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El jugador madridista es el típico
personaje que sufre esta enfermedad de nuestro tiempo que es la famitis. No pueden vivir sin ser el
centro de atención, sin vivir haciendo equilibrios encaramado en la cresta de
la ola, en el ojo del foco hacia donde se dirigen todas las miradas y donde se suscita
todos los comentarios.
La prensa, la televisión, las redes
sociales están llenas de estrellas como Ronaldo que reclaman incesantemente que
estemos pendientes de ellos: que le veamos retratado con el último ligue,
viéndole conducir el deportivo más lujoso, bañarse en las playas de California
o pasear palmito por las pasarelas de la popularidad. Es gente que no sabe
vivir embarrancada en el anonimato, sufren la constante tensión de las cámaras,
los flahses y el micrófono, que se hable de ellos todo el tiempo, para bien o
para mal. Lo que ocurre muchas veces es que la fama no hace rehenes, y, cuando
una mala racha, una lesión deportiva, el fracaso taquillero de una película o
una separación traumática dan una patada a los puntales de cartón piedra sobre
los que se sostiene la vida del artista, muchos de ellos acaban como juguetes
rotos olvidados del público y fuera del alcance de las cámaras y de los
aplausos. Recuerdo a una presentadora de televisión de gran éxito que acabó
destruida por las drogas, o a un boxeador campeón del mundo que murió arruinado
porque no supo domesticar a esa bestia que es el éxito mal llevado. En este
mundo de la farándula se dan muchos casos de artistas de renombre y alto caché
que, de la noche a la mañana, cuando los focos dejan de iluminarles y los
seguidores de pedirles autógrafos o de comprar sus obras, no pudieron asimilar la
pesada digestión de la notoriedad perdida. Algunos acabaron desahuciados por
las drogas, el juego, víctimas de estafas, dilapidaron fortunas enormes en
casinos y juergas. Acostumbrados al primer plano, no pudieron reconocerse bien
sin estar subidos al escenario, sin la corte de maquilladores, representantes y
aduladores que viajan como fardos de hormigón en las maletas del artista.
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Como contraste a todos ellos, quiero
fijarme en los héroes anónimos que viven una existencia escondida e
insignificante según la forma de calibrar el valor de las cosas del mundo
actual, y que con su oración sostienen el peso del mundo de la inminencia de la
catástrofe o de la justa ira de Dios.
Ya sean las plegarias de los eremitas,
el rezo de las monjas o las letanías de las abuelas, la oración silenciosa de
multitud de almas buenas son las razones que conmueven al Creador cuando los
sacrilegios y los horrores del hombre moderno ponen a prueba su paciencia. Las
madres clamando por la conversión de los hijos, los místicos ofreciendo sus
dolores y luchas por el bien común, el sacrificio de tantos espíritus orantes,
son los justos que Abraham no logró hallar en Sodoma para que esta ciudad del
pecado no fuese destruida.
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Si hay algo que dejan claro las Escrituras
es que Dios se conmueve ante la súplica de los que, con corazón contrito y
humillado, invocan la ayuda del cielo.
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En millones de claustros diseminados
por todo el mundo, en infinidad de iglesias y multitud de capillas, frente
a sagrarios que miran los penitentes en
inmensas catedrales o minúsculos templos donde siempre hay arrodilladas almas
buenas; en asambleas masivas o en la
soledad de las habitaciones o los hogares, ahora mismo hay millones de
espíritus caritativos y orantes que con su rezo sincero conmueven el corazón de
Dios. Porque saben que “debemos orar siempre, no hasta que Dios nos escuche, sino
hasta que podamos oír a Dios”.
Hermano Saulo,me conmueven sus escritos tan lindos.
ResponderEliminarGracias,mil bendiciones.