El ateísmo viste muchos uniformes. Está el
materialismo del Archipiélago Gulag, el de Mao, Stalin, Polpot y Hitler, con su
intento de aniquilación de Dios a bocajarro, el que somete el fenómeno
religioso a pasar por las depuradoras de la deportación, la cárcel o el
exterminio. Está el ateísmo filosófico que desde Nietzsche han arrojado al hombre
de fe sobre el foco de una tramoya burlesca en cuyo reparto figura interpretando
siempre al tonto del pueblo. Está el ateísmo científico que anda escondiendo a
Dios y escondiéndose de Dios en los burladeros de lo palpable, y que, con cada
respuesta que encuentra a los enigmas de la creación, desencadena muchas otras
preguntas que tiene que despejar en un eterno comenzar de nuevo.
Pero
el peor ateísmo de todos es el de ciertos creyentes que tratan de mostrar a Jesús como un hombre bueno más, y al
cristianismo como un mero símbolo o una especie de código de buenas prácticas. Una
guirnalda o un muñeco sonriente más que se desempaqueta de la caja de los
trastos sólo por Navidad.
Como
no son pocos los piratas que desde siempre han querido hundir la nave de la
Iglesia desde que el día de Pentecostés san Pedro mandó levar el ancla de la
barca, a bordo también se enrolaron todos los heréticos que a lo largo de la
historia del cristianismo han tenido algo que decir. Desde el gnosticismo y el
arrianismo, el maniqueísmo y el pelagianismo. Con Lutero llegaron las modernas
herejías de las sectas protestantes, y hasta el día de hoy no han parado de
hacer cumplir la profecía de nuestro Señor que nos advirtió que surgirían
muchos falsos profetas que engañarían a muchos.
A
lo largo de los siglos, los amotinados han cambiado de vestimenta y han refinado
los métodos, pero siempre han perseguido alcanzar la sala de máquinas y desde allí gobernar la
nave. Ya desde el siglo VI el gran Gregorio Magno explicaba muy bien la carga
que desde siempre debe soportar vicario de Cristo:
“Indigno
y débil, me he hecho cargo de un viejo barco castigado por las olas que le
envuelven por todas partes, un navío con la quilla podrida y cuarteada, azotado
por la galerna que amenaza con echarlo a pique”.
Pero ese buque se ha
mantenido a flote a pesar de haber cambiado tantas veces de tripulación y de insurrectos,
indestructible al óxido del tiempo, la voracidad de las tempestades y la saña
de los corsarios.
Las
grandes herejías del momento que se va abriendo paso a empujones son el
modernismo y el relativismo. Los que predican el Evangelio según Pepe o según
Paco, un cristianismo tuneado al que se le ha desprovisto de la teología del
sacrificio, ha cerrado el infierno y el purgatorio, ha decretado de la muerte
de las virtudes teologales y hasta ha bajado a Cristo de la cruz para que
parezca uno más entre tantos. Es un Evangelio al que le han arrancado tantas
páginas que se ha quedado en un simple folleto publicitario donde Jesús no es la estrella protagonista de la
redención del hombre, sino un actor secundario que sirve lo mismo para
llevar unas flores que para dar un pésame.
Sin
señalar a nadie, a todos nos vienen a la cabeza esos hombres y mujeres que un
día se consagraron a Dios, que juraron, entre otros votos, el de obediencia,
pero que ahora se ofrecen como voceros y avalistas de los que promueven la
cultura de la muerte.
Insensatos.
Cristo no nos invitó a escoger de su doctrina aquello con lo que más cómodos
estuviésemos, ni siquiera con lo que estuviéramos de acuerdo. El paquete lo
vendió completo.
Un
entrañable cura, de esos de los de antes con sotana, ayuno y cilicio, contaba
que cada vez que se presentaba en casa de un moribundo para administrarle los
últimos sacramentos, los familiares del enfermo solían decirle:
-Tenga
cuidado con lo que le dice no vaya a ser que se asuste”.
-Más
vale que entre asustado en el cielo que silbando un chachachá en el infierno”, solía contestarle el
padre.
Si
en lugar de elegir Jesús a sus discípulos entre gente bruta y flojos de ánimo,
hubiese escogido a doce modernistas, aún hoy seguirían reunidos tratando de
ponerse de acuerdo sobre si lo que sopló el día de Pentecostés fue el aliento
del Espíritu Santo o el polvo que levantaron una caravana de comerciantes
persas en el momento en que sacudieron todos a la vez sus alfombras.
Lo
peor del caso es que los teólogos del buen rollito quieren seguir llevando
colgada la etiqueta de católicos. Quizás la Iglesia debería registrar los
derechos sobre el título de este término para que nadie se valiese de esa
autoridad no para ensalzarlo y defenderlo, sino para contradecirlo y
denigrarlo. Sería como acuñar una especie de denominación de origen como el
aceite de oliva o el jamón de jabugo. Y tendría sus controles de calidad como
los muebles, los coches o los paraguas. Nadie en su sano juicio quisiera ser
responsable de que alguien muera atropellado por un coche que no frenó a tiempo
o que acabase con un ojo tuerto porque un paraguas se abrió al revés. Pues esos
teólogos modernos son como los paraguas que siempre se abren hacia adentro.
La
Iglesia también tiene sus controles de calidad pero, como su reino no es de
este mundo, su horario de oficina tampoco. Por eso tarda tanto en pronunciarse
sobre casos de religiosos que reescriben el Evangelio según su ideología y son
autores de libros o propietarios de cátedras en universidades católicos donde
se venden coches que frenan mal o paraguas que abren al revés.
Resulta
divertido ver los esfuerzos de los que tienen a lo católico como enemigo
principal y causa de todos los males del género humano desde el principio de
los tiempos, aconsejando a la Iglesia lo que debe hacer para que las ovejas
descarriadas vuelvan al rebaño sin dejar de ser descarriadas, y para que los
templos se llenen de pecadores sin arrepentimiento ni propósito de enmienda. Son
los mismos que no sabrían diferenciar un ambón de una novena. Su receta del
éxito consiste en barra libre para todo el que quiera abortar, bendición de las
uniones homosexuales, sacerdocio de mujeres, anticoncepción a mansalva y que
cada uno escoja una moral a la carta. Para estos últimos se les puede
confeccionar un traje a medida donde cortemos todos los dogmas que nos
encorsetan y no nos hacen vernos guapos en el espejo de la modernidad.
Tenemos
noticias para ellos: ese cristianismo de rebajas ya lleva en los escaparates de
las grandes denominaciones protestantes desde hace décadas. Las llamadas
iglesias liberales como los luteranos, presbiterianos, episcopalianos y
metodistas han pasado de representar en cincuenta años el cuarenta por ciento
de los cristianos norteamericanos a sólo el doce. En Inglaterra ya hay más
católicos practicantes que anglicanos que asisten a sus cultos. En Alemania los
protestantes se han reducido a la mitad desde 1950. En algunas partes, el
catolicismo también ha sufrido este fenómeno del liberalismo evangélico.
Durante el fragor de la teología de la liberación, los Boff y sus discípulos
lograron meter en las iglesias a la guerrilla, pero pusieron primero a Dios de
patitas en la calle, y de paso dejaron los templos sin fieles. Podría seguir
con estadísticas hasta cansar, pero sería inútil porque esto ya lo saben los
mismos que insisten en ello porque ya nos lo dijo nuestro Señor: “Los
hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz”.
El
modernismo ha atrapado en sus nasas a las pescadillas de denominaciones
progres, pero la pieza que persiguen es caza mayor, la gran ballena: la Iglesia
Católica. Durante dos mil años el catolicismo ha resistido heroicamente
empuñando la bandera del Evangelio, no dejándose engatusar por la modernidad de
cada momento, sabiendo que es depositaria de un tesoro que no admite
devaluaciones ni copias de bisutería. El día que lo hiciera, el cristianismo
estaría reconociendo que lleva dos mil años timando a la gente con un fraude
que habría tardado milenios en descubrirse. Por el camino se habría derramado
inútilmente la sangre de millones de mártires, la pureza de las vírgenes, los
dolores de muchos santos y la fe sencilla de tantísimos cristianos viejos.
La
fe en Cristo la propagan los testigos, y muchas veces la ahuyentan los malos
teólogos. Y aun cuando fuera cierto que si la Iglesia siguiera sus doctrinas
modernistas abarrotaríamos las iglesias, pero las estaríamos llenado de
modernistas y vaciándola de Dios.


















