martes, 10 de septiembre de 2013

Tropiezos definitivos

Venimos para un bautizo y nos quedamos para un entierro”.  Esta frase –escuchada  a una de las víctimas del accidente ferroviario de Santiago- pone al descubierto la fragilidad de la condición humana y muestra también la incapacidad del hombre para sortear el destino adverso.

Nos creemos los reyes del mambo hasta que la quiebra económica, los desastres naturales o algún suceso trágico nos recuerdan que no somos más que juguetes rotos en las manos de una criatura ciega que se abre camino a manotazo limpio.

Vivimos como si fuésemos a existir eternamente. Compramos casas con las que nos endeudamos de por vida, coleccionamos cachivaches inútiles, amontamos tesoros y levantamos pequeños o grandes imperios como si fuésemos a sobrevivir a la decrepitud del tiempo, el óxido de la vejez o la llegada de la muerte.

Jesús nos advierte que debemos estar preparados porque nadie sabe cuándo será el día y la hora de nuestra marcha. Pero ello no nos impide caer en las trampas  del materialismo. Rendimos culto al cuerpo, nos afanamos por llevar una vida sana, comer delicatesen con los que se apadrinarían niños durante un año, sudamos la gota gorda en la cintas de correr o nos  embadurnamos de aceites y potingues que apuntalan la juventud o alargan la belleza. Vivimos al día y nos movemos a toda prisa pretendiendo dejar atrás el dolor y la enfermedad y esquivar a la muerte.

Pero el camino está empedrado de emboscadas que nos recuerdan que somos peregrinos transitando sobre una tierra hostil. Cuando menos lo esperamos, los ríos se desbordan, las cosechas se malogran, irrumpen los aguaceros que pudren los campos, ahogan animales e inundan las casas. Viajamos cómodos en un asiento de primera mientras tecleamos mensajes en el móvil o navegamos en el portátil, hasta que un pequeño error de cálculo, un despiste, una maniobra a destiempo, logran que un tren descarrile, un coche acabe en la cuneta o un montón de ataúdes de apilen en la morgue.

De nada nos habrá valido la seguridad de la cuenta corriente, lo sanos que habremos vivido o los miles de kilómetros recorridos para mantener la salud. Creemos estar a salvo detrás de un billetera abultada, un trabajo de ejecutivo y  un futuro prometedor, hasta que un mal paso dado o una mala jugada del destino nos deja indefensos y desnudos ante la tragedia inesperada que nos ha convertido en un número más en una estadística aterradora que se llevó por delante un accidente de autobús, una catástrofe aérea, un bosque quemado por unos desaprensivos o un tren que de pronto salta por los aires.


En los hangares de la vida hay muchas maletas dando vueltas sobre la cinta mecánica esperando a dueños que nunca pasarán a recogerlas. “Vanidad de vanidad, todo es vanidad”.

miércoles, 23 de enero de 2013

Justos por pecadores



Desde los días en que Judas vendió su alma en la lonja de los traidores y decidió que poner precio al mismo Dios no valía más de treinta monedas, la barca de la Iglesia tiene un problema con los que se enrolan a bordo como tripulantes y acaban saboteándola desde dentro como corsarios amotinados.

Arriano fue sacerdote y después obispo antes de convertirse en uno de los mayores herejes de la cristiandad. Richelieu, además de cardenal, no le importó ponerse al lado de los protestantes que buscaban la aniquilación de los católicos con tal de apuntalar sus intereses perversos, ni tampoco le preocupó su condición de religioso para vivir y morir con un hombre inmensamente rico. A lo largo de la historia, los malos ejemplos y las vidas disolutas de clérigos y consagrados han servido a los enemigos de Dios para cargarse de munición contra la fe. La corrupción de algunos papas medievales, los curas pederastas, los teólogos heréticos, han sido utilizados como carbón con que se atizan las calderas del odio antirreligioso y el combustible que pone en marcha el anticlericalismo y el ateísmo viscerales.

El mismo Jesús nos puso sobre aviso advirtiéndonos de que los hijos de las tinieblas eran más espabilados que los herederos de la luz. Quizás por eso los cristianos que dan un mal paso parece como si trabajasen de agentes dobles  y que han sido reclutados por el mismo Satanás. En las últimas décadas ha surgido un nuevo ateísmo que se fundamenta en la idea de que la  religión es causa de todos los males del hombre, que es urgente suprimirla en todos los ámbitos de la sociedad porque es la causa primera para que el ser humano sea un ser infeliz y eternamente insatisfecho. Para hacer arraigar esa idea lanzan bulos e infunden sospechas contra todo lo católico y, si los hechos no confirmar sus teorías, se prescinden de los hechos y se refuerza la teoría. Lo mismo da decir que el anillo papal cuesta millones de euros, que el pontífice calza zapatos de Prada o que el Vaticano es el mayor accionista en el tráfico de armas. Poco importa que todo sea una formidable patraña siempre que haya oídos dispuestos a escucharlas y lenguas destructivas prontas a propagarlas. Que la verdad no estropee un buen titular, sobre todo si ese titular nos muestra fotos trucadas como la del Papa haciendo el saludo nazi o a algún monseñor empuñando un rifle de largo alcance.

Cada cinco minutos muere un cristiano a causa de su fe, cada año el número de sus víctimas asciende a 105.000; se estima que durante el siglo XX hubo casi cuarenta millones de mártires por proclamar la fe en Cristo. Pero nadie habla de ello.

Mientras lees este post, millones de sacerdotes, religiosos, misioneros y voluntarios católicos atienden hospitales, hospicios, asilos de ancianos, escuelas y universidades. Llevan la palabra de Dios, atienden a enfermos, acogen a los refugiados, llevan alimentos y sanan a leprosos, afectados de la malaria o el sida, dan consuelo a los ancianos en los últimos años de su vida; recorren el mundo casi sin alforja ni equipaje, se aventuran en zonas de conflicto y son blanco fácil para los señores de la guerra, los intolerantes religiosos o la hostilidad atea y laicista. Pero nadie habla de ello.

Cada día se repite miles de veces el acompañamiento a los que viven solos y desahuciados, el consuelo a viudas y huérfanos, se conforta con los sacramentos a los que el pan del mundo no les alimenta lo suficiente; se lleva la esperanza a los que ya nada les queda de ella, se acoge al inmigrante y se reparten sopas calientes a los sin techo. Pero nadie habla de ello.

Los enemigos de la fe saben que el creyente con pedigrí no deja que su mano izquierda sepa lo que ha hecho su derecha. Huye de las fotos, rechaza el protagonismo de las noticias. Sabe que cuando cosen una herida de guerra, enseñan a leer o ponen vacunas, no hay una cámara cerca para fotografiar el momento.

Cada año se producen en el mundo cientos de miles de muertos a causa de los errores médicos. Conocemos casos de aviones que se estrellan, vehículos a los que les falla los frenos o se les gripa el motor, motocicletas que causan accidentes y muertos, máquinas que amputan brazos y puentes que se caen, pero a nadie pierde la fe en la industria aeronáutica, en la General Motors o en los fabricantes de tecnología industrial. Entre la población de pederastas, violadores y asesinos en serie, habrá cirujanos, abogados o relojeros, pero, como es razonable, por el mal ejemplo de esos individuos a nadie se le ocurre perder la fe en la medicina, el derecho o los relojes suizos.

Los cristianos honestos son seres entregados y humildes. No han recibido el premio Nóbel, ni sus fotos ni sus nombres salen ni saldrán nunca en los periódicos. No les persigue una corte de fotógrafos de prensa, maquilladores y aduladores profesionales que ponen la alfombra bajo sus pies por donde quiera que pisan. No hay nadie que les diga cómo tienen que sonreír o cómo mentir con elegancia ante las preguntas comprometidas. Sus vidas y sus obras nadie las llevará a la pantalla. Ellos oran y laboran en silencio mientras encomiendan a Dios el alma de los amigos y de los enemigos mientras zurcen ropa gastada, podan las rosas o cocinan a fuego lento un puchero de verduras y de amor.

Los buenos cristianos nunca serán noticia; sólo lo son los que con sus malos ejemplos enfangan el buen nombre de los seguidores de Jesús. Con esa cruz también tenemos que cargar. Desde el día de Pentecostés en que los discípulos salieron por los caminos de la tierra de dos en dos, justos y pecadores debemos transitar juntos, aunque el sudor y el sacrificio de los justos muchas veces no da para pagar el salario de los pecadores.






miércoles, 19 de diciembre de 2012

¿Quién dijo crisis?



             Hay una cita –parece ser que erróneamente atribuida a Einstein- que sienta como un cataplasma refrescante en estos tiempos convulsos,  en esta época revuelta y mal encarada en la  que permanecemos bajo la lluvia esperando  cruzar la calle, empuñando un paraguas con la esperanza de que el aguacero escampe lo más pronto posible.

            “No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos.

            “La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche. Es en la crisis donde nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y sus penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.

            “La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El problema de las personas y de los países es la pereza para encontrar las salidas y las soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque en toda crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.

            “En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.




             Crisis –recalco yo- es un concepto maldito que se cuela en todas las conversaciones y va soltando pellizcos de monja a los parados maduros que se entretienen en el bar jugando al dominó o tomándose unos vinos, y a los muchachos que se aburren en las esquinas esperando el autobús de un puesto de trabajo que no termina de llegar a su parada. Crisis es esa palabra que se nos atraganta como un trabalenguas, que corta el paso de nuestros sueños e incapacita nuestro futuro. Si hablamos de crisis económica estamos describiendo a un huésped incómodo al que hemos tenido que abrirle la puerta de nuestra casa de mala gana y hacerle un hueco para que se quede a vivir con nosotros a cambio de que no nos embargue el sueldo, se lleve los muebles o nos ponga de patitas en la calle.

            Porque es ella –la crisis- la que tiene la sartén por el mango, la que nos revuelve los cajones y se pone nuestra ropa sin necesidad de pedirla prestada. Pero no sólo hay crisis económica, crack bursátil o quiebra financiera. Hay muchas otras crisis que han tomado el mando de nuestros destinos: crisis de fe, crisis de valores, crisis de resultado, crisis de los cuarenta. Llevamos mucho tiempo sosteniendo a duras penas el equilibrio sobre la cuerda floja, sin atrevernos a mirar hacia abajo porque bajo nuestros pies se abre un vacío inmenso que amenaza con devorarnos.

            Lo peor de todo es que esta época de crisis para muchos se está convirtiendo en tiempo perdido, en años en blanco, en un paréntesis traumático que, para que no sobreviva a nuestra memoria, nos obligará a hacerle un corte como en una escena censurada en el filme de nuestra vida. Nos hemos encerrado en la habitación del pánico para estar a salvo de ese intruso que ha echado a patadas la puerta y comienza a vaciar armarios, rajas muebles y transformar en chatarra sin vida la cubertería de plata y la loza fina. Permanecemos subidos a la cresta del árbol esperando que la riada no se nos lleve por delante, mientras vemos desfilar sobre las aguas emponzoñadas muebles, animales y personas arrastradas por el torbellino destructor.

            Eso es lo peor que puede pasarnos: dar por inútil este tiempo de prueba en vez de descubrir en él una oportunidad para superarnos. Podremos perder el trabajo, los ahorros y hasta nuestros hogares, pero no le entreguemos sin luchar también nuestra vida. Que ningún desahucio acabe en suicidio ni que ningún aprieto económico rompa un matrimonio o nos aleje de Dios.

            Crisis fastidiosa fue la de Job, que se llevó por delante a toda su familia, animales y tierras y le quebró la salud. Crisis devastadora fue la de los apóstoles  el Sábado Santo cuando parecía que todo había acabado y el sueño de la salvación dormiría para siempre en el sepulcro. Crisis y cierre de negocio eran la de los mártires cristianos cuando se disponían a servir de comida a las fieras del circo romano, o la de la Iglesia que fue pasada por la guillotina durante la Revolución francesa. De todas ellas se salió y surgió un florecimiento extraordinario para quienes la sufrieron.


            De esta también saldremos, pero no permanezcamos con el paraguas en la mano esperando a que el diluvio escampe. Arremanguémonos, construyamos balsas para sortear las aguas, recojamos los restos y edifiquemos sobre ellos. Reinventemos soluciones nuevas para problemas viejos, salgamos al encuentro del tiempo feliz que tarda en anunciarse, seamos nuevos robinsones, convirtamos el valle en páramo, en energía las acometidas de las corrientes, transformemos tanta frustración en el abono que cultive nuestros sueños. Y quitémonos de una vez la careta fea de la amargura., porque después de la pasión siempre llega la resurrección.


jueves, 13 de diciembre de 2012

Los ateos se aburren en Navidad




              Leí hace algún tiempo que un grupo de ateos estadounidenses se quejó a las autoridades porque se aburrían en Navidad. El mismo hastío debe de postrarles en un rincón del sofá los domingos por ser el día del Señor, la Semana Santa y cualquier otra fecha de guardar. Ese tedio estéril es probable que les tenga agarrados al mando de la tele en cada ocasión en que el calendario les ponga delante el espejo de Dios y les recuerde el carácter perecedero de la condición humana, y que la certeza de que la muerte nos espera más pronto que tarde a la orilla del camino, es una forma de  descubrir que el ateísmo es, en sí mismo, una gran derrota.

            Pero cuando estos ateos pelmas se cansan de juguetear con el control remoto, empuñan el matasuegras para dar la serenata a los cristianos con la cantinela de que los iconos y las tradiciones religiosas les resultan ofensivas. En muchos colegios se han descolgado  las tallas de santos y de la Virgen de sus peanas, se han prohibido los belenes y nadie canta villancicos o se disfraza de Papá Noel. Los ateos aburridos y ofendidos quieren una Navidad sin belén, una música sin ruido, sin guirnaldas, luces ni niños Jesús. Una Navidad sin Navidad, neutra, muda, despojada de su carácter religioso; una estampa que sea una foto fija que sólo enseñe un trineo surcando un mar de nieve que viene de ninguna parte y se dirige a ningún sitio.

            Montar un pesebre en un espacio público, colgar de un web institucional una réplica de un cuadro de María, nombrar a Dios desde un tribuna parlamentaria, es hacer sonar los tambores de guerra para que acuda en zafarrancho de combate la división Panzer del laicismo feroz que muchas veces logra que su pataleta de inmensa minoría prevalezca sobre la voluntad de la mayoría. Cada vez es mayor el número de centros educativos sin árboles navideños, aulas sin crucifijo y Nochebuenas sin zambomba ni pandereta.

            Esos mismos que consideran un ataque a su sensibilidad las misas en las capillas universitarias, la asignatura de religión y los pasos de la Semana Santa, son los mismos que se ponen fanfarrones cuando los creyentes somos los ofendidos ante una exposición de “arte” blasfemo, cuando quieren mandar a un obispo a la cárcel por predicar las verdades del evangelio, o les entrar urticaria cuando la Conferencia episcopal recuerda a los católicos que no es lo mismo votar por los que defienden la vida que a aquellos que la aplastan.

            Lo ofensivo es rodear a los peregrinos en las Jornada Mundiales de la Juventud, escupirles y golpearles sólo porque pisaban las mismas calles que ellos. Lo ofensivo son las carrozas del Orgullo gay que parodian groseramente la liturgia y la indumentaria católicas. Lo ofensivo es ver las contorsiones de una “drag queen” pasada de carnes y de alcohol imitando a una bailarina de barra americana al que sólo le cubre  sus vergüenzas un tanga más delgado que un hilo dental. Lo ofensivo es que se gaste el dinero de los creyente para hacer millonarios a los matarifes de las clínicas abortistas, en pagar el sueldo de los políticos de la hoz y el martillo que quieren segar la yerba y algo más a todo lo que huela a Iglesia.

            Así que yo me voy a hacer el belén y ensayar villancicos para la Nochebuena, y si a algún ateo no le gusta que coja el mando de su tele y se ponga a adorar la caja tonta. Porque  cada uno es libre de escoger al Dios al que quiere servir.
            



martes, 11 de diciembre de 2012

La mitad más uno



          En Inglaterra se ha montado un buen pollo a cuenta de que las mujeres sean ordenadas o no como obispas de la Iglesia anglicana. Parece ser que los clérigos que cortan el bacalao en esa institución ya habían puesto a enfriar el champán y tenían apalabrada la fiesta de celebración cuando el voto en contra de los fieles de a pie les chafó el jolgorio.

            Cuando se quiere cambiar la doctrina por la mitad más uno de los votos, siempre habrá quien saque el espejo del evangelio para afear las máscaras del modernismo con los que quieren disfrazar la teología de la cruz con las modas de cada época. Cuando Cristo reunía a los discípulos, lo hacía para instruirlos y para que luego pudieran ir, de dos en dos, pateando los caminos y aspirando el polvo de las aldeas llevando intacto el depósito de la fe que les confió. No les pidió que, a mano alzada, votaran si el divorcio debería ser pecado, si se debía caer en la tentación con alegría y sin remordimiento, o si los bienaventurados en lugar de los pobres de espíritu y los limpios de corazón, debían ser los que promueven el aborto, los que matan por compasión o los que se forran con los negocios del sexo. Jesús daba el mensaje y no admitía componendas. Dejó dicho que los cielos y la tierra pasarían –tiempos y modas-, pero no sus palabras, el manual de instrucciones de obligado cumplimiento que debe cumplir a rajatabla cualquier cristiano con pedigrí.

            Una fe que no se toma a sí mismo en serie cuando se deja engatusar por el viento de los siglos y que flirtea una y otra vez con las voces que le gritan que se adapte al signo de los siglos, es una fe que no mana del evangelio. Las confesiones protestantes han ido aguando el caldo del cristianismo a base de rebajarlo con doctrinas heréticas hasta convertido en una aguachirle y una sopa boba que a nada sabe y nada alimenta al espíritu. Es una fe que ha dejado de ser vocacional para convertirse en funcionarial.

            La Iglesia católica es la que sigue remando en contra del viento, la que es abucheada, perseguida, ridiculizada por los mismos que se llaman abanderados del progreso. Ella nada puede cambiar de la esencia evangélica sin traicionar al cristianismo, porque es una simple depositaria del tesoro que le fue confiado. Los mandamientos no tienen fecha de caducidad, aunque muchos de ellos ya han sido abolidos por la autoridad terrena. Y mientras la Iglesia siga predicando lo mismo ahora que hace dos mil años, tendremos la seguridad de que, aunque no reciba el aplauso de la crítica y del público, tampoco habrá traicionado a Cristo.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Cuando el Búmeran te alcanza






              Después de permanecer varios días en el hospital, me entristece saber que ha vuelto a ocurrir. Y ya ha pasado muchas otras veces. He tecleado la dirección de un blog al que seguía desde hace tiempo y, al otro lado de la pantalla, un mensaje fatídico me informa que esa bitácora ha sido cancelada.

            Lo más probable es que el autor del sitio se cansara de escribir. Puede que se le agotaran las ideas o las palabras, que le acuciara la impaciencia, que le desarmara la falta de resultados, que le sobreviniese una enfermedad o que el vértigo de la derrota le hiciera hundirse en el silencio; quizás le desarmó el hastío de verse, como el Bautista, predicando en el desierto. De oír sólo el eco de su propia voz que, como un búmeran, regresara al lugar de partida desde donde fue lanzado porque no halló por el camino un sitio en el que fuera acogido y diera fruto.

            El desánimo es el peor compañero de viaje con el que se puede compartir la tarjeta de embarque cuando uno emprende una aventura. Y sí, dar testimonio de la fe es un deporte de alto riesgo, un lanzarse al vacío con el arnés pendiendo de un hilo y la mochila cargada de piedras. El bloguero católico es un romántico sin cura al que le hierve la sangre por llevar el nombre de Jesús a todas las aldeas de la tierra, ya estén a la vuelta de la esquina, ya se encuentre perdida en los rincones más remotos del Amazonas o en las entrañas heladas del Ártico.

            Escribir un post sobre la fe es repicar una campana con la esperanza de que su redoble atraiga la atención de un público que necesita, muy a pesar suyo, refrescarse el alma con el agua pura del Evangelio. Pero ese acto de escribir es una pasión solitaria a la que se entregan los idealistas en busca de una respuesta. Por desgracia, ese gesto del evangelizador es, en ocasiones, un timbre que suena detrás de una puerta al que nadie acude a responder.

            Porque el ser humano es un animal sociológico. Vivimos con otros, gracias a otros y pensando y haciendo las cosas por otros y para otros. El zapatero, el carpintero o el sastre no sabrían de su oficio si antes otros no se lo hubieran enseñado. El catedrático fue antes profesor, mucho antes alumno y, el comienzo de sus días, un niño analfabeto que balbuceaba sin sentido. El trayecto que le llevó desde la ignorancia infantil a la cátedra universitaria estuvo sembrado de puertos de montaña y lugares de paso donde otros le fueron instruyendo. Aprendemos con la esperanza de que nuestros conocimientos sirvan a otros; cocinamos para otros, recibimos los sacramentos por medio de otros, para vivir necesitamos la calefacción, la electricidad o el agua que otros han transformado en fuente de vida. El ingenio humano ha logrado diseñar un fórmula uno porque antes otros pioneros, primero, inventaron la rueda, luego el carro, más tarde un tercero se le ocurrió añadirle una carrocería, después colocarle un motor y alimentarlo con combustible. Cuando alguien, sea en el campo que sea, logra colocar la última pieza que remata una obra, es porque delante de él infinidad de manos y voluntades se han gastado y han envejecido entregados a esa tarea construyendo sueños ladrillo a ladrillo.


            Nadie escribe para sí mismo. Nadie es lo suficientemente narcisista para vivir contemplándose el ombligo mientras a su paso se desbordan los ríos, se estremece la tierra o el hambre y la guerra se llevan por delante a pueblos enteros. El escritor –incluso el más humilde de los blogueros- necesita de otros, de su aplauso y de su crítica: es el despertador ruidoso que le saca de la cama y la adrenalina que le espolea el ánimo cuando está por los suelos. Lo que menos le conviene es el silencio, que es ese gas dulce que te van entonteciendo hasta retirarte de la circulación, un asesino mudo que va aniquilando a su paso cualquier rastro de vida, cualquier soplo vital sin dejar huellas, volcar los jarrones o hacer añicos la porcelana china.

            Cuando el Señor nos advirtió que hasta de la última palabra tendríamos que dar cuenta, sabía de lo que hablaba. También de nuestros silencios deberemos responder. Porque a veces hablamos cuando tenemos que callar y callamos cuando deberíamos haber hablado. Una palabra puede acariciar pero también matar; un mal consejo puede desgraciar una vida o hacer descarrilar un tren. Pero el silencio puede hacer que un amor se marchite o que un bloguero pierda la fe.

            Demóstenes prefería las palabras que salvan a las que gustan. Horacio advirtió que la palabra dicha no sabe volverse atrás, y Kipling sentenció que ellas son la más potente droga utilizada por la humanidad, porque sirven para amar  y para odiar, para sortear muro y cavar zanjas, para el abrazo y para la pelea.

            No estoy de acuerdo con Confucio cuando dijo que el silencio es un amigo que jamás traicionada. Miles Davis escribió que ese mismo silencio es más fuerte que un ruido. Y, en efecto, cuando callamos en el momento en que es más necesaria que nunca nuestra voz, actuamos como cómplices necesarios de los que cierran blogs o hacen callar, de una pedrada, el canto de un ruiseñor.

            Yo doy un paso al frente y me declaro culpable. Culpable de mis silencios y de mis olvidos, de no haber sabido pronunciar a tiempo una palabra de consuelo, de dar una palmada amistosa, de emitir un comentario afectuoso, una invitación a seguir adelante ante el esfuerzo del corredor de fondo que está a punto de coronar una cima y las piernas le tiemblan y la fatiga le hace desfallecer, y al que sólo un grito de ánimo puede salvarle de morir en la orilla antes de cruzar la meta.

            Corren malos tiempos para la fe. El mundo está de fiesta y el cristiano es ese pájaro de mal agüero al que nadie invita a la feria de las vanidades. Esta modernidad pervertida y pervertidora  hoy se entretiene más que nunca deslumbrada por las luces cegadoras del vino y las rosas, de la carcajada frívola y el licor de garrafa. Este botellón lo organiza el mismo anfitrión eterno que un día quiso ser igual que Dios, y que reina ahora sobre los corazones de tantos que han expropiado el valle de lágrimas y han instalado en su lugar un chiringuito donde hacen negocio las multinacionales del sexo, los carteles de la droga y los precursores de la cultura de la muerte. Es un rastro inmenso de charlatanes de feria que nos venden la mercancía envenenada que pregonan los lanzadores de chismes y calumnias que un día tras otro se asoman a las pantallas de la televisión, de los que se proclaman nuevos mesías y quieren quitar la Navidad y desterrar al Niño Jesús.

            Por todo ello hoy, más que nunca, hacen falta blogueros que denuncien que ese baile frenético al que se ha entregado el hombre tiene los días contados, que después de la fiesta viene la resaca, que tras la orgía hay que pagar la factura y recoger los platos rotos. Hacen falta blogueros como hacen falta profetas que nos hagan ver que el güisqui no es tan inofensivo como el agua, que siembren de palabras el camino para que los que regresen de los paraísos artificiales no se pierdan, que sus reflexiones sean como las migajas de pan que riegan los senderos para que reconozcamos el camino correcto oculto entre las hojas muertas o enterrados en el barro fresco.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Palancas y Desiertos



San Agustín escribió que quien salva un alma, asegura su propia salvación. Arquímedes pedía una palanca para mover el mundo; los creyentes de hoy necesitamos recitar un millón de avemarías para conmover el ánimo de un solo pecador.

            Todos tenemos un impenitente de cabecera, un alma particularmente querida por la que pedimos con esfuerzo redoblado por el padre alcohólico, el hijo que se gasta el sueldo y consume la salud y destruye la paz de los que le rodean a causa de los estragos del juego, el sexo o la droga, el amigo blasfemo que escupe sobre el santo nombre de Dios. Por ellos rezamos novenas, ofrecemos misas o multiplicamos ayunos y penitencias.

            Pero, a veces, esa tarea se presenta como un echar andar siempre cuesta arriba, sin llanuras donde repose nuestros pies exhaustos ni puertos de avituallamiento; sin que sople viento favorable que te empuje, aunque sea un poquito. Antes al contrario, el caminar del evangelizador –profesional o vocacional como los blogueros- es un trabajo sufrido, gris, de pequeñas recompensas y grandes desiertos, de pocos aplausos y mucho bregar en el escenario del mundo con un público difícil más dispuesto al rechazo y al tomatazo que a los vítores y al hosanna.

            El que se ha encontrado con Cristo se acaba enamorando de Él.  Y el que le ha hallado y le ama, ya no puede hacer otra cosa que darlo a conocer, pregonarlo por las plazas y caminos, gritarlo a los cuatro vientos. Pero vender la historia de Jesús a los que creen haber encontrado el Edén entre las quimeras del mundo, es una aventura de alto riesgo. Antes que a los pobres de espíritu y a los limpios de corazón, la gente moderna prefiere al que mejor se sube a la pasarela, a la estrella del pop, al más habilidoso con el balón o al que mayores intereses nos reporta. Los nuevos héroes no son los santos o los poetas, sino los futbolistas, los actores de cine, los que acumulan más amantes  o los que ocupan más portadas, los que tienen la cartera más abultada o la mansión más grande.

            Los ojos de la sociedad están puestos hacia donde apuntan los potentes reflectores que colocan sobre el primer plano del escenario a quien mete más goles, lleva más público a los conciertos o cuentan con más seguidores en las redes sociales. En casi todos los casos, son personajes que no llevan vidas modelos o que de sus comportamientos visibles dudosamente podríamos sacar provecho moral alguno.

            En la sombra, lejos de la algarabía trompetera del que más entradas vende o más éxitos ha colocado en las vistas de los números uno, los cristianos seguimos ofreciendo lo mismo al mismo precio que hace dos mil años –lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis-, porque la buena nueva de Cristo es un elixir sin fecha de caducidad.

            El valor de un alma ganada para el cielo no tiene precio de mercado, es un tesoro manufacturado en vasijas de barro. Aquellos que hemos decidido dar un paso al frente y mantener alzada la cruz de Cristo, debemos esforzarnos en mantenerla viva, como rompeolas para cuando, de vuelta de la felicidad pasajera de las glorias del mundo, hallemos en la orilla a cuantos náufragos iniciaron el camino de vuelta después de sentirse estafados por la seguridades del sexo, el dinero o la fama. Cuando esos robinsones inicien el trayecto de regreso porque en la tierra no hallaron el paraíso que les había sido prometido, ahí debemos estar los creyentes, con un poco de sopa caliente espiritual y la manta de la fe con la que guarecer a cuantos se perdieron por la carretera. Por uno solo que salvemos, todo nuestro esfuerzo habrá valido la pena.