durante mucho tiempo y que fue declarado que moriría en estado vegetativo, pero que un día despertó  veintitrés años después proclamando que “yo gritaba pero nadie me escuchaba”.

                Anna Shapiro entró en coma el mismo día que asesinaron al presidente Kennedy. Su esposo juró amarla y serle fiel en la salud y la enfermedad todos los días de su vida hasta que la muerte los separase. Y cumplió su promesa. Él estuvo a su lado durante casi treinta años: la aseaba, la peinaba, le daba de comer, rezaba junto a ella. En los primeros tiempos, Anna sufrió lo que se llama tener ojos de muñeca, dormía con los ojos abiertos y su marido Ron le administraba unas gotas en los ojos para evitar que se secaran. En 1992 Anna despertó del coma, y se encontró a su lado con un viejo al que no reconocía: era su marido. Al verse en el espejo, ella misma se sintió extraña.

                -Encienden la televisión, Ron, para ver Yo amo a Lucy –le dijo al marido nada más despertar, creyendo que aún emitían un programa de éxito tres décadas atrás.

                Lo curioso del caso es que Anna y Ron vivieron otros once años de feliz matrimonio.



                No hay nada más anacrónico que el modernismo. El hombre antiguo sacaba fuego de frotar dos troncos o aplastar una piedra, hasta que lo moderno fueron las cerillas o el mechero. Durante algún tiempo fue lo más fashion llevar el pelo largo, y otras en que lo que se usaba era el cabello corto; unos tiempos era moda los pantalones de campana y después llevarlo por la rodilla o con pierna de tubo.  Ahora nos quieren convencer de que la eutanasia es el último grito de la solidaridad humana. Mientras ese modernismo se pasee por las pasarelas de la historia desenchufando los cables de las máquinas a los que se aferran los enfermos graves o clavando jeringuillas envenenadas de muerte a quien nos dice no querer seguir viviendo, siempre existirán las Chiaras y las Annas que se nieguen a devolverles a Dios el regalo de la vida.

viernes, 10 de agosto de 2012

Científicamente probado



Rezar es bueno para la salud. Fortalece el sistema inmunológico, reduce el estrés y previene la depresión. Es un potente antídoto contra el suicidio, estimula la memoria y mejora el sueño. No provoca alergias, mareos ni dolor de estómago. No engorda ni produce colesterol, previene el Alzhéimer, alarga la vida y ahuyenta la depresión. Además, carece de efectos secundarios.

                Rezar no consume energía. Ni encoge, ni mancha ni contamina. No arruga, ni maltrata ni agrede la capa de ozono. Es cien por cien espiritual. No lleva aditivos, conservantes ni colorantes. No provoca accidentes, no causa catástrofes naturales ni lanza a la atmósfera emisiones de CO2.

                Rezar es gratis. Da mucho y no cuesta nada. No se agota nunca y asegura la vida eterna. Da frutos todo el año. No paga impuestos ni  hacerlo requiere solicitar licencia; cuanto más lo usas menos se gasta. Se ofrece sin interés y da mucho beneficio. No lleva pilas ni funciona con monedas, pero su cobertura alcanza el más allá.

                Rezar no irrita ni desespera. No es egoísta ni lleva cuenta del mal. Es paciente y provoca alegría, espanta temores y te hace probar el cielo sin ser una droga. Lo mismo vale para una emergencia que para un capricho, y auxilia tanto a los vivos como a los muertos.
                Rezar es apto para todos los públicos. Puede usarse en la playa o en la montaña, en voz alta o en silencio. Cuando estamos tristes o cuando saltamos de felicidad, en la guerra o en la paz, en el estadio o en el laboratorio, el taller o en la tienda.

                En caso de duda, consulte con cualquier persona de fe.

jueves, 9 de agosto de 2012

¿Quién dijo Qué?


Según Kipling, las palabras son la más potente droga utilizada por la humanidad. Quevedo dijo que son como monedas, que una vale por muchas y muchas no valen por una sola, y Horacio expresó que la palabra dicha no sabe volverse atrás.

                Hace muchos años me contaron la anécdota de una bailarina que, minutos antes de subirse al escenario, se torció un tobillo. La megafonía del teatro no funcionaba, por lo que sólo los espectadores de la primera fila supieron de la pequeña lesión de la estrella y de que el espectáculo debía suspenderse. Los presentes fueron transmitiendo la noticia unos a otros, añadiendo en el boca a boca un tanto de gravedad por cada nueva versión contada. Cuando el aviso llegó a las butacas del fondo, la bailarina ya estaba en coma irreversible y hasta le habían administrados los últimos sacramentos.

                Lo que ocurrió entre la primicia que se comunicó a los primeros espectadores y la transcripción recalentada y degradada del último grupo, fue que sobre las espaldas de una verdad muy simple cargaron el peso de un millón de palabras. Palabras engordadas con el pienso de la imaginación, palabras condimentadas con la sal y la pimienta del chisme, proyectadas en el tiempo y en el espacio por el megáfono de un pregonero de feria fantasioso.

               
  Scott Fitzgerald afirmaba que se puede acariciar a 
la gente con las palabras y Demóstenes prefería las que salvan a las que gustan.

                Con palabras decimos qué guapa estás, cómo me gustas, te quiero. Con palabras se escriben versos, se envían felicitaciones, cantamos un cumpleaños feliz, levantamos el ánimo y damos el pésame. Hay palabras que se transforman en brazos que rodean y en remedios que curan. Con ellas se recitan plegarias, se componen baladas y se proclama la buena noticia. De las palabras se sirven los profetas y los pregoneros, los cantantes y lo juglares; con ellas contamos chistes y confiamos secretos. Con palabras se arengan las tropas, se presta juramento y pedimos matrimonio; se escriben las leyes y se dicta sentencia, comunicamos el nacimiento de un hijo y felicitamos la Navidad.


                Las palabras pueden sanar. Hace unos años, en Nueva York, una profesora llamó uno por uno a cada uno de sus alumnos y le entregó a cada uno tres cintas azules donde estaban escritas en cada una  de ellas “Mereces mi reconocimiento”. Les pidió que entregaran  la primera de ellas a alguien especial por el que sentía admiración; y que las otras dos deberían formar una cadena con otras personas que fueran importantes para alguien.
                Uno de los chicos de la clase fue donde un joven ejecutivo de una empresa cercana que le había ayudado en otro tiempo. Colocó cinta azul en su camisa y le dio las otras dos cintas.
                -Estamos haciendo en clase un proyecto sobre el reconocimiento a otras personas que fueron algo importante para  nosotros –le dijo-, y me gustaría que usted busque a alguien a quien admire para que le dé estas una de estas dos cintas, y que esa persona haga lo mismo con alguien más.
                El ejecutivo que recibió la primera cinta, fue esa misma tarde a hablar con su jefe, un tipo huraño. Se sentó al lado de este ejecutivo malhumorado y le dijo:
                -Le admiro profundamente porque es usted un ejecutivo muy creativo, y me gustaría colocar en el pecho esta cinta como regalo.
                -Hazlo –dijo su jefe.
                -¿Me haría un favor más? ¿Quiere tomar esta cinta extra y dársela a alguien más que sea muy importante para usted?
                Esa noche, el ejecutivo llegó a su casa, buscó a su hijo adolescente y se sentó junto a él.
                -Hoy me ha pasado algo increíble. Estaba en mi oficina cuando uno de mis jóvenes ayudantes entró en mi despacho y me regaló esta cinta. Me dijo que me admiraba. Me dio una segunda cinta y pidió que se la entregara a una persona que significara mucho para mí. Quiero darte este reconocimiento. Vivo días muy agitados, y cuando llego a casa no te presto atención. A veces te grito por no sacar buenas notas o por tener el cuarto hecho un desastre. Tu madre y tú son las personas más importantes en mi vida y ¡te quiero!       
                El adolescente comenzó a sollozar:
                -Papá, estaba planeando suicidarme esta mañana porque pensaba que tú no me querías. Pero ya no necesito hacerlo.

                Martin Luther King tuvo un sueño en el que todos los hombres, blancos y negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos, gritaban juntos: ¡Por fin somos libres! Con cuatro palabras Churchill convenció a un pueblo desmoralizado que, con sangre, sudor y lágrimas lograrían ganar la guerra. Con siete de ellas pronunció Jesús su último sermón, y con una sola el juez siempre decide sobre la libertad de las personas.

                Un proverbio sentencia que hay que masticar las palabras más que un trozo de pan, y otro nos recuerda que el que mucho habla, mucho yerra. Para Robert Burton, una palabra hiere más profundamente que una espada, y para Ortega y Gasset es un sacramento de difícil administración. El Evangelio, por último, nos recuerda que deberemos dar cuenta de cada palabra ociosa.

                Rosa era una mujer herida. Sufría el maltrato verbal de un marido que la consideraba la peor esposa y la peor cocinera, un desastre como compañera, como madre y como ama de casa. Sus hijos nunca la visitaban y carecía de amigas. El único sitio donde se sentía querida era en el grupo de oración de la parroquia. En el coro tocaba la pandereta porque no tenía oído para el bombo y no aprendió a rasgar la guitarra. Esa tarde la directora del coro había tenido un día para olvidar, y, para colmo, Rosa no acababa de seguir el compás de la música. Después del quinto ensayo fallido, la directora arrancó con brusquedad la pandereta de la mano de Rosa, y le soltó:

                -Desde luego, bonita, tienes menos sentido del ritmo que una cafetera.

                Esas palabras fueron como una sentencia de muerte para una mujer que llevaba meses luchando al borde del precipicio. Lo que no sabía la coordinadora del grupo que ese día a Rosa le robaron el bolso en el mercado, se le pegó la comida y el esposo le anunció que se largaba a vivir con una amiga. Cuando llegó a su casa, Rosa se atiborró a tranquilizantes, y, horas después, luchaba por su vida en un hospital.

                De la misma manera que las palabras pueden ser instrumentos de bendición, pueden transformarse también en armas de herir y de matar. Oímos cosas como “maldito seas”, “vete al infierno”, “ojalá te mueras”, “hijo de Satanás”, “sal de mi vista”. Las palabras esparcen infundios, escupen calumnias, lanzan reproches y cursan amenazas. Sirven para hundir reputaciones, disparar rumores sin fundamento y entablar pleitos.  Las palabras pueden servir para condenar a inocentes o para proporcionar coartadas tramposas a los granujas. Las palabras juran en vano y prometen imposibles, esconden verdades y airean secretos escandalosos. Con ellas los pornógrafos de papel hacen fortuna y los editores de libelos pisotean el buen nombre de gentes y empresas, o contaminan la opinión pública señalando enemigos o creando simpatías hacia causas mezquinas.

                Aquella noche Rosa llegó a Urgencias a tiempo de que le hicieran un lavado de estómago y sobrevivió. Es cierto que la frase lapidaria que escuchó de la directora del coro fue sólo el último lego que remataba una torre gigantesca de desprecios, pero esas palabras insensatas pudieron causar la condenación de Rosa.

                Muchas veces las palabras son más peligrosas que los cuchillos. Una ofensa puede dejar una cicatriz más profunda que un navajazo o un par de costillas rotas. En ocasiones pasan años y aún nos quema el recuerdo de un insulto o una injuria recibida.

                En estos últimos tiempos ha surgido una nueva casta: los chismosos profesionales. La televisión ha lanzado al estrellato a una legión de cotillas de lengua muy larga y conciencia muy escasa que destrozan vidas y arruinan carreras. Lo peor del asunto es que cuenta con un público multitudinario dispuesto a digerir cualquier bulo, a reírles la gracia y respirar sus ventosidades. Son en escenarios como ésos donde se manosean las palabras sin cuidado, donde se cargan las metralletas del odio y donde surgen las leyendas negras que al final terminan colando como verdades irrefutables.

                Según la marquesa de Sévigné, hay palabras que suben como el humo y otras que caen como la lluvia. El ser humano es la única especie que se vale del lenguaje para comunicarse. Y lo hace por medio de palabras que usan para amar y para odiar, que salvan o hunden, que confortan o descorazonan, que siembran la paz o declaran la guerra, que valen para ganar fortunas o dejar en la ruina. Palabras con las que se apalabran negocios, se urden fraudes y se cometen perjurios, que sirven lo mismo para el conjuro de una hechicera o para formular el juramento hipocrático, que arrancan sonrisas o nos hacen llorar, con las que decimos siempre y nunca, te quiero o no vuelvas más, con las que cantamos un gloria o lanzamos amenazas y chantajes. Con las palabras los santos alaban a Dios y los tiranos aterran al pueblo.

                El apóstol Santiago nos encarga que no murmuremos del hermano. San Pedro nos recuerda que aquellos que amamos la vida y queremos ver días buenos, tenemos que refrenar nuestra lengua de hablar mal de los demás y de decir calumnias. En Proverbios nos dicen que el sabio refrena su lengua, sólo el necio dice cuanto sabe y la consecuencia es dolor y dificultades. Salomón, en su sabiduría, escribió que “Mejor es vivir en el desierto o dormir con una gotera cayéndote en la cara en una noche lluviosa, que convivir con un chismoso”. Y hasta Cicerón afirma que nada se expande más que una calumnia.

                Cuidado con las palabras que pronunciemos, porque de cada una de ellas somos responsables y de ellas nos pedirán cuentas.







miércoles, 8 de agosto de 2012

El Ruido de un Trueno

Seguro que les sonará eso del efecto mariposa o la teoría del caos. Hablando en plata, esta hipótesis nos viene a decir que el simple aleteo de un insecto podría el cambiar el mundo. Pisamos un gusano hoy y dentro de un millón de años a lo mejor en Bangladesh una hambruna se lleva por delante a millones de niños.

                El Ruido de un Trueno es un cuento de Ray Bradbury. En él se cuenta el viaje en el tiempo de un grupo de cazadores que dan vueltas al revés al cronómetro de la historia para matar un dinosaurio.

                El jefe de la expedición les advierte que todo está previsto. Sólo deberán asestarle un par de tiros en la cabeza a un animal prehistórico que, por lo demás, si no se altera el curso de los acontecimientos, morirá accidentalmente. El organizador del viaje confiesa que, a lo mejor, están equivocados y la teoría en que se basan es una conjetura inofensiva que sólo provocará un cambio tan leve como una suave brisa o un cabello roto. O tal vez matar por accidente a un ratón en el pasado remoto provoque, primero, un desequilibrio entre los insectos que se alimentan del cadáver del roedor; una mala cosecha más tarde; hambrunas colectivas después. Acabar por accidente con un ratón conllevaría destruir las futuras familias de ese bicho, luego una docena, más tarde mil, un millón después.

Por la falta de diez ratones, muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres,  billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno  de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero alguien ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas es toda una nación futura. De él nacerán diez hijos. De éstos surgirán cien niños, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye una raza, un pueblo, una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, mil millones de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizás Europa sea para siempre un bosque oscuro. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. La reina Isabel no nacerá nunca., Washington no cruzará el Delaware, nunca existirá un país llamado Estados Unidos”.

El hombre moderno está preocupado por el cambio climático, y eso es bueno. Por la lucha contra la extinción de muchas especies, y eso es bueno. Moviliza recursos y apela conciencia para evitar matanzas como la de la caza de las ballenas, y eso también es bueno. Nos conmovemos ante un animal maltratado, por un gato que ha caído en un pozo o por un perro que ha atravesado solo Norteamérica para encontrarse con el dueño que lo había perdido. Y eso también es bueno.

Sin embargo, nos ponemos frente al televisor con una bandeja de palomitas de maíz mientras el telediario anuncia cinco mil muertos en un terremoto, el recuento del último parte de guerra en Oriente o el detalle de la crónica negra de asesinatos, redadas, trata de blancas o de náufragos sin nombre ahogados en su travesía hacia el paraíso europeo. No nos duele el dolor de tantos hermanos. Nuestra conciencia ha sido domada hasta el punto de no provocarnos ningún escalofrío cuando la multinacional del aborto anuncia que, desde 1980, en el mundo más de mil millones de fetos han sido eliminados.

Lo malo de este asunto es que el aborto  es el ratón que acabamos de aplastar al otro lado del tiempo, una bala que acaba de dispararse. Apenas notamos el chispazo de la pólvora cuando sale despedida desde el cañón del revólver. Y lo vemos con la lente de una de esas  cámaras que ruedan a alta velocidad y muestran el resultado a ritmo lentísimo. Cuando el proyectil del aborto haga diana  en el tablero de la humanidad, aún habrá de pasar quizás mucho tiempo. Mil millones de personas hacen número para vaciar muchas ciudades y muchos países, para que se echen a perder incontables cosechas y para que cientos de miles de bocas mueran de desnutrición. Mil millones de personas son muchos ratones aplastados por un cazador despreocupado que pisó un sendero equivocado en alguna aldea legendaria de la prehistoria.

En medio de esa multitud tan increíble de los mil millones de embriones abortados, se habrá frustrado el talento de muchos músicos, que se dejen de escribir algunos quijotes y hamlets, que dejen de pintar los nuevos Rembrandts y los nuevos Picassos, que no vuelvan a surgir Da Vincis y Miguelángeles. Dentro de cien o doscientos años, quizás no haya médicos suficientes para atender a tantos enfermos, ni trabajadores cotizando para costear el retiro de tantos pensionistas. Dentro de un par de siglos tal vez miles de asilos tendrán que cerrar y millones de ancianos deberán malvivir sus últimos días empujados a morir solos. Habrá ciudades sin zapateros remendones o sin poetas, pueblos sin fiestas, mujeres si esposos, esposas sin marido. Cerrarán multitud de escuelas y tal vez ya no habrá quien sepa contar un cuento o enseñar una oración.

El rastro el aborto en la sociedad es una trampa de relojería que irá detonando poco a poco en pequeños cataclismos cada vez más potentes, contagiados por una especie de epidemia diabólica hasta que un último estallido formidable haga que la humanidad entera salte por los aires y no quede nadie para retirar los desperdicios.